Como pertenecemos a una generación que vio a Presley, a Lennon, la píldora, la minifalda y varios dictadores, la gente como yo puede hablar impunemente de hijos y familia.
Ni siquiera pido que me disculpen los especialistas. Cada cual con su responsabilidad. Esgrimo la autoridad no sólo de mis títulos docentes universitarios, sino también de ser una madre y abuela que trabaja dentro y fuera de su casa, sin por ello sacrificar el amor a la familia. Creo.
Muchas veces se justifican malos resultados escolares atribuyéndolos a un “síndrome de falta de atención con hiperactividad o sin ella”. Para mí, esa es una excusa elegante para la ineficiencia de los adultos, maestros y padres. Me indigna que se abuse de la receta farmacológica para la felicidad, como si a pastillazo limpio se consiguiera tapar el evidente descontento infantil.
Por supuesto que no pretendo que las mujeres -ni los varones- dejen de estudiar o de trabajar. Pero alguien tiene que decirles que hay un precio para cada minuto que se quita a la familia para destinar a otras ocupaciones.
Hay chicos santos en la casa, aunque inquietos en el colegio, y viceversa. Pocos, en los primeros grados o en la adolescencia, estudian voluntariamente. A algunas maestras les gustan los alumnos momia, si se mueven van derecho a quejarse a los padres que tiene problemas de conducta. Como si estar sentados en una clase copiando estupideces fuera divertido.
En un desorden ordenado se aprende muy bien. Una clase aburrida no sirve, pero tampoco una anárquica ni un maestro que no ama su trabajo como para hacerlo atractivo. Ante la incapacidad profesional, es cómodo catalogar al chico como “enfermo” y drogarlo para que haga lo que se le dice y nada más. Ese tipo de ciudadano es manipulado sin problemas por cualquiera.
Por favor, pensemos. El inquieto, el descontento, el travieso: ése merece atención especial, no que lo aplasten. Lo mismo vale para las nenas: las charlatanas, las inquietas, las chismosas, las que van al baño a cada rato y se ríen de nada: esas son las que hay que interesar, ayudarlas a convertirse en las líderes que posiblemente desean ser.
Debemos impedir una masiva estupidización de los niños y adolescentes. No están enfermos: son niños y niñas sanos y hacen cosas propias de la infancia. Conténgalos, interéselos, póngales límites y déles la oportunidad de la excelencia
No pierda de vista al colegio, ni a sus hijos e hijas, pero recuerde que las escuelas no son depósitos de niños ni responsables de sus destinos.
Los problemas de los chicos se superan, siempre y cuando no se los enferme con la indiferencia ni con fármacos recetados por aprendices de brujos que no saben en qué se meten.
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