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JUEGOS OLIMPICOS (4)

Una pasión milenaria

Hace unos días, en la Expo, organizamos con el curso de periodismo deportivo de la Universidad Americana una jornada dedicada al deporte. Los alumnos de nuestra escuela de gimnasia artística, de cierto modo vinculada con la gimnasia olímpica que hizo famosa, por ejemplo, a Nadia Comaneci, ofrecieron una exhibición muy interesante. Esa misma noche, un apasionado de los Juegos Olímpicos, Alfredo Coello, tirador olímpico y actualmente miembro de la Academia Olímpica del COP, dictó una clase magistral sobre el olimpismo. Contó cosas que asombraron al público juvenil que se reunió a escucharlo, en su mayoría gimnastas y atletas.


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Habló de los remotos orígenes de los Juegos Olímpicos y cómo, en un principio, todo comenzó con el honor de encender una pira en homenaje al dios Zeus, privilegio que luego se disputaron muchos. Para elegir al agraciado, organizó una carrera la que denominó stadion o carrera corta de 192 metros con 27 centímetros, cuyo ganador encendería la pira. Así comenzó todo.

Hoy día, nadie puede negar la gran influencia que la cultura griega impuso, no solo en el mundo de su tiempo, sino que, siglos más allá, hasta nuestros días, esa influencia ha ido acentuándose.

Los Juegos Olímpicos tienen su origen en la antigua Grecia; desde el año 776 antes de Cristo (AC) se celebraban con estos festivales atléticos y culturales el comienzo del siguiente período de cuatro años, lapso que los griegos denominaban olimpiada. Así se realizaron 291 juegos olímpicos, 194 antes del nacimiento de Cristo, y 97 después. Los juegos fueron suspendidos cuando los romanos dominaron Grecia, pero la tradición olímpica se mantuvo durante 1.169 años.

Los festivales de la antigua Grecia -artísticos, musicales, dramáticos- eran organizados por ciudades aisladas como Atenas, en cuyo caso de denominaban Grandes Panateas; por grupos de ciudades que reconocían un origen común, llamadas Anfictionías; o por la totalidad de los griegos que así afirmaban su conciencia nacional. Eran estas últimas las Olímpicas, las Píticas, las Nemeas y las Ístmicas, de las cuales las dos primeras ocurrían cada cuatro años, y cada dos las segundas.

Los Juegos Olímpicos eran organizados por la ciudad de Elis y su escenario el recinto sagrado de Zeus, en el Valle de Olimpia, al suroeste de la península helénica, en la confluencia de los ríos Cladeo y Alfeo, el sitio más encantador de la Hélade, dominado por el monte Kronious. En el templo mayor de Zeus estaba la estatua del dios labrada en oro por Fidias.

El programa de los juegos propiamente dichos contaba con un acto inicial, en el que todos quienes iban a competir -varones todos- desfilaban frente al público y la competencia se iniciaba con el stadion o carrera corta de 192 metros con 27 centímetros. Después seguían el diaulos o diáulica que equivalía a 384,54 metros y el dólichos o dólica, carrera larga de 4.614, 48 metros. El pentathlon comprendía el salto de distancia, el lanzamiento de la jabalina y del disco -de allí la célebre escultura del discóbolo- la dólica y la lucha (hoy conocida como grecorromana).

En el boxeo o pugmeé, los guantes no eran sino tiras de cuero y el combate se prolongaba hasta que uno de los contendientes admitía su derrota. Lo mismo ocurría con el pacratium una especia de lucha libre muy ruda. Otra modalidad muy importante eran las carreras de carros y caballos, de varias modalidades y estilos, que luego, en Roma, cobrarían el máximo protagonismo.

Al final de cada competencia, el nombre de cada vencedor y el de su ciudad natal eran proclamados por un heraldo. El triunfador era coronado con una corona de olivo silvestre, de laurel o de pino. Pero cuando volvía a su tierra se le recibía con un himno triunfal interpretado con declamaciones, cantos corales y baile, expresamente compuestos para la ocasión.

Las más famosas odas de victoria fueron obras de Píndaro. Así, los juegos olímpicos constituían una de las expresiones más depuradas y espectaculares de la educación griega, en la medida que servía como una referencia hacia el ideal humano de perfección, y como una magnífica ocasión para exaltar virtudes humanas, sociales y comunitarias.

Así hoy, a 2.784 años de los juegos de la Primera Olimpiada, aquel espíritu volverá a campear sobre el estadio olímpico de Pekín, cuando la llama encendida el próximo 8 de agosto.

pitotroche@gmail.com


José María Troche

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26/07/2008 00:00:00