De espíritu rebelde y bohemio, inquieta y para nada callada, Julia Ozorio Gamecho (53), la esclava sexual del coronel Pedro Julián Miers, cuenta en esta segunda parte de la entrevista con ABC Color las torturas que presenció. En ese momento, con 13 años, no significaban nada para ella que arrojaran a hombres desde un avión, los tiraran al río o a una pileta de cal... También sigue relatando su vida al lado de quien llama el “lobo”...

Todavía aterrada, Julia Ozorio Gamecho conversa con ABC Color en su casa, para comentar lo que sufrió como esclava sexual.
–¿Hubo otros casos de niñas esclavas de tu pueblo natal (Nueva Italia)?
–Hay tantas cosas que pasaron. Recuerdo más o menos el caso de una niña que, incluso había muerto, y veo más o menos su imagen cuando la llevaban en un ataúd. Al Coronel Miers, según decían, no le importaban los parientes. Y esto que se trataba de las hijas de sus hermanos. Incluso, una tuvo un hijo con él en Isla Guavirá. ¡Era un monstruo! ¿Cómo puede embarazar a su propia sobrina? Lo peor de todo es que Stroessner lo sabía, pero parecía tenerle hasta miedo a Miers. El (Stroessner) fue quien le ubicó en ese puesto y decía siempre “Miers sabe lo que hace”.
– ¿Ud. presenció sesiones de torturas?
– Eso es tan cierto, que lo cuento en varias partes del libro.
– ¿Como cuando dice que lanzaban a la gente del avión...?
–Yo no me daba cuenta de nada. Me decían que esos hombres sólo se bajaban del avión a sus casas y que, al caer, se iba a abrir el paracaídas que tenían. Y yo, ¡pobre campesina! que solo andaba a caballo, ¿qué iba a saber de un avión? Después de mucho tiempo me dije ¿qué paracaídas tenían?... Y así iba deduciendo que habían muerto. Los tiraban de ida hacia Concepción. Yo era como una indiecita blanca que no entendía de qué se trataba. Una gacelita salvaje que no sabía lo que pasaba en el avión. También cuento en el libro cómo arrojaban a algunos hombres atados al río. Como yo preguntaba mucho, me decían que iban a aprender a bucear. En la pileta de cal lo tiraban para que “salgan más blancos”...
– ¿Cuántas veces habrá estado con el Coronel Miers?
– El se iba dos veces al mes. Varios fines de semana me llevaba a su casa quinta de Guyratí. Aquí hacían todas las chanchadas. Iban cuatro coroneles, entre ellos el coronel Duarte Vera, un mayor Argaña... El resto se ponía sobrenombres. Allí yo era la esclava sexual que tenía que hacer de todo. Lo más escabroso, son cosas que no puedo describir. Ellos me truncaron la vida.
– ¿Ud. escuchaba mucha información en sus reuniones...?
– Escuchaba muchas cosas. Por ejemplo, que me enteré que al general (Andrés) Rodríguez lo llamaban “general dos traseros o dos nalgas”. Siempre quise saber porqué...
–¿Y supo por qué le decían así?
– Dicen que él solamente conocía dos traseros, el de él y el de su mujer. Se burlaban de él porque no era como ellos. Era un señor fiel que no se sumaba a sus patrañas y eso no les gustaba.
– En su libro hay pasajes muy fuertes...
– Y eso que en el anterior libro, de 200 páginas que escribí en primer lugar, conté todo con lujo de detalles, todo. Pero me dio tanto asco que no pude editar. Era una versión más cruda y completa. Después salió este resumen.
– ¿Cuándo fue la primera ocasión en que Ud. estuvo frente a Stroessner?
