Una amiga que vino de visita desde Suecia fue a mostrarle a su familia el Cabildo de Asunción, el río, la catedral. Estaban tomando fotos cuando una nena de aproximadamente 10 años se le acercó y le pidió unas monedas, en segundos y mientras las buscaba, la niña le arrebató la cartera. Corrió como maratonista sin que nadie la pueda alcanzar. La anécdota vivida hace unos días retrata nuestra diaria incertidumbre. Hasta los niños son delincuentes. ¿Qué será de ellos cuando crezcan? ¿Caerán en manos de asesinos como en Concepción? ¿Qué pueden esperar de un nuevo gobierno?
Los niños necesitan ejemplos, si sus padres no se los dan y los gobernantes están muy ocupados en robar a gran escala, no tienen opción. Si no pueden ir a la escuela porque los parásitos les da dolor de panza y desgano, no tienen zapatos y tienen mucho tiempo libre aprenden el “oficio de pirañita”. Su debilidad son los celulares, billeteras y carteras. Desde muy temprano se tuerce su camino, todo lo que incorporan es del mundo del revés. Los policías no pueden hacer nada con ellos, porque son menores. Si andan en grupos y la patrullera los alcanza, se llevan a los más grandes pero los chiquitos delincuentes quedan otra vez solos y listos para delinquir.
No existe para ellos un plan, una esperanza de reformar sus vidas, porque sencillamente a nadie le importan. Sólo cuando se es víctima de ellos y lo que te nace es un genuino rencor. Las nuevas autoridades deben pensar en estos niños, porque el número y la moda de explotarlos de esta manera ya no es exclusiva del centro, sucede en Fernando de la Mora, en Villa Elisa, en Mariano Roque Alonso, en Ciudad del Este.
Para este tiempo nuevo del Paraguay sueño, como mucha gente, en un presente distinto para estos niños. Escuela, salud, nutrición, deportes, artes para empezar. Y de ahí en más con su acercamiento a la tecnología. ¿Por qué no?
“Un árbol que crece torcido, jamás su tronco endereza”, dice el refrán, pero todavía se puede salvar a muchos. Si Fernando Lugo quiere cambiar la realidad de los más desposeídos hay que pensar en estos chiquitos, trabajar desde las familias, en el cambio de conceptos, desde la dignidad de la persona. Entrar a la Chacarita lo mismo que a otros barrios para recuperar el sentido de la vida como valientes sacerdotes hacen en las iglesias. Son prioridad los pobres y más desprotegidos, a ellos deberíamos empezar por mostrarles alternativas concretas. Escuela, salud, manejo del tiempo libre y pan para el estómago y el espíritu, apenas una base para construir futuro.
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