Cuando Stalin colectivizó Ucrania fundió a los agricultores y murieron millones de personas en la hambruna resultante. Mao, en China, intentó una revolución productiva que no dio mejores resultados: los cadáveres cubrieron la tierra.
Algunos economistas se preguntan la causa de que cada tanto se produzcan altibajos que afectan grandes áreas, matando de hambre a sectores enormes de población. Esto, que parece imposible en la era de la cibernética globalizada, sin embargo sucede.
En paz, con clima cálido y suelo fértil, en el Paraguay nos vamos salvando, sin que por eso haya que batir palmas en regocijo. La brecha entre pobres y ricos existe, y el bienestar general no pasa de ser un deseo.
¿Cómo nos afectará la crisis mundial, con gobierno nuevo?
Si a usted le parece que los precios de la comida han subido, tiene razón. Todo está más caro, y no es solamente porque en la Argentina, de donde viene mucho de lo que compramos, tengan problemas de abastecimiento. En todo el mundo hay una inflación alimentaria, que nadie sabe muy bien a qué se debe, pero que no lleva miras de aflojar a breve plazo.
Como toda la culpa no se la pueden atribuir a los inmigrantes ni a Al Qaeda, los países desarrollados se preparan a estrechar filas. Pragmáticos como son en el Hemisferio Norte, buscan la manera de sobrevivir a la mala onda. El diario “USA Today” hace un par de días aconsejó apretarse el cinturón, una técnica que dominamos en Latinoamérica desde hace décadas.
Nuestro problema actual radica más bien en la acelerada transición campo-ciudad.
Silvia, mi amiga, tiene una chancha, varias gallinas y tres vaquitas. Vende la leche, los huevos y los lechones. Hace unos días, remató una vaca -la seca- y se compró una heladera y una tele, para que sus hijas vean los dibujitos.
Me pregunto cómo incidirán esos dos electrodomésticos en la vida de su familia. Imperceptiblemente están pasando de una vida rural, centrada en los productos de su granja doméstica, a una urbana, con nuevas necesidades, nuevos gastos y nuevas actitudes ante la vida.
Silvia, la paraguaya que no se fue a España, que produce y sostiene a su familia, necesita con urgencia que se le proporcionen más garantías básicas de supervivencia. Para entrar en una etapa con expectativas diferentes y ojalá mejores de vida, correrá riesgos.
Al elegir presidente a Fernando Lugo, gran parte del Paraguay vendió su vaca. Quizás por eso las ambiciones políticas de algunos miembros de la Alianza parezcan exageradas para la población en general.
En poco más de cien días ya sabremos si era mejor negocio, para Silvia y para sus vecinos, conservar o vender la vaca estéril.
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