Hay abundancia de avisos que ofrecen realizar sueños imposibles: conseguir empleo, hacerse millonario, conquistar a la persona amada, llevar una vida sin preocupaciones. En fin, por algún dinero se tiene la posibilidad de arrancarle al destino la fortuna material o sentimental. Basta con asistir a un consultorio atendido “por su propio dueño” o “dueña” que con velas, naipes, agua, yuyos, imágenes, cintas de color, oraciones, etc., por un instante colma de ilusiones y esperanzas al paciente.

Está probado que cuando arrecian los problemas sociales y económicos, se multiplica el número de personas que buscan el consuelo de escuchar la inmediata realización de sus deseos. También quieren ser escuchadas. En la desesperación buscan un regazo donde posar sus padecimientos como una forma de aliviarlos.
En nuestro país –como en la mayoría de Hispanoamérica– son muy populares San Antonio y San Cayetano. El primero es repartidor de bienes sentimentales y el segundo ofrece la posibilidad de conseguir empleo. Estos santos no dan abasto frente a tantas demandas de quienes procuran un novio o una novia, o un hueco en los empleos públicos o privados, o cualquier otra actividad que les ayude a comer. No siempre son atendidos en sus deseos, pero no por ello decaen en su fe.
Parece que algo así sucede con quienes acuden a los “consultorios” en busca de acabar con sus quebrantos. Les mantiene en su fe el engaño de que es posible –a su debido tiempo y con perseverancia– adueñarse de la persona o el objeto de sus deseos. Nos imaginamos que cuando reclaman el incumplimiento de la promesa por la que han pagado reciben la respuesta invariable de que pronto será posible; que tal vez no se realice todavía porque algo habrá olvidado de hacer, algo malinterpretó y no ejecutó la tarea como se le pidió que hiciese.
Humberto se escandaliza por la cantidad de personas, de todas las escalas sociales, que se entregan mansamente a la estafa. No le cabe en la cabeza de que alguien pague para ser engañado. No entiende cómo es posible aceptar que la vida habrá de transformarse con algunos elementos tan simples y de las manos de quien, seguramente, menos cree que el milagro podría ocurrir. Pero la condición humana está hecha para la fe, el sueño, la ilusión, la espera. De otra manera, ¿existirían los políticos, los novelistas, los sacerdotes –de cualquier religión– los fabricantes de cosméticos, los cirujanos plásticos, las modelos, etc., etc.?
LA ILUSIÓN DE UN NUEVO PAÍS
Ahora mismo, ¿no vivimos la ilusión de un nuevo país? ¿No hemos comprado la idea de que vamos a mejorar? ¿No se nos dijo que se iba a luchar contra la corrupción, el contrabando, la inseguridad? ¿No estamos abrazados al sueño de una nueva Corte Suprema de Justicia? ¿Cuál es la diferencia de creer en el regreso del novio o de la novia y la instalación, por ejemplo, de un Poder Judicial que nos hará olvidar del presente?
Los quirománticos, los adivinos, los payeseros, y demás actividades afines, no son sino la respuesta a nuestra necesidad de creer en algo, de esperar algo. Quienes mejor llevan esta empresa son los políticos. Nadie como ellos sabe la necesidad de la ciudadanía de aferrarse a una tabla de salvación, aunque no le salve de nada. Cuando la inseguridad se incrementa, cuando la economía se arrastra por el suelo, cuando la pobreza golpea sin misericordia, escuchamos complacidos que tales calamidades serán irradiadas mediante la honestidad, la firmeza, la eficiencia en el manejo de la cosa pública. ¿Y después? Nada. Vendrán –como vinieron todos los demás– otros lectores de naipes para anunciarnos el fin de nuestros padecimientos. Y volveremos a creer. De nuevo les daremos algo mucho más valioso que el dinero o las joyas: les daremos nuestros votos.
Arrastramos una obsesión que nos viene de lejos: descorrer el telón del destino y mirar en su interior; torcer la suerte a nuestro favor y hacer realidad nuestros deseos.
Las actuales pitonisas vienen de las antiguas civilizaciones. Los griegos le tuvieron a Apolo al que construyeron un templo en Delfos. Allí acudían los reyes para saber si la suerte les iba a ser propicia en la guerra, por ejemplo. El dios daba su respuesta por medio de las sacerdotisas llamadas Pythias, cuyas palabras, puestas en versos, eran oscuras y enredadas. De su interpretación dependía la fortuna o la catástrofe. Un rey, Creso, consultó al oráculo. Apolo le predijo que si hacía la guerra a los persas se arruinaría un gran imperio. En efecto, se arruinó un gran imperio... el de Creso.
Los dioses de la antigüedad tenían las mismas pasiones y vicios de los mortales. Nos cuenta Herodoto: “Estando, pues, residiendo en Delfos estos hombres, según cuentan los mismos atenienses, obtuvieron de la Pythia, sobornada a fuerza de dinero, que siempre que vinieran los espartanos a consultar el oráculo, ya fuera privada, ya pública la consulta, les diera por respuesta que la voluntad de los dioses era que libertasen a Atenas”.
Pese a los avances científicos, tecnológicos, filosóficos, el ser humano tiene un lado oscuro de la razón que le impide avanzar sin tropiezos. Le gusta que le mientan, que le estafen. No hay ninguna posibilidad que desaparezcan los quirománticos. Seguirán ofreciéndonos el destino que soñamos como individuos y como colectividad. La cuestión es preguntarse quiénes causan más daños: los que prometen arreglar matrimonios o noviazgos, o los que prometen arreglar el país. La promesa no está mal. Lo malo es su incumplimiento sin que se pague por ello.
Alcibiades González Delvalle
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