Hoy nuestra invitada es Rebecca Arramendi, una de las voces jóvenes del canto lírico más admiradas del Paraguay. Sencilla y cautelosa, sobre cualquier otra definición, la artista dice ser una cantante enamorada de su arte.

Rebecca nos recibió en la sala de su casa, donde el orden de las cosas se expresa desde cuadros al óleo, libros sobre Pollock, Picasso o Borges, hasta fotos familiares y adornos folclóricos. En un costado, al lado del equipo de sonido, discos de la Callas, la Caballé, y el CD autografiado del ex embajador estadounidense James Cason.
–¿Cuándo nace Rebecca, la cantante?
–No me acuerdo, yo era chiquita cuando repetía el repertorio de mi madre (Máxima), que fue alumna de Ana María Casamayouret. Dejó cuando se casó. Ella volcó sus sueños en mí.
–¿Sueños coincidentes?
–Soy la mayor de 6 hermanos, todos tenemos dotes musicales, pero fui la única que decidió encarar la carrera. Nunca tomé el sueño de mi mami como una deuda. Todo sucedió de manera imperceptible y bella. Tenía 6 años cuando hice mi primera presentación pública cantando “Estrellita”, y a esa edad también empecé a estudiar guitarra clásica, después seguí con violín y luego canto, teoría y solfeo.
–Tu mami, tu mentora, ¿y tu papi?
–El (Rogelio, argentino) se quejaba un poco, aunque era un ferviente admirador de mi mamá. Le preocupaba el tema de vivir del arte, pero al final terminó apoyándome.
–Hoy sos la estrella lírica de la universidad que dirige tu marido, ¿qué compromiso, no?
-Con Juan Manuel (Marcos) nos conocimos cuando yo ingresé como coreuta a la Compañía de Opera de la UniNorte, después de pasar un examen terriblemente exigente con la profesora Francesca Belluci. De ahí también salieron Reinaldo Samaniego y Sol Soto. Nunca vi a mi marido como político ni rector, para mí son cosas aparte. Compartimos el amor por el arte; de chica cantaba sus letras, ¿sabías que también es poeta?
–¿Tu carrera posterga la maternidad?
–Soy muy sensible realmente, tengo un conejo que se cree perro y un perro que se cree bebé. Si tuviera un hijo sería una responsabilidad ineludible y no podría proyectar mi carrera al exterior. Por ahora, mi hija es mi sobrina Anahí (4), una artista nata, que dice que cuando sea grande va a ser cantante de “ópeda”.
–¿Alguna vez dijiste “¿por qué no nací en otro país?”.
–Lo dije, aunque sea en Argentina, por las oportunidades. Pero la vida da sorpresas, jamás pensé que cantaría ópera en Paraguay.
–¿Qué sabe una dama del bel canto del Paraguay adentro?
–Después de ganar el Festival del Takuare’ê del 99, recorrí mucho. No creas que no conozco la realidad, soy de Itá. Sé lo que es ganarse cada moneda. Desde muy joven trabajé, fui docente en 8 colegios, 6 de los cuales eran públicos; caminaba horas para llegar a escuelitas paupérrimas, mi misión era motivar la expresión artística en los niños.
–¿Trabajás mucho?
–Sí, los ensayos agobian y son todos los días. Ando con el iPod encima, por ahí se me escapa un agudo en el súper o en el auto. No soy muy normal cuando se acerca un estreno. Ahora también me duele todo el cuerpo, estoy practicando con la espada, próximamente voy a ser “Abigail”.
–¿Qué te gusta y qué no del público?
–Me gusta la emoción, oír sus moqueos y llantos en la oscuridad del teatro. Fuera del escenario, me asusta un poco la fama; la otra vez, en el súper una señora se me acercó como si viera un fantasma, me abrazó mientras me decía: “¡María Pacurí!”.
–Como profesora de canto, a Cason, ¿cuánto le ponés?
–Cinco. Porque cantó con el corazón y era la primera vez que cantaba.
–¿Y a la interpretación de Cristina Vera, el 15 de agosto pasado?
–Genial que haya cantado. La verdad no la escuché porque cantó muy temprano.
–¿Sos una soprano felicísima de su registro?
–Sí, puedo cantar un repertorio amplio, aunque admiro las voces graves; es como el pelo, la que tiene lacio quiere rulos.
–Talentosa y linda, ¿dónde mora tu defecto?
–En no saber pedir perdón.
–¿Quién es tu bruja rival soprano?
–(Risas) ¡Eso ya no existe! Hoy yo solo canto y me exijo el triple de la última vez.
–Terminamos la nota, Rebecca, gracias.
–Esperá (toma su guitarra), te quiero regalar “Memorias de una vieja canción” de Gina María Hidalgo, una mujer a la que admiro.
–Cantás precioso. ¿Hasta qué edad se puede encantar así?
–Toda la vida. Mirá que a los 35 años una cantante lírica recién empieza y yo tengo 25, así que estoy en la mejor etapa de mi vida.
SU TRAYECTORIA
Rebecca se formó con los maestros paraguayos Ana María Casamayouret, Roque Gaona y Ñeca González. Se recibió de profesora de música a los 16 años. Perfeccionó su técnica vocal en el Teatro Colón, con Lucía Bohero. Actualmente es artista exclusiva de UniNorte. En el 2003 coreó su primera ópera: “Tosca”. Más tarde, entre otras obras, vendrían “Carmen”, “Rigoletto” y “La Traviata”. Por primera vez dejará los dulces papeles femeninos para ser la temible “Abigail” de la ópera Nabuco (Verdi). Habrá que verla, pues, con la espada, los próximos 11, 12 y 13 de setiembre en el Teatro Municipal de Asunción.
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Lourdes Peralta
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