Podemos estar tranquilos. Para la víspera del acto de asunción presidencial ya no habrá chanchos corriendo por las plazas cercanas al Parlamento.
Así lo han consensuado las autoridades municipales con los vecinos de la Chacarita, que han conservado muchas de sus costumbres rurales pintorescas, si se las toma con una óptica de color local.
Una de ellas es la preservación de uno o varios lindos porcinos, gorditos gracias a la abundancia de basura existente en la zona y en la costa del epónimo río. Como la tradicional alcancía, son una forma de ahorrar, una seguridad para el futuro. El lechoncito de hoy será la cena navideña de diciembre. Y si crece lo suficiente, capaz que también la de Año Nuevo.
Observemos entonces a los porcinos correteando por los prados vecinos a históricos edificios públicos con una óptica más positiva. Cada kure significa la inversión de los fondos de una familia, su confianza en el futuro y su entusiasmo con el ahorro. Además, no olvidemos el indudable aporte ecológico de los animalitos: ellos contribuyen a un reciclaje de la basura urbana, novedoso y a la vez tradicional, pues los cerdos han habitado el mundo desde tiempos inmemoriales, siempre relacionados con la prosperidad humana.
Recuerden el dicho: chancho limpio nunca engorda. Lo de limpio se refiere, básicamente, a que un chanchito doméstico no discrimina demasiado en cuanto a lo que va a deglutir. Da lo mismo un cantero de tagetes municipales que una bandeja de sushi descartada en algún ambigú parlamentario.
Es comprensible la queja del Dr. Carlos Gauto, del Departamento de Zoonosis del municipio capitalino, referida a que los vecinos no se ocupan de proporcionar a sus chanchos el alojamiento adecuado para que no salgan a la vía pública. Ciertamente, ¿qué les cuesta hacerles un espacio al lado del quincho, cerca de la piscina o por lo menos, en la zona de servicio de alguna de las lujosas viviendas de la Chacarita? ¿Cómo es posible que no se haya emprendido una parquización con miras al mejor esparcimiento porcino, con adecuados lodazales, piletas y manchones de alfalfa tierna donde los vecinos puedan pasear, con una coqueta correa de croco, a sus mimados porcinos?
Es digna de elogio la preocupación municipal en pro del cuidado pertinente a los cerdos domésticos, por lo menos equivalente a la que se presta a los cientos de perros potencialmente infectados con leishmaniasis que corretean por las calles. Ni uno de esos canes ha sido incriminado por cavar pozos en los jardines parlamentarios ni cerca del Palacio de López.
¿Por qué esta discriminación? ¿A qué se debe que se permitan las jaguasalidas, pero los porcinos enfrenten un cruel destino de reclusión o muerte en el neuropsiquiátrico?
¿Y los caballos, qué? ¿Acaso tienen coronita? Ellos trotan impunemente por cualquier avenida, costillas al viento, arrastrando penosamente los carritos cartoneros guiados por dulces niños y niñas, de no más de doce años.
¡Pavada de fauna local para mostrarles a los visitantes!
Los chanchos frente al Parlamento son lo de menos. Más deberían preocuparnos los burros en otros ámbitos.
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