Suele ser bochornosa la manera en que los panegiristas de Domingo Martínez de Irala nos cuentan las hazañas del “padre del mestizaje paraguayo”. Los dudosos descendientes pululan orgullosos por los altos andamios de la sociedad asunceña actual. Y entre los “descendientes” ya finados, según un libro con el sello de la Academia Paraguaya de Historia (Vida y obra de Domingo de Irala, pág. 163), están nada menos que Gaspar Rodríguez de Francia y Velasco, Bernardino Caballero, Manuel Gondra Pereira, Fulgencio Yegros, Franco de Torres, Fernando de la Mora, Francisco Solano López, Juan Bautista Gaona, Miguel Primo de Rivera y Orbenaje, Carlos Alberto Saavedra Lamas...

¿Será cierto? De todas maneras, me pregunto: ¿merece el afamado chingador el título de “padre”? Yo tengo mis dudas sobre dicho “mérito” y, con todo respeto, voy a exponerlas de la manera más suave posible.
Siempre decimos que Colón descubrió América. ¿Por qué? Porque supuestamente fue el primero en llegar a este continente. Después llegaron otros, pero el título ya estaba en manos de don Cristóbal. Si nos adherimos a esa regla, debemos afirmar que el mestizaje tiene “madre” y no padre. Este planteamiento no es, de ninguna manera, una cuestión anti-Irala ni feminista; es una cuestión estrictamente cronológica. Pues, según la historia, don Irala recién llegó al Río de la Plata en 1537; mientras que en 1532, o sea un lustro antes, Ziripó, el hermano del cacique Mangoré ya se había alzado al menos con cinco españolas, entre ellas la famosa Luisa de Miranda; lo que significa que a don Irala, sus compatriotas, se le adelantaron en el tiempo.
No hace mucho, en este mismo suplemento, publicamos la historia de Mangoré (el cacique). Desde aquella vez nos han llegado muchas cartas preguntándonos, con extrañeza, sobre la veracidad de la presencia de mujeres entre los conquistadores. Con ruego de disculpas, pues no corresponde, vamos a contestar aquellas preguntas con otras: ¿quiénes cocinaban, lavaban los utensilios, los calzoncillos y consolaban el ánimo abatido de los hidalgos? Resulta que para los hidalgos, casta privilegiada de la sociedad española, era altamente deshonroso realizar cualquier labor que no sea el uso de la espada.
A pesar del intento de ocultación de la presencia de mujeres entre los conquistadores, a fuerza de valor ante las penurias y humillaciones, ellas lograron permear las páginas de la historia y, a quien quiera ver, se muestran como fueron: vitales para las cuestiones “domésticas” (según carta al Rey, de Isabel Guevara) y, como principales protagonistas de aquellos tiempos de tremendas hambrunas, para realizar algunos de los “trueques” salvadores.
Ruy Díaz de Guzmán, en su obra Anales de la Historia del Rio de la Plata, escribió sobre la “triste suerte” de dos mujeres españolas. Sobre la primera dice: “... a esta señora –Luisa de Miranda- hacía este cacique –Mangoré- muchos regalos y socorros de comida, y ella con muestra de agradecimiento le hacía amorosos tratamientos con que vino el bárbaro a tomarla tanta afición y tan desordenado amor...”. Ya sabemos que “el romance” de doña Luisa y Mangoré, que empezó en un simple trueque de comida por espejito, concluyó en una gran tragedia amorosa; que siendo doña Luisa el gran amor del cacique Mangoré, terminó como esclava y esposa de su hermano Ziripó...
La otra “aventura” la vivió la Maldonada. Esta es aún más dramática que la anterior. Maldonada llegó en la misma armada en que vino Irala en 1536 y, ante la desesperación que le producía el hambre, huyó de la fortaleza de la primera Buenos Aires para ir a vivir con los “salvajes”. Un cronista, el padre Miranda, escribió sobre aquella época así: “... es tiempo de hambre y de asedio. Manda Ruiz Galán a su antojo con un dudoso poder del Adelantado quien volvió a la España llorando, más pobre e infeliz que cuando salió para el saqueo de Italia. Tantas hambres acosan a la “Magnífica armada” que se comen, sin temor a la conciencia, el cadáver de los compañeros condenados a la orca por comerse los últimos caballos...”.
Sobre Maldonada, Ruy Díaz de Guzmán cuenta: “Sucedió que una mujer española desesperada por la necesidad que la constreñía, salió del Fuerte para irse con los indios y buscar mantenimientos. Caminando costa arriba llegó a hasta la cercanía de Monte Grande, y como ya era muy tarde buscó donde guarecerse y encontró una cueva que estaba en la barranca. Sin dudar mucho entró y, repentinamente, se topó con una fiera leona que estaba en el conflicto de su parto. Cuando la mujer vio a la fiera quedó del espanto como muerta tendida en el suelo; la leona había saltado de su lecho de parto para hacerla pedazos, pero viéndola tendida e inofensiva, tuvo con su noble naturaleza piedad de la que estaba humildemente rendida, depuso la furia y velocidad con que la había acometido y con muestras de blandura y halago, como dándole la bienvenida a la nueva huésped en su compañía, le dio unos lamidos y se acostó a su lado para proseguir con el parto. Ella, al recuperarse del desmayo, vio al animal en difícil trance y, tomando aliento se animó a ayudarla; pronto, la fiera dio a luz dos leoncitos. Ella quedó en la cueva por algunos días más, sintiéndose bien pagada, por el oficio de partera que había realizado, con el hospedaje y con la carne que la leona traía y que a ella le servía de sustento. Un día, unos indios que andaban recorriendo aquella costa la sorprendieron en la playa donde había salido para beber, la cogieron y la llevaron a su pueblo tomándola uno de ellos por mujer.
