La siesta luqueña era especial para mirar sentada al lado de la ventana, en el comedor. Con atención observé cómo la inteligente vaca usaba la nariz para levantar la tranca del portón de madera, y así entrar al patio, seguida de sus amigas vacunas. Eran unas 15 grandes y hambrientas cueronas, ávidas de comer mangos. Y el patio estaba regado de ellos. La escena no era nueva, se repetía a menudo, pero en esta ocasión observé cómo las vacas se regodeaban con los mangos, manchándose la boca y parte de la cara de un simpático amarillo.
Revoleaban sus lenguas extrayendo todo el alimento, incluida la cáscara, y eliminaban los carozos. Creo que fue en ese momento cuando decidí que no comería lengua a la vinagreta, una de las recetas preferidas de la familia. Aunque, al parecer, nada hizo que me volviera vegetariana.
A este recuerdo se suma otro –también de la infancia–. Le habían regalado a mi papá una cabra como parte de pago por sus servicios de abogado. Asumí que la cabra era mía, y la cuidé como una mascota, equivalente a un perro. Entre comida, agua y cariño, hasta parece que tenía nombre. Un fin de semana por la siesta, el olor a carne asada inundaba la cuadra. Y ni señales de mi nueva compañera, que ya estaba en su punto. ¿Resultado? Nunca más comí cabra, por respeto a la que un día me regaló sus horas. Esta última anécdota comenté entre risas al enterarme del gran evento que se está organizando para octubre: “Todo bicho que camina va a parar al asador” (nombre inspirado en las palabras de Martín Fierro). Los paraguayos somos carnívoros apasionados, y el asado nos encanta en demasía. Hoy que la carne está tan cara y solo baja el precio de la costilla y del puchero, vienen a mi memoria mis afanes de no comer cabras ni lenguas de vaca. Es una pena, sinceramente, que me sea inevitable sucumbir a una buena costeleta, o una hamburguesa con carne de primera o, en su defecto, de segunda. Tampoco puedo conseguir eliminar un buen bife a caballo, acompañado quizá, si es que hay, de un huevo al colchón, y mucha cebolla, previamente dorada con algo de aceite. Sara Servián, de la Coordinadora de Amas de Casa, me decía que los paraguayos no se caracterizan precisamente por ser vegetarianos, y que, por tanto, si no hay carne en la mesa, es como si no hubiera comida. Estos sufrimientos alimentarios y carnívoros serán –espero– aplacados pronto. Y tenemos como novedad la interesante propuesta de la gran parrillada “Todo bicho que camina va a parar al asador”, ideada por Humberto Rubín, y acompañada por empresarios amigos y solidarios, que será el domingo 26 de octubre, en la Asociación Rural del Paraguay, con atractivos que comenzarán a las 9:00, para llegar casi muertos de hambre al mediodía, entre el crepitar sabroso, con el incesante aroma del asado, que pretende romper el Récord Guinness impuesto por Uruguay, que llegó a realizar una parrillada de 12.000 kilos de carne. Quienes quieran apoyar este encuentro gastronómico y solidario pueden llamar al teléf. 660-678.
Desde luego, habrá no solo carne vacuna, sino de cerdo y cabra, con deliciosos complementos, como variedad de ensaladas, sopa paraguaya y mandioca. Entre tanta sabrosura, lo más interesante es que todo lo recaudado beneficiará a las obras de las fundaciones Asoleu (para niños con cáncer y leucemia) y Kuña Aty (prevención de la violencia doméstica hacia la mujer).
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