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JULIA OZORIO GAMECHO Y SU LIBRO “UNA ROSA Y MIL SOLDADOS” (3 Y FINAL)

“No quería amamantar a mi hijo por pensar que era fruto de una violación”

Los fantasmas del cautiverio marcaron la vida de Julia Ozorio Gamecho (53) como víctima de la dictadura stronista. Tras su liberación de la esclavitud sexual a la que fue sometida a los 13 años, supo recomponer su vida en medio del tormento. “No me prostituí porque tal vez no era mi destino”, asegura y cuenta que ni siquiera pudo amamantar a su hijo “pensando que lo concebió en una violación”. Aguarda editar su libro en Paraguay y proteger a las víctimas de abuso sexual desde una fundación.


Julia Ozorio Gamecho, autora del libro “Una rosa y mil soldados”.

-En su cautiverio apareció un militar bueno, el capitán Marino González.
-Nunca más supe nada de él desde hace 40 años. Era un morocho alto que me dijo que ese era el nombre. No vi su documento. Me dijo que si pudiera me ayudaría, pero ellos (el coronel Pedro Miers y Alfredo Stroessner) eran sus superiores y no podía hacer nada. “Podrías ser mi hermanita o mi hija. Yo tengo 35 años, pero no puedo hacer nada”, me dijo.
-¿El quiso que Ud. se liberara?
-Me dijo que Miers le mataría si hacía algo por mí. Me recomendó que si quería mi libertad debía cambiar de carácter, llorar más, para que no me dejara. Pero yo tenía miedo porque muchas veces vi cómo eran castigadas las niñas lloronas. Lo cuento todo en el libro.


-¿Cómo fue el día en que quedó libre?
-Andaba perdida caminando por las calles de Asunción, de un lado a otro. Pero no me prostituí. Tal vez porque no fue mi destino. Volví a la casa de mi familia, pero ya no podía vivir con ellos. Además debí huir de nuevo porque el coronel Miers me quiso rescatar otra vez y tiroteó toda la casa. No había compatibilidad con mi familia que quería que olvidara todo.



-¿Adónde fue?
-Después fui a Buenos Aires con el documento de mi hermana mayor. Fui sola en un ómnibus de la Empresa Godoy, la única de entonces. En Plaza Once estuve esperando sin saber qué hacer. Una señora se me acercó y me llevó para que le haga de niñera. Me preguntaba por qué no sabía cocinar, ni hacer nada. Yo quería gritar todo lo que pasé, pero no podía contar nada. Tenía que tragármelo todo. Debí salir de allí porque me quisieron hacer casar. Yo no estaba en ese momento para el matrimonio y no quería a nadie a mi lado. Durante dos meses viví entre los cartoneros, como linyeras, que le dicen allá en Argentina. Comía del tacho de la basura con toda la bronca hacia el Paraguay.

-No es para menos...


-Sé que mi país no tiene la culpa, pero a veces me daba mucha rabia. Estoy dolorida. Mucha gente no tuvo la culpa, pero cuando me acuerdo de todas esas cosas me duele en el alma.



-¿No terminó la escuela que tanto anheló?
-Debo decir la verdad. En el sexto grado me compraron mi libreta. ¡Qué injusticia hicieron conmigo! Soñaba con mi escuela, pero no pude hacer y me compraron. Hice después hasta el tercer año escondiéndome y con la consigna de que nunca debía decir nada. En las clases se cerraba la puerta y me sentía muy mal. Todos mis compañeros me parecían soldados. Los profesores me preguntaban insistentemente qué me pasaba. Pero no podía adaptarme. Quedé muy traumada, retraumada. Está también en el libro.



-¿Nunca más supo nada del coronel Miers?
-Nunca más y cuando pasé los 16 años nunca más me buscó siquiera. Ya era una vieja de huesos duros. Aparte yo ya no estaba en el país. Luego volví un tiempo, pero ya no podía adaptarme a mi familia. Contaba con los dedos para llegar a la mayoría de edad y regresar a mi Argentina.