Tiempo después, un capitán que recorría la zona encontró a la española y la trajo de vuelta a la fortaleza. Allí, la mujer fue juzgada y condenada a morir atada a un árbol para que sea comida por los animales y pagara así su delito de haber ido a vivir con los indios. Los soldados hicieron como les fue ordenado. Fueron como a una milla de la población donde había una peste de tigres y leones y la ataron al tronco de un árbol y la dejaron para que sea pasto de las fieras. Tres días después, los soldados volvieron para ver los efectos y la encontraron sana y salva, sin ningún rasguño. A sus pies estaba la leona con sus dos cachorros cuidándola del acecho de la demás fieras. Los soldados quedaron admirados del instinto humanitario de aquel animal que, ante sus presencias se retiró lanzando unos bramidos, como reclamando un sentimiento superior de gratitud y piedad a los hombres. De esta manera quedó libre aquella pobre y afligida mujer. Se llamaba Maldonada”.
Nunca se supo nada sobre los descendientes de las muchas españolas que llegaron a vivir con los nativos. Es un asunto que, verdaderamente, llama la atención: ¿por qué se festeja tanto la virilidad de Irala, la hazaña de aquel libertino que hizo que el Paraguay fuera conocido con el festivo nombre de “Paraíso de Mahoma”? y ¿por qué se procura ocultar el comportamiento sexual y reproductivo de las españolas? ¿Por qué tanto silencio en las páginas de la historia sobre los descendientes criollos de aquellas heroicas Magdalenas de la Conquista? ¿Por qué, hasta hoy, nuestra historia oficial sólo exalta a los machos y procura que a las mujeres “conquistadoras” se las trague el olvido?
Sabemos que no vale la pena, por obvio, refutar el sofisma en sí. La alienación cultural, el machismo, el etnocentrismo europeo y otros “ismos” que padecemos los paraguayos conspiran para que una cuestión tan lógica no pueda aflorar en nuestra historiografía. Sin embargo, creo que vale la pena el planteamiento como un punto de partida de reflexión. Es tan absurdo, siempre lo fue, que para nuestros historiadores toda “la historia” esté reflejada, sin discusión, en las crónicas, cartas y probanza de la etapa invasora y colonial, y que nada de lo que no está escrito en dichos documentos ocurrió.
Sobre este punto, amigo lector, no tenemos que olvidar que los documentos y libros recopilados y entregados como “nuestra historia” fueron de escritores circunstanciales, sin formación apropiada para comprender a fondo el proceso cultural milenario de los nativos a los que “descubrieron”. La historia oficial nunca nos dijo que estos cronistas: adelantados, capitanes, religiosos, o aventureros por cuenta propia, como lo fue el caso de Ulrico Schmidl o Jean de Léry en 1536 y 1555 respectivamente, escribieron sin entender las dimensiones de la realidad de nuestro continente, y que al no poder captar la realidad, inventaron e hilvanaron a su arbitrio para mantener informados a sus autoridades o para editar y vender sus obras en Europa y que, para ese objetivo, con burda fantasía calificaron y descalificaron la realidad de todo un mundo. No tenían otro objetivo que no sea impresionar a sus incautos lectores o congraciarse con sus ansiosos y avaros gobernantes.
Por lo señalado, aquellos textos no pueden ser fuente fidedigna y única para ilustrar, y menos para la construcción una verdadera identidad cultural nacional. No podemos seguir llamando “salvajes e infieles” a los generosos nativos que si recurrieron a la violencia, fue en legítima defensa de su cultura; lo que es decir en defensa de su tierra, su familia, su lengua, su religión, etc. Y, por otro lado, llamar “padre” a quien asaltó, secuestró, mató, violó y embarazó a decenas de indefensas criaturas. Para comprender la catadura moral de don Martínez de Irala y sus secuaces sólo tenemos que recordar que éste obligó a casarse a cuatro de sus propias hijas criollas con apenas once y doce años de edad. Casi todos los actos de los “héroes” de la conquista, que hoy adornan pomposamente la nomenclatura de nuestras ciudades, fueron altamente criminales e inmorales. Al menos así yo creo.
Por Catalo Bogado
catalobogado@hotmail.com
Contactos: Emails | Teléfonos | Staff
Publicidad: Como Anunciar |
Fúnebres |Clasificados
Institucional: Nuestra Historia | ABC y la Educación | Libertad de Prensa | Propiedad Intelectual
Otros Canales: ABC Blogs | ABC Ciudadano | ABC Wap | ABC RSS | Archivo | Fotonoticias | Efemérides | Noticias por E-mail
Yegros 745 esq. Herrera. Tel: 41-51-550/51 © Copyright 2008. Reservados todos los derechos.
Estadísticas |
||
Visitas |
Páginas |
|
| Hoy | 50.331 |
759.110 |
| Ayer | 55.819 |
732.669 |
| Ultima actualizacion: | ||
| 14/09/2008 00:00:00 | ||