Escuché en la televisión que el conductor Oscar Acosta decía que en los últimos seis meses había leído un solo libro, y que fue invitado a dar una charla en la Libroferia Asunción 2008, contando esta experiencia. Bueno, por lo menos alguien lo admite públicamente y tiene la oportunidad de ser escuchado.
Pero en realidad el hábito de la lectura se ha ido perdiendo en todos los niveles, en todas las edades… lamentablemente. Lastimosamente, como dicen ustedes.
Podrán argumentar que no hay tiempo, que hay que cumplir demasiadas obligaciones, que en vez de leer un libro prefieren ver televisión o navegar por internet, o –como dice mi marido– “ya leí suficientes libros durante mis épocas de estudiante” (¡y eso que tiene dos títulos universitarios!).
¿Cuánto es suficiente? ¿Cuándo podemos leer?
Para responder a la primera pregunta, cito dos frases: “Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”, dijo Jorge Luis Borges. “Somos lo que leemos y también lo que no leemos”, dijo otro gran escritor argentino, Mempo Giardinelli. Pero también está Kafka, quien escribió alguna vez: “Seríamos igualmente felices —o incluso más— si no leyéramos ningún libro”. Saquen ustedes sus propias conclusiones.
A la segunda pregunta, mi modesta respuesta sería volver a leer un buen libro antes de dormir, como cuando éramos chicos. Aunque sea algunas páginas cada noche, como dijo Oscar Acosta, aunque terminar un libro nos lleve seis meses, o años.
La clave está en elegir libros que nos atrapen, nos golpeen, nos arañen, nos despierten y conmuevan. Leer no es buscar respuestas sino develar preguntas; es internarse en un mundo fantástico donde crece la imaginación de la mente humana (que ninguna película podrá jamás superar, por más efectos especiales que tenga). Y cuanto más leamos, más imaginativos, más creativos, más eficientes y más adultos seremos.
Existen estudios que revelan que la lectura incrementa y fortalece la capacidad de abstracción; desarrolla el nivel de comprensión de fenómenos sociales y da mayores elementos para la solución de problemas de la vida diaria y del ámbito laboral. Asimismo, la lectura contribuye al proceso de formación de toda persona; permitiendo la pluralidad de ideas, la variedad en los modos de percibir el mundo, mejorando la calidad de vida y favoreciendo el sano esparcimiento de las personas.
En definitiva, la lectura enseña a pensar, abre la mente, deja volar la imaginación, desconecta de los problemas cotidianos.
Es cierto, a veces nos llevamos algunos fiascos, pero para eso también sirven los medios de comunicación, internet y los comentarios de otras personas; está en nosotros decidir si ingresaremos a ese mundo que nos propone el autor o lo dejaremos dormir en la mesita de luz hasta mejor oportunidad. Porque los libros son así: hoy no los tenemos en cuenta y mañana nos parecen una obra maestra. Es que nosotros crecemos, maduramos y perfeccionamos nuestros conocimientos, y lo que antes nos parecía aburridísimo, con más edad lo consideramos más interesante.
En mi mesa de luz tengo tres libros. Voy alternando la lectura entre ellos. Y son tres historias fantásticas que no las cambio por ningún Tinelli con tijeras queriendo cortar la pollerita a sus bailarinas...
¡Larga vida a los libros!
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