-¿Qué sintió cuando falleció Stroessner?
-Una alegría, un placer. Quería estar en ese momento. Pero más ganas tenía de ver morir al coronel Miers. En mi libro también digo cómo es posible que los vecinos, brasileños, lo hayan recibido en su país con un hogar. Como víctima de la dictadura, los considero como unos traicioneros. ¿Por qué le abrieron las puertas?

-¿Leyó el libro de Ñata Legal y su vida con Stroessner?
-No me interesa. Ella solo va a contar cosas buenas, su vida de princesa. Cosas muy superficiales y vanidosas. Ella tenía custodios, tenía todo. ¿Acaso va a contar de privaciones o que le dieron de comer comida animal? ¿Va a decir que le pegaron, que le torturaron, que la dejaron días sin comer? Me da pena porque se hace llamar señora.

-¿Tiene hijos?
-Tengo uno de 25 años. Estudia licenciatura en enfermería. Cuando él nació tardé cinco días para asimilar que no fuera el producto de la violación que sufrí. No podía mirar al niño, pero no podía contarle a nadie, menos a los médicos argentinos. Las enfermeras dijeron que era rara que no quería a mi bebé. Estábamos todavía en la época de la dictadura en 1983. Entonces, tenía que callarme. No lo quise amamantar un solo día porque no iba a poder mostrarle mis senos. Solo tomó leche de la mamadera. Hasta ahora me reclama que sus dientes no sean tan fuertes...

-¿El sabe toda la historia?
-Yo le he contado. Está dolorido. Pero me suspiró y me dijo: “la verdad que sos muy fuerte, mamá”.

-¿Y su madre qué dice?
-Me encontré con ella, pero es como una persona más. Me es indiferente. No crecí con ella. Yo no podía tenerla a mi mamá.

-¿Su esposo?
-Me separé. Está todo sobre él en el libro. Prácticamente sola crié a mi hijo.

-¿Quiere quedarse a vivir en Paraguay?
-Me gustaría. Espero el cambio. Hace tantos años que fui de este país y me gustaría decir de nuevo con orgullo que soy paraguaya. Quiero la colaboración de mis hermanos que yo había perdido tanto tiempo. Pero me gustaría decir la verdad.

-¿Va a editar el libro?
-Mi sueño es publicar y si alguna vez pudiera vender el derecho de autor para crear una fundación para reunir a los niños que fueron víctimas, como yo, de estos abusos. Formar una fundación y recoger niños abusados. Ser la madre de ellos y protegerlos.

-Más aún ahora que se animó a divulgar su historia...
-Me animé porque ya no quería más esa pesada carga. No encontraba ayuda en nadie. Solo en mi hermana Liliana. Mucha gente me dice ¿qué le va a importar a las nuevas generaciones?, pero yo digo ¿por qué no? Deben saber ellos lo que pasamos. La vergüenza ajena no hay que callarla, sino contarla. Por qué se van a avergonzar mis parientes de que una niña de 13 años no hizo porque quiso las cosas, sino porque la obligaron.


-Está muy bien redactado el libro. ¿Lo hizo todo Ud. sola?
-Debí escribir primero como las 200 páginas, sola. Mi sobrino me ayudó a corregir en la Argentina. Me salió bien la segunda vez. Como yo manejo la computadora a la perfección, fue mi maestro, mi profesor de redacción. La primera vez me salió un relato muy crudo.

-¿Recibió amenazas por contar todo esto?
-Sí. Hace cuatro días que me llaman y dicen cosas por teléfono. Entendía solo la palabra “sangre”. Siempre llamaban a las 02:00 de la madrugada y tosían en el teléfono. No sé quién podría ser. Pero más o menos sé de dónde viene. Yo cuento cosas que todo el mundo sabe en mi pueblo.


pgomez@abc.com.py


Pedro Gómez Silgueira

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Ultima actualizacion:
21/07/2008 00:00:00