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PERSPECTIVAS

Patas feas

La televisión porteña ha logrado crear un “fenómeno” (para usar el término de moda) que enfrenta a “las populares vs. las divinas”. Y como suele suceder, a Paraguay llegan los buenos y no tan buenos aires.


En una revista argentina, leía cómo “la mala de la novela” consigue seducir a las adolescentes con sus patrones de estética y de conducta. No hay muchas vueltas que dar, la tuerca comercial sabe instalar sus códigos en la más temprana vanidad femenina. Si la buena es fea y la mala es linda, está claro a quién elegirá parecerse la nena de 12 años. Además, no conozco a ninguna madre que le diga a su hija “sos fea, pero buena, así que conformate”.

El boom novelero con el argumento del patito feo se inició con “Bety, la fea” (que al final tenía que volverse linda o ningún país del mundo compraba la novela), pero existe desde siglos en los cuentos.

Más allá de la sonrisa que pueda causar al adulto, la novelita en cuestión genera “milloncitos” de fanáticos. Personalmente me resisto a considerar saludable poner frente al televisor a niños para que consuman un programa tan presuroso. ¿Qué saben de besos, noviazgos, pasiones eternas, traiciones y mentiras? Ya averiguarán después del amor y el desamor. No veo educación alguna en que miren cómo el galancito imberbe besa a la protagonista con frenillos o a la malvada fashion. Pero en último caso, si la nena patalea desesperada porque está sedienta de su heroína, y la creatividad de usted es breve para ofrecerle otra diversión, por lo menos siéntese y vea con ella el programa para poder explicarle que solo es un juego televisivo, donde se timbea –para ganar y perder– con los estereotipos sociales.

Las reglas de belleza que las niñas, más crecidas luego, encontrarán en la sociedad seguro variarán. En mis años infantes, las estrellas televisivas me deslumbraban con sus vestidos brillantes y cabellos de seda. Y era correcto, qué pucha, ¡eran artistas! Hoy la fantasía se fue a pique, una diva de tevé se arma en 5 minutos.

Para ser justa, debo confesar que yo también veía novelas cuando tenía 13 años. Todavía me acuerdo que mi mamá, de pasadita y con astucia, me preguntaba por qué Andrea Del Boca lloraba tanto. Y lloraba porque las buenas tienen que sufrir para que el público las quiera. Así era la novela y en muchos casos la vida también. Con los años uno descubre que las buenas no eran tan santas ni las malas, tan demonios.

Los productores de este tipo de novelas dirán que promueven la no discriminación. ¿Será que mañanita la princesa será una obesa, una anoréxica o una chica con síndrome de Down? ¿Aceptarán los padres que sus hijos vieran esa historia o le parecerá demasiado cruel? Sin embargo, hay un mensaje mucho más cruel detrás del manso argumento de las “divinas” y las “populares”. La protagonista “popular”, tal cual sucede en el viejo cuento, es un animalito (muy producido) que busca inspirar lástima con sus buenos sentimientos, tan lejanos en la vida real. Y la “divina” atrapa a sus fans con los cánones mundanos de la seducción.

Pérez Galdós nos hace pensar sobre la verdadera belleza en “Marianela”, donde la fea, pobre y buena se muere horriblemente; mientras, la bella, que además es buena, se casa con el joven rico y vive feliz para siempre. ¿Cuál de las dos es la más hermosa? Y esto me recuerda la historia de la manzana de la discordia, ¿la conoce?

Ojalá los empresarios del espectáculo de nuestro país, además de importar estos shows de aves de paso, paguen también para instalar debates críticos sobre los contenidos de la televisión abierta.


Lourdes Peralta

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Ultima actualizacion:
08/06/2008 00:00:00