Hay gente a la que le gusta sufrir. Viven para plaguearse, para ver el vaso medio vacío, para persistir en pedirle peras al olmo. O al horno, como decía alguien.
En todo caso, y sin caer en la tontera de pensar que la mayor parte del mundo habita en Disneylandia, hay momentos en la historia que los japoneses llaman “interesantes”. Y bueno, qué remedio les queda más que ser filósofos, considerando que les tocó habitar una isla cercana a la gran China y encima sacudida por terremotos. Aún así, han dado históricas lecciones de valentía e inteligencia, desafiando a las potencias occidentales en los sangrientos campos de batalla de los mercados internacionales.
Ahora China continental, despertándose de la pesadilla de años de comunismo aislacionista, ingresa a la palestra. Las grandes potencias industriales, europeas y norteamericanas, se encuentran con un adversario poderoso, que no se calla la boca y les enrostra los errores que cometen, a la vez que reivindica su derecho a hacer lo que les de la gana en su territorio, y de venderle lo que quiera a quien quiera al precio que le convenga. Encima, consigue las materias primas plata en mano en cualquier subdesarrollado país, compitiendo con las otrora invencibles potencias occidentales.
¿Se arriesgan los chinos más de la cuenta? Peor de lo que ya les fue en su larga historia, no les ha de ir, supongo que piensan. Recordemos que superaron hambrunas y matanzas, purgas y genocidios a granel. Más terremotos, inundaciones y demás fenómenos naturales.
Ahora tocaron fondo y empezaron a rebotar. Mientras tanto, en los Estados Unidos las papas queman y solo el recuerdo de otros desafíos económicos superados les da fuerzas para pensar en remontar la crisis interna que viene despeñándose inexorablemente.
No creo que haya un país en el mundo sin problemas. Ni hoy ni nunca, solo que ahora nos enteramos al instante y reaccionamos con una velocidad inusitada, aún en nuestros perezosos y tragicómicos ámbitos del subdesarrollo.
Si prestamos atención, cabría esperar que por fin en Latinoamérica entendamos que tenemos nuestra propia manera de ser, que no tiene por qué responder a ningún interés más que al de nuestros propios ciudadanos.
Por eso es preciso que dejemos de escondernos detrás de teorías conspirativas, de echarle la culpa a la izquierda, a la derecha , a los con tierra o a los sin tierra y busquemos de una buena vez la forma de vivir mejor, de aprovechar lo que tenemos y lo que sabemos hacer.
No creo que sea necesario llegar a un aislamiento a ultranza, emblemático de Don Gaspar, ni que haya que regalar o vender el país a alguna potencia convenientemente “solidaria” cuando le sirve a sus fines.
Ojalá supiera lo que conviene hacer, pero la bola de cristal no la tengo. En fin, considerando el desempeño en el poder político de algunos representantes de esta profesión de escribidores, mejor abstenerse de dar recetas.
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