Prof. Luis A. Kallsen
El toro de Tarumá
(Natalicio González)
Ante la vacada estupefacta, el joven toro de Tarumá enfrentó con furia al antiguo señor de la tropilla, para disputar su precioso señorío. Se trataba de una partida a muerte. Buscaba hundir los afilados cuernos en los elásticos muslos del rival, y las astas chocaban como aceros, produciendo un largo sonido que volaba sobre la llanura solitaria. Los guacamayos, espantados, emprendieron vuelo hacia la selva, abandonando a medio devorar los codiciados frutos de los yataíes. Ambos toros, como dos grandes moles, descargaban con violencia todo el peso del cuerpo de uno contra el otro, procurando derribarse. Fallido el intento, recurrían de nuevo al supremo recurso de las astas. Se tiraban cornadas mortales.
El combate duró varios días. A la tercera noche se desató una terrible tormenta. Los penachos de los yataíes gemían como cuerdas y los altos pastos se doblaban a ras del suelo. Caía una lluvia torrencial, y los relámpagos, prendidos a las negras alas de las nubes, resplandecían fugaces cual miradas de un dios enfurecido, según enseña la cosmología guaranítica. Las vacas se echaron al suelo para resistir mejor el rudo golpe del viento, y, a la luz azufrada e intermitente de los relámpagos, se las veía quietas, con el hocico elevado al suelo, como escuchando, sobrecogidas, el vasto rumor de los truenos que prolongaban sus iracundos ecos sobre la desolada tierra.
La tormenta no interrumpió la lucha de los toros. Aquella tempestad de odios manifestada en una lidia salvaje y sin término armonizaba con el sombrío furor de la Naturaleza. Los dos contrincantes jugaban su destino.
Fuerzas ancestrales, poderosas e inescrutables en sus oscuros designios, habían arrojado el uno contra el otro, y aquellas dos moles nerviosas y ágiles se embestían obedeciendo las mismas leyes que rigen las crisis destructoras del universo.
¿Qué pasaría en el alma nebulosa de los toros? Era difícil averiguar, aparte del claro afán de muerte que regía sus menores movimientos. El mundo exterior había desaparecido para ellos; fuera del odio terrible, del ímpetu destructor que les encendía en fiebre, del designio mortífero que concentraban en la punta de sus cornamentas, todo parecía haber desaparecido de la penumbra de sus conciencias elementales. De los cuernos en choque brotaban efímeras estrellas de luz, e intermitentes mugidos acompañaban, desde la tierra, los truenos de los cielos. Los dos animales no se percataron siquiera de la tempestad desencadenada, bajo cuya acción gemían hasta los vegetales del contorno.
Pasó la tormenta y amaneció un día de una claridad extraordinaria. Ya el sol ganaba altura cuando el más viejo de los contrincantes se dio a la fuga, el vencedor lo siguió como una tromba. Cruzaron la llanura, el uno en pos del otro, como una exhalación, provocando un verde revuelo de pastos con las pezuñas. Por fin, el vencido se refugió en los bosques, de donde ya no saldría en el resto de su vida, sino en los atardeceres serenos a pastar al borde de la espesura o a beber en el arroyo vecino. El joven rival volvió sobre sus pasos y fue a tomar posesiones de la tropa estupefacta. Las vacas versátiles e inclinadas al más fuerte, recibieron sin protesta al nuevo señor.
El bello y altivo toro de Tarumá sabía cuidar de su manada. La conducía a donde eran más sabrosas las gramillas, a donde abundaban el pasto clavel y el trébol de tiernas hojas. Sabía el sitio de los barreros más ocultos, y su lengua larga y acariciante era diestra en librar de garrapatas la piel de sus múltiples esposas.
Esta vez, como en otras ocasiones, le tomó la noche cerca de los bosques de Ybyraunguá. En las brisas que aspiraba, mezclado a olor fresco de la selva, percibió el rumor característico del tigre. En seguida se puso a escarbar la tierra con sus pezuñas y a lanzar cortos mugidos de amenaza. Era su modo habitual de anunciar la existencia de un peligro a su manada.
Como la amenaza no había pasado, el toro siguió alejando lentamente a las vacas de las cercanías del bosque y evitó su dispersión.
Era una preciosa noche lunar. El cielo estaba sin nubes, y las estrellas innumerables encendían su celeste luminaria sobre la dormida tierra. La luz era tan intensa dentro de su suavidad, que se percibían como en pleno día, las cosas y sus contornos desde regular distancia.
El tigre se percató de que su presencia era sentida. Pero la persuasión no le desvió de su propósito de hacer una buena presa aquella misma noche.
Salió de la espesura y se aventuró en el campo; pero apenas se acercó a la colina donde reposaban las vacas, rumiando pacíficamente en la gramilla, el toro furioso y mugidor, le cerró el paso.
El felino pretendió esquivar la lucha con el altivo animal. Buscaba presa fácil. Desvió su ruta para llegar hasta la manada desde el flanco opuesto; pero se volvió a topar con el toro vigilante y enardecido. Poco apoco, el tigre se enfureció. No podía evitar al guardián temible, y se enfrentaron. Las vacas atemorizadas, permanecían inmóviles en su sitio.
ACTIVIDADES SUGERIDAS
Busca en el diccionario las palabras en negrita. Investiga acerca del árbol y fruto del yataí, así como tres frutas silvestres actualmente desconocidas.
Imagina el enfrentamiento del tigre con el toro y redacta un escrito de media página.
En la naturaleza se confirma la selección natural, el más fuerte predomina; entre los seres humanos ¿que ocurre?, ¿un motociclista es respetado por un camionero?, ¿será que el tamaño afecta la conducta?, (un corpulento se impone ante un pequeñín) argumenta en grupo y expone las conclusiones alcanzadas.
Frase de hoy: “Tras el orgullo viene el fracaso; tras la humildad, la prosperidad”. (Proverbios 18 - 12)
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