La ley que impuso Japón para bajar de peso me parece excelente para avanzar en salud y ahorrar dinero público. No pretendo filosofar si la gordura es una enfermedad del cuerpo o del alma, pero en ambos casos busquémosle el lado flaco para ponerla en cintura.
Los japoneses son prácticos e inteligentes, apuntan a todos, so pena de perder sus empleos. ¡Magnífico! Yo siempre pensé, y no era chiste, que a los políticos había que pesarlos y medirlos antes y después de ocupar los cargos. Así como hacen su declaración de bienes, bien pueden decir sus medidas públicamente. Ejemplos de abdómenes prominentes hay de sobra en ambos sexos. Fíjense en las caras que con el paso de los años, de lucha política, van ensanchándose como resultado de la vida sedentaria. ¿Será que Lugo seguirá desayunando su matecito con hierbas o le irá agregando medialunas? Bien podría suplantarse en el Congreso los bocaditos y el café por un rico vaso de agua, que es barato y los limpiaría interiormente. Recuerden los cristianos que la gula es pecado capital. Los gulosos, en vez de risa, deberían provocar la misma indignación que los lujuriosos, los avarientos o los envidiosos.
Japón multa a todos. Y arma la gorda en el sector empresarial que se dedica a uno de los negocios del nuevo siglo, el de los alimentos. La publicidad hace un juego histérico que seduce con imágenes de cuerpo sano y paz estomacal, pero a la vez incita a vivir rápido y a comer de paso. Un plan visual que le pone moñitos rosas a los paquetes para tentar a la masa cada día más rechoncha e ingenua. En la sociedad liberal, capitalista y consumista –que la mayoría aprueba– también tienen que fortalecerse las organizaciones de defensa al consumidor. En nuestro país no existen o, si existen, no tienen peso.
Mi amiga Eugenia me reprocha y dice que discrimino a los gordos. No es cierto, más bien me considero una observadora sentimental. Veo con honda pena cómo los gordos corren para alcanzar un colectivo, si logran subirse, apenas se manejan dentro, y encima ocupan asiento y medio (pagando un solo pasaje, mientras uno –que pagó el mismo pasaje– tiene que ir parado o conformarse con media nalga fuera del asiento). Veo con tristeza cómo mujeres jóvenes con sobrepeso canalizan su sueño de delgadez mediante revistas de moda que imponen imágenes imposibles. El error es quedarse solo en el cuidado exterior; hay que amar también nuestro interior, aquellas vísceras perfectas que no vemos. Busque una enciclopedia y aprenda cómo funciona el aparato digestivo, quizás así comprenda el esfuerzo terrible al que lo somete cuando come más de la cuenta. Los campesinos diagnostican un vientre abultado con un “adentro tiene todo cacá” (no se asquee, somos seres vivos) y razón tienen. Un vientre normal no se logra con mil abdominales, sino haciendo predominar las frutas, las verduras y el movimiento. Ya se sabe hasta el hartazgo: disminuir la gaseosa, la harina blanca, la carne de vaca, los dulces, caminar, subir escaleras. Degustar lo sencillo. Si se dice espiritual, piense en los que pasan hambre en el mismo instante en que usted engulle la cuarta grasienta milanesa.
La mejor terapia se hace con el propio pensamiento; la salud no se lamenta, se trabaja y se consigue pensando, agradeciendo y comiendo cosas buenas.
Lourdes Peralta
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