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PERSPECTIVAS

El día esperado

Hoy estamos todos invitados a la fiesta cívica. No se exige tenida elegante, ni invitación. Agarre su tereré y vaya a votar.


Siempre nos plagueamos por las sexagenarias carencias sufridas y siempre terminamos diciendo que no podemos hacer nada. Miren ustedes, que justito este día existe la oportunidad de dejar la hamaca y hacer algo importante. Vote a conciencia, sin presiones, no sea egoísta ni fanático manipulado. Piense qué largos serán los próximos 5 años. Si es malo en matemática, guíese por los afectos: tome como medición a los niños de su casa. Cuando mi sobrino Nicolás tenía un poco más de 3 años, estaba mirando la tele, de repente pasaron una propaganda proselitista que anunciaba “el cambio”. Por el jingle pegadizo él dijo que iba a votar por ese candidato. Y seguidamente, lleno de curiosidad infantil, me preguntó: “Tía, ¿qué va a cambiar”.

Hoy Nico tiene 13 años y supongo que todavía no entiende muy bien qué significa “el cambio”. Una vez, íbamos caminando por la calle y vimos un caño roto que dejaba perder impresionante cantidad de agua; yo me enojé y Nico me preguntó por qué no venía alguien a arreglar eso y listo. Aproveché entonces (como si él fuese el Emilio, de Rousseau) para explicarle qué significaba “el cambio”. No lo senté a mi lado con teorías aburridas, simplemente seguimos caminando y hablamos de lo que veíamos: coches lujosos que pasaban a toda velocidad como si fueran dueños del país; mansiones que no encajaban en el entorno; indios mendigando, y chicos que, violentos, intentaban limpiar vidrios por una moneda. Hoy caigo en la cuenta de que en las próximas presidenciales, Nico ya va a poder votar, y espero con todo mi corazón que vaya comprendiendo la realidad de su país.

No es optimismo, pero esta última campaña para mí fue el principio de algo diferente. Aun con la bajeza que demostró el Presidente de la República, queriendo identificar al paraguayo con la grosería y la ofensa, aun con su candidata soportando –casi estoicamente– ser comparada con toda una gama de animales, y aun con todos los calificativos endilgados al milico, al obispo y al empresario, sepamos que todo eso forma parte del cambio y es un reflejo del pueblo. Y conforma también el sistema democrático, el que la mayoría dice haber elegido.

Paulo Freire planteaba que la educación y el aprendizaje debían provenir de la raíz de nuestras propias necesidades y realidades. En nuestro país, el delivery educativo trae todo cocinado, por lo tanto, poco y nada conocemos de lo que somos. Por eso todavía sostenemos a la banda de inmorales que disfrutan sus orgías y abusos de poder. Vivimos contradicciones: ¿qué hacen los pobres adorando a sus verdugos?; ¿por qué los colorados vienen del extranjero para apoyar a su partido?

Le pregunté a una educadora quién creía que ganaría las elecciones; ella fue sutil pero directa: “Veinte años todavía es muy poco para una democracia”.

Las campañas proselitistas, más allá de que nos hayan gustado o no, tienen el valor de habernos sacado opiniones, de haber provocado algún buen movimiento en la larga siesta que dormimos. “Es la primera vez que estoy confundido, no sé a quién votar”, escuché más que nunca decir a la gente. Hoy llegó el momento de decidir. Luzcamos la inteligencia y no la indiferencia. ¿Seremos capaces de levantar la cabeza? Feliz estaría el maestro Descartes si, tras la duda, llegara la existencia.


Lourdes Peralta

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20/04/2008 00:00:00