Los estrategas del novel gobierno demostraron esta semana cómo aprovecharse en política de un escenario favorable y de errores ajenos para desactivar la crisis y, de paso, dejar “fuera de juego” a dos adversarios molestos.
La denuncia de que Nicanor y Oviedo se habían reunido junto a funcionarios heredados del anterior gobierno para conspirar y ver las condiciones para desestabilizar la administración de Lugo tuvo un efecto devastador contra los implicados y resultó un pésimo estreno para el ex mandatario en su papel de opositor.
El Gobierno casi no tuvo necesidad de tener que mostrar pruebas contundentes de sus afirmaciones, porque Oviedo, pretendiendo negar que estuviese involucrado, cometió la ingenuidad de reconocer que, efectivamente, había mantenido reuniones con el ex presidente. Nadie pensó que haya sido para conversar de las posibilidades de la selección en las eliminatorias.
El líder de Unace, que desde su retorno al país procuró hacer buena letra y sacarse el mote de “golpista” y “asesino”, que lo acompaña desde la década del noventa, vio de pronto cómo lo que había construido se derrumbaba en un minuto. Volvieron sus fantasmas. Los cables internacionales se regodearon con ese par de palabras tan fatídicas a sus oídos: “general golpista”.
El plan que estaban llevando adelante nicanoristas y oviedistas de presionar al gobierno de Lugo, manteniendo la crisis en el Senado, debió ser abruptamente desmantelado ante el escenario que tenían delante: una denuncia de conspiración, las organizaciones sociales en la calle, la opinión pública en contra. Nicanor se resignó a abandonar su sueño de tener el escenario del Congreso para continuar vivo en la jungla política. El oviedismo prefirió conservar la presidencia del Senado y evitar una imagen de intransigencia que confirmaría las sospechas sobre sus planes desestabilizadores.
Lugo “marcó territorio”, al menos para esta primera etapa de su gestión, señalando a quienes serán sus aliados y quienes sus adversarios. No significa una elección definitiva Dependerá seguramente de las fortalezas que vaya demostrando y de la capacidad de los adversarios para recuperarse.
A Nicanor le queda ahora el espacio partidario para intentar resurgir de sus cenizas. El panorama se presenta bastante difícil. El ex presidente deberá probar y probarse cuánto le queda del liderazgo del que siempre se vanaglorió. Ya no serán los tiempos de imponer criterio a los gritos y deberá cargar con el peso de la reciente derrota electoral.
Oviedo, contra sus deseos, no podrá hacer una oposición sin cuartel, porque necesita imperiosamente espacios de poder, donde poder ubicar a los seguidores que le exigen tanto o más cargos que los que tenían durante la era nicanorista. Está casi obligado a negociar.
En tanto, para el Gobierno comienza la etapa de “hacer” y presentar resultados, a riesgo de que se acabe antes de tiempo el “romance” con la mayoría que lo votó.
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