– Una vez fuimos al Palacio de López, a las 02:00 de la mañana, para encontrarnos con un alemán. Hablaban en su idioma y yo jugaba allí entre ellos. Stroessner preguntó en un momento a Miers ¿por qué traes a esa Pulguita? Y él respondió “no te preocupes Alfredito, –así le llamaba. No se trataban de general, sino con mucha familiaridad –ella es sordita y no va a decir nada”. Esa vez no me presentó a Stroessner.
– ¿Pero lo hizo más adelante?
– Cuando fuimos para la inauguración del Puente de la Amistad en Puerto Presidente Stroessner (Ciudad del Este), me enseñó frases muy finas para presentarme al general Stroessner. Debía decirle “mi encantadísimo general Stroessner...”. En un segundo se me fue todo de la cabeza. Empecé a decirle en guaraní cualquier cosa, lo que me venía en mente. Le dije: “Por tu culpa muchas veces no salí al recreo y me orinaba en mi bombachita. Cuando sea grande te voy a matar nde karai tuyá”. Me vinieron los custodios. Pero él dijo: “es valiente la paisanita, la sordita. No la maten, déjenla vivir”. Y me dejaron ir.
– ¿Y Miers qué hizo?
– Estuve encerrada en el baño del hotel dos días enteros sin comer. Mi castigo siguió en Asunción. La gente se pregunta, por qué si eran tan voraces y terribles no conté mi verdad antes. Pero el Coronel me amenazaba para que nunca hablara porque además la vida de mi familia estaba en sus manos, aún cuando quedé liberada.
– ¿Tenía miedo que la vendieran, se la llevaran a Alemania?
– Miers no me quería entregar a nadie hasta tanto yo cumpliera los 15 años. Algunos le decían que la Pulguita era muy alegre y muy despierta, que si se casaba con un alemán y tenía un hijo, podía ser una perfecta espía. Cuando iba a cumplir los 15 me desesperé muchísimo porque tenía miedo de que me vendieran a Alemania. Pero yo no iba a poder tener hijo porque recién después empecé a menstruar. Muchos tuvieron hijos de Miers... ¡Cuántos estarán desparramados por allí! Pero nadie se animó a contar la verdad.
– ¿Conoce a jovencitas que tuvieron hijas con el Coronel?
– Personalmente no. No sé que pasaba con las embarazadas.
– Bueno, al final se salvó de ir a Alemania...
– Me escondieron en la casa del mayor Argaña un tiempo, frente al Batallón Escolta. Yo veía a sus hijas bien vestidas que iban a la escuela y tenía tantas ganas de estudiar pero no podía. Estaba reclutada entre los soldados.
–Escuchó hablar del coronel Leopoldo “Popol” Perrier?
– Escuché que en varias ocasiones decían de él sus camaradas que tenía muchas niñas en su pileta, en Caacupé, y las llevaba a Stroessner. “Ese sí que es valiente, decían de él los militares”. Imagínese...
ASI COMO SE LEE...

“Mi cuerpo estaba lleno de moretones y cubierto de mordidas. Una profunda herida sangraba en mi seno (...) Dios. Dios mío, ¿dónde estás?, preguntaba...”.
“Un día me tuve que preparar un remedio con el resto de whisky que quedaba en su vaso. Me aplicaba un poco de sal y ruda (...) en todo el cuerpo”.
“(...) (Miers) tenía diez niñas en otro lugar y que elegía entre ellas, que tenía anotado en su agenda los nombres de las jóvenes con quienes pasaría la noche”.
“Todos sabían que Miers era el cazador de mujeres para el rey león. El ahijado conocía el gusto de su padrino. (Stroessner) No quería niñas sin modales”.
“Tenían que ser instruidas. (...) entre los 16 y los 20. No le gustaban rubias, sino más bien de piel tostada. Tenían que cumplir estos requisitos para el rey león”.
“Ñata Legal. Esa fue su gran amor (...) Las demás eran tan sólo sus amantes pasajeras. Así sucedió con mi coterránea Blanca Sanabria”.
Mañana: “Pensé que mi hijo era fruto de violación”
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