La moradora de la montaña
¡Cómo me atraía aquella casona de piedra! Parecía formar parte de la montaña misma. A menudo llegaba hasta ella trepando con esfuerzo la escarpada ladera y espiaba...
Después, asustado de mi audacia, me alejaba presurosamente.
¡Cuántas historias se contaban acerca de la dueña de la casa! Vivía en completa soledad y era muy huraña. Los chicos se burlaban desde lejos. Ella parecía no ver ni oír nada. Vestía siempre de negro; rara vez abandonaba sus dominios.
Un día, decidido a desentrañar el misterio que la envolvía, trepé como siempre por entre las piedras y al ver una ventana abierta, me acerqué sin hacer ruido y miré hacia adentro.
Ella estaba de espaldas modelando en arcilla la figura de un chico. Era una verdadera artista.
Cubriendo los muebles, en los cajones entreabiertos, sobre el piso, cientos de estatuillas de arcilla parecían cobrar vida con los reflejos del sol.
Todas representaban al mismo chico: jugando, durmiendo, leyendo...
Quedé más intrigado que nunca y esa noche me decidí a preguntar. El más indicado para responder a mis preguntas era nuestro viejo criado. Él satisfizo mi curiosidad. Hacía muchos años la dueña de la casona había vivido en la ciudad. Un día, su único hijo, de apenas once años cruzó la calle corriendo y fue arrollado por un auto. Desde ese momento ella abandonó la ciudad, se apartó de todo y buscó refugio en las soledades de la montaña.
El niño que ella modelaba era su hijo. El arte se lo devolvía en las actitudes que ella recordaba: en sus juegos, en sus estudios, en sus sueños. No le conté a nadie la historia de la vieja moradora de la
montaña. Pero cuando algún chico trataba de burlarse de ella, tenía que enfrentarse conmigo. Ella nunca supo que uno de aquellos chiquillos atrevidos había crecido de repente al conocer la triste
verdad, y que desde entonces se había convertido en su más ferviente defensor.
LAS GRULLAS DE ORO

Las grullas de hoy tienen todas las plumas grises. Pero una leyenda nos cuenta que no siempre fue así. El dios Manitú las había provisto de un bellísimo plumaje dorado que era el orgullo de todas las aves. Pero Manitú les había hecho una advertencia. Ordenó a Latakini, jefe de las grullas que no abandonaran jamás las tierras que les había regalado en el Norte.
Latakini accedió de buen grado, pensando que esa condición era muy fácil de respetar. Donde vivían estaban cómodas y el clima era de lo más agradable. Pero Latakini no conocía las estaciones. No sabía que después del verano sucede el otoño, y después, el invierno.
Así, cuando empezó a hacer frío, olvidó la orden de Manitú y voló con su bandada tras el calorcito que se escapaba hacia el sur. ¡Qué furia se apoderó de Manitú ante semejante desobediencia! Tan enojado estaba que ordenó al agua de todos los lagos del Sur que robaran el color dorado de las grullas como castigo merecido por su indisciplina.
Ni bien las grullas bajaron a bañarse en un lago, sus plumas perdieron el brillo y el color que nunca pudieron recuperar. Desde entonces vuelan todos los años de Norte a Sur buscando el calorcito, y el dorado de las plumas quedó preso en los lagos. Por eso sus aguas brillan tanto cada vez que el sol sale o se esconde tras el horizonte.
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