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La otra conspiración

No es para sorprenderse de la conspiración denunciada públicamente por el presidente Lugo, dados los hechos que se están sucediendo en el Senado en relación con el falso acto de juramento de Duarte Frutos a la senaduría. Tal vez los conspiradores no sean solamente los mencionados por el Presidente, puede que sean más. Como, asimismo, no es aconsejable descartar que existan otras conjuras o contraconspiraciones. Por ejemplo, es posible imaginar que el mismo Lugo, al vislumbrar ya desde hace un tiempo la posibilidad de una desestabilización en su contra, podría estar pensando en que la mejor manera de contrarrestar estas amenazas sea organizando una “contraconspiración”, entendida como el proceso destinado a anular los riesgos de la primera.


No es para sorprenderse de la conspiración denunciada públicamente por el Presidente de la República, dados los hechos políticos que se están sucediendo en estos días en la Cámara de Senadores en relación con el falso acto de juramento de Duarte Frutos a la senaduría. Tal vez los conspiradores no sean solamente los mencionados por el Presidente, puede que sean más. Como, asimismo, no es aconsejable descartar que existan otras conjuras o contraconspiraciones.

Las más grandes y peligrosas maquinaciones comienzan siempre con alguna reunión de pocas personas, de apariencia inofensiva. Este es el modo normal de arrancar; luego se va engrosando el número de participantes, de medios económicos y de respaldo político a medida que el proyecto va cuajando. No cabe, pues, cometer la ingenuidad de invalidar la denuncia de Lugo preguntando “¿Qué pueden hacer esos tristes personajes sindicados?”. Posiblemente estaban –y siguen– dando los primeros pasos.

Les favorece, sin embargo, el que los gobernantes petrosocialistas “del siglo XXI” –Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega– hayan tomado como táctica preferida acusar constantemente a sus opositores de conspirar al servicio del “imperio del Norte”, como una manera de justificar su inacción o su fracaso, cosa que, llamativamente, no sucede con los también socialistas Lula da Silva y Michelle Bachelet, quienes nunca presentan a sus opositores como enemigos del pueblo, vendidos al oro yanqui y conjurados con el “imperio” para intentar derrocarlos, para sustituir el gobierno nacionalista e independiente por una colonia sometida al “capitalismo foráneo expoliador”.

Por suerte para nosotros, Fernando Lugo, pese a sus muy frecuentes romances con aquellos nefastos personajes, no parece haberse contagiado de tales alucinaciones. En su bastante creíble denuncia de conspiración –anticipada, por otra parte, por las especulaciones de este diario–, no figuraron “el imperio del Norte” ni los “enemigos del pueblo”, sino simplemente unos cuantos políticos sinvergüenzas y algunos más, que es como verdaderamente la realidad latinoamericana suele presentar estas alternativas.

Como contrapartida, es posible imaginar que el mismo Fernando Lugo, al vislumbrar ya desde hace un tiempo la posibilidad de una desestabilización en su contra, podría estar pensando en que la mejor manera de contrarrestar estas amenazas sea organizando una “contraconspiración”, entendida como el proceso destinado a anular los riesgos de la primera, pero también a conformar, ella misma, un nuevo escenario de poder tipo Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa.

Supóngase (no se trata más que de un ejemplo) que las personas que conforman el primer y verdadero entorno de Lugo, el que es ideológicamente homogéneo y afín con él y, por tanto, constituye su primer punto de referencia y su mayor apoyo de confianza, hayan decidido que es conveniente comenzar a desprenderse de los “aliados peldaños”, los que les sirvieron para escalar, pero que ahora interfieren, estorban y ocupan espacios importantes.

En este supuesto, para lograr la eliminación del obstáculo y la sustitución de los actualmente designados por quienes están aguardando su hora, habrá que hilar fino una delicada conspiración, ya que estas cosas no pueden hacerse a tontas y a locas, porque usar a la gente y a las organizaciones y luego sacudírselas de encima no es ni tarea fácil ni está exenta de toda clase de peligrosas consecuencias.

Si se observan algunos de los principales nombramientos que se efectuaron en el flamante gobierno, se hace inevitable admitir como posibilidad que para el régimen de Lugo se hayan pensado varias etapas de impulso, como en los cohetes de exploración espacial, en los que los primeros motores, grandes y pesados, están destinados a efectuar el mayor esfuerzo, agotarse pronto y desprenderse del cuerpo principal, el cual prosigue después con otro motor más reducido, ágil y ligero.

Si esta clase de cálculos se formulan las mentes de algunos integrantes del equipo ideológico asesor que secunda a Fernando Lugo y, por supuesto, en la suya propia, es factible decir que para ellos la palabra “conspiración” también estaría correctamente empleada.

Cuando se ve que al frente de Ministerios y entidades públicas de gran complejidad, en los que hay que administrar grandes y muy riesgosos conflictos y negociaciones (por tanto, con altas probabilidades de fracasar y quemarse como político), se puso a dirigentes jóvenes –Rafael Filizzola y Blas Llano–, de buena voluntad y sanas intenciones, pero inexpertos y de personalidad contradictoria con el temperamento que hay que exhibir en las delicadas funciones que se les cargan sobre los hombros, entonces, lamentablemente, cabe aventurarse a maliciar que la verdadera intención subyacente en tales inadecuados nombramientos es provocar adrede una mala gestión y tener así el motivo para sacar del camino al fracasado. Entonces llega el momento de ubicar en su reemplazo a los verdaderos “leales”.

No cabe sorprenderse de la denuncia de confabulación política en su contra formulada por el Presidente de la República, dada la calaña política de la mayoría de quienes fueron denunciados como integrantes de los supuestos confabulados. Pero no debemos caer en la ingenuidad de creer que solamente ellos están pensando en conspirar para modificar los resultados de las elecciones del 20 de abril o de torcer el rumbo del país hacia senderos no previstos en los programas electorales ni anunciados en los discursos.

La mayor parte de todo esto que afirmamos no pasa, naturalmente, de constituir meras especulaciones, como es costumbre hacerlas en el trabajo cotidiano de análisis periodístico, que no está destinado a crear alarma, desconfianza o zozobra, sino a intentar ver un poco más lejos en ese horizonte político que a menudo está cubierto de niebla y que, en estas condiciones, es mucho más atemorizante.

Es preciso mantener los ojos bien abiertos, pues estamos viviendo un momento histórico diferente, las instituciones están debilitadas, la legalidad hace agua por muchas brechas, la justicia está sometida a unos cuantos caciques de tribus partidarias y la Constitución fue convertida en papel picado. Hoy necesitamos un gobierno estable, fuerte, capaz de sanear primero la política, luego las instituciones públicas y finalmente el país íntegro, para reencauzar nuestro destino y superar, de una vez por todas, el pasado infame que padecimos.


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02/09/2008 00:00:00