Francia, Alemania e Italia desarrollaron unos estilos operísticos característicos durante el siglo XIX. Estas obras reflejaban el movimiento romántico y sus ideales estéticos. París fue el lugar de nacimiento de la gran ópera, una combinación de representación escénica, acción, ballet y música, escrita por compositores extranjeros establecidos en Francia. La ópera auténticamente francesa Los troyanos, de Héctor Berlioz, con una puesta en escena de los relatos de la guerra de Troya y de Dido y Eneas, fue ignorada durante mucho tiempo en su propio país.

Fausto, basada en el poema del autor alemán Johann Wolfgang von Goethe, fue una de las óperas francesas más populares. La primera gran ópera alemana del siglo XIX fue Fidelio, de Ludwig van Beethoven, para el cual el compositor escribió cuatro oberturas diferentes. Está basada en la historia del rescate de un cautivo, trama popular durante la Revolución francesa. La cima de la ópera alemana fue Richard Wagner, quien diseñó una nueva forma llamada drama musical, en la que el texto, la partitura y la puesta en escena estaban unidos. Pero en las obras Tristán e Isolda y El anillo del nibelungo, basada en un mito nórdico, Wagner abandonó las convenciones anteriores y escribió en un estilo continuo y fluido, con la orquesta al servicio del protagonista del drama.

Los maestros cantores de Núremberg, una representación de los gremios medievales y Parsifal, una expresión de misticismo religioso. En todas sus obras, Wagner utilizó una etiqueta musical que identifica un personaje o idea y que reaparece en la orquesta, para iluminar la acción en el aspecto psicológico. Con sus nuevos conceptos operísticos, tanto de composición como de puesta en escena, Wagner ejerció una enorme influencia sobre los músicos de todos los países durante años. La ópera italiana siguió haciendo hincapié en la voz. Gioacchino Rossini compuso óperas cómicas, como El barbero de Sevilla, La Cenicienta y Guillermo Tell.
El compositor que personifica la ópera italiana es Guiseppe Verdi. Él infundió a sus obras un vigor dramático y una vitalidad rítmica sin precedentes. A la potencia pura de sus primeras óperas Nabucco y Ernani, añadió caracterizaciones a Il trovatore, La traviata, Un ballo in maschera y Aida, en las que combina el esplendor visual de la ópera y la intimidad musical de una trágica historia de amor. Las dos últimas óperas de Verdi fueron Otello y Falstaff. Adaptaba obras de Shakespeare al escenario de la ópera mediante una continuidad dramática y musical que llevó a que muchos críticos las consideraran una imitación de Wagner. Pero, pesar de ello, siguieron siendo muy italianas, con la voz como medio básico de expresión y las pasiones humanas como tema básico.

Finales del siglo XIX y comienzos del XX
La ópera Carmen (1875), del francés Georges Bizet, era una obra repleta de una claridad mediterránea que despejaba "toda la niebla del ideal wagneriano". Carmen, que originariamente era una ópera cómica, contaba en el papel principal con un personaje que otorgaba a la ópera un nuevo enfoque realista. La muerte prematura de Bizet a los 36 años puso fin a una carrera prometedora. El compositor francés de la última parte del siglo XIX fue Jules Massenet, que compuso Manon, Werther, Thaïs, y otras óperas igualmente sentimentales y teatrales. Otras obras características del periodo son Mignon (1866), Sansón y Dalila (1877) y Los cuentos de Hoffmann (1881) de Jacques Offenbach, un parisino nacido en Alemania que había demostrado su maestría en el género de la ópera cómica francesa del siglo XIX llamada opéra - bouffea.
Con el cambio de siglo, Gustave Charpentier compuso Louise (1900), una obra realista basada en la clase obrera parisina, mientras que Claude Debussy, adaptando las técnicas del impresionismo, producía en Peleas y Melisande, una música vocal que reflejaba los matices y las inflexiones del idioma francés. El realismo en la ópera italiana se dio a conocer con los dos primeros ejemplos: Cavalleria rusticana y Pagliacci unos melodramas breves, pero intensos sobre la pasión y la muerte en las soleadas aldeas del sur de Italia.
El verdadero sucesor de Verdi fue Giacomo Puccini, que compuso óperas de gran calidad melódica, francas emociones y destacada calidad como La Bohème, Tosca, Madame Butterfly y Turandot. Otros éxitos posteriores a Verdi incluyen La gioconda. En Alemania la influencia de Wagner siguió dominando en casi todas las óperas siguientes, incluida Hansel y Gretel basada en el cuento infantil del mismo nombre. La figura dominante era Richard Strauss, que utilizó una orquesta de dimensiones wagnerianas y una técnica vocal parecida en Salomé y Elektra, ambas obras breves pero intensas con un trasfondo mórbido. El caballero de la rosa, de Strauss, es una comedia y se ha convertido en su obra más popular.
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