Los ómnibus chatarras en medio de la calle –con los pasajeros con cara de tontos esperando otro micro– son tan folclóricos como el tereré.Ahora la Municipalidad dice que va a multar a los responsables.Paraguay no puede organizar el transporte público porque los intereses privados continúan predominando sobre los derechos comunes.
Desde que el pasaje de colectivo costaba 35 guaraníes, los transportistas se lamentan por “sus pérdidas”; el acertijo es cómo les alcanza para llevar una vida de holganza económica, mientras nosotros, tristes usuarios, pagamos para sufrir la precariedad y el maltrato. Hasta hoy jugamos a la ruleta rusa (versión local): Si te bajás vivo, la próxima puede que no te salves.
El otro día esperé 45 minutos la línea 30; una chica me dijo: “Así nomás es, a veces tarda 1 hora”. Cuando llegó la matraca, me subí decidida a descargar mi ira sobre el chofer. “¿¡Qué pasa?, ¿están de huelga!?”, me mandé con la cresta levantada. El chofer, sentado hace 500 horas frente al volante, giró con desgano la cabeza hacia mí: “¿Esperaste mucho, pió? Yo no sé nada, llego y salgo, no tