No hay teoría en el mundo que pueda justificar o argumentar fehacientemente la inamovilidad de cualquier autoridad. Este criterio es un engendro nefasto y retardatario que ya generó ingentes perjuicios a la Nación, con profundos daños colaterales para la nueva generación de paraguayos. Esta manera o actitud son rémoras del pasado que convirtieron al país en el más atrasado de Sudamérica. Sin vuelta de hoja, es una concepción sectaria que tambalea por su propia inconsistencia. Cualquier vestigio de perpetuidad es atentatorio contra el sentido común de las personas.

De hecho y de derecho, estos credos pertenecen al “sistema strossnista” por antonomasia, por lo que dicho modelo esta obligado a desaparecer definitivamente del Paraguay. Esta práctica es violatoria del principio fundamental de la DEMOCRACIA (Dêmos: pueblo; Kratos: autoridad, fundamentos del político y orador ateniense Pericles), razón fundamental para anularse cualquier intención de permanencia o continuidad.
La voluntad popular debe reconquistar su plena potestad como “máxima autoridad”, aquella atribución que le fuera escamoteada por el absolutismo reinante durante casi todo el siglo XX. Estas ideas relacionadas a la “perennidad” o al “vitaliciado” son vulgares artilugios al servicio de sendos carcamanes que “elucubran variables” para permanecer atornillados en determinados cargos, pretendiéndose administrar, saborear y “apropiar legalmente” de toda el aura que significa ser nombrado y ungido como suprema AUTORIDAD.
Ni la “reelección”, ni la “inamovilidad” deben existir. En contrapartida, beneficiará enormemente al modo de vida vernáculo, la incorporación de ciertas figuras como el “ballotage”, el “plebiscito revocatorio” y el “sufragio irrestricto” de todo paraguayo que habita en cualquier parte del mundo. Estos mecanismos impulsarán y fortalecerán a un ansiado Paraguay moderno y dinámico.
Los 3 poderes deberán estar sujetos a estos principios enunciados. En consecuencia, los 5 años que dura el único periodo de gobernabilidad, quedarán sujetos –a los 2½– a una destitución por no “llenar las expectativas” del pueblo o en su defecto, a una confirmación que lo hará culminar su periodo, simplemente porque la suprema decisión popular consideró que tales candidatos escogidos “pasaron la prueba” por la demostración fehaciente de un tesonero trabajo, honestidad, sacrificio e idoneidad. Esta es la exigencia o la dura tarea que el pueblo debe establecer a sus representantes o elegidos.
Las “listas sábanas”, las “reelecciones”, la “inamovilidad”, los “fueros” o cualquier invento traído de los pelos para privilegiarse o salirse del común, deberán ser sepultados de una vez por todas, para que el sistema político-jurídico del Estado funcione bajo el ejido del pueblo como soberano y mandante que decide con amplitud y libertad. De lo contrario estamos coartando los básicos principios para simplemente satisfacer las apetencias o elucubraciones de roscas mafiosas que se empotran en las estructuras de la República, pretendiendo el irrestricto servicio personal y el repugnante acomodo de vecinos, amigos, correligionarios y parientes.
Este siglo XXI nos sorprende empantanados, porque el lodo de un sistema perimido atasca corroyendo los engranajes y, por ende, obliga a las estructuras herrumbradas a un deficiente funcionamiento. Por ello, es necesario compactar y asfaltar el camino para transitar con tersura por el sendero de la evolución y el progreso, de modo a concretar una formidable llegada a la meta final, coronada de éxtasis y esplendor.
La conciencia visionaria nos urge modificar la Constitución Nacional, pero estrictamente sujeta a los criterios arriba enunciados. Estas modalidades encaminarán al Paraguay por novedosos y atractivos derroteros. La manipulación y/o interpretación superficial y/o interesada de sus actuales enunciados, produjo enormes grietas y confrontaciones en la cotidianeidad ciudadana. Es que las bribonadas de políticos y abogados amasaron todo para sí, a costa de un atribulado purgatorio para el pueblo.
La sociedad ya no quiere oír “filosofías baratas”, tampoco “doble discurso” y mucho menos “caudalosas demagogias”. Muy por el contrario, anhela realidades y un pragmatismo que circule por un atajo claro, definido y directo, lejos de la falsedad y la pillería. La apariencia y lo torcido dejaron de funcionar como “manera de convivencia” o “herramienta política”, estas estrategias ya no seducen a nadie, por eso el 20 de abril se tumbó a los coloretes, quienes desde el 21-XII-55 venían burlándose de la población.
Finalmente, el cambio llegó al Poder Ejecutivo, no así a los poderes Legislativo y Judicial, a quienes les debe alcanzar su 20 de abril. Las transformaciones parciales nunca resultaron, de ahí que sufrimos –desde el 2 y 3-II-89– casi veinte años de un atroz continuismo. El clamor nacional apuntala al cambio profundo y completo. Esperemos que se oiga el eco del “tañido popular” y que las nuevas autoridades obren en consecuencia.
Esa será la coherencia que toda la ciudadanía espera de sus autoridades y aplaudirá las decisiones.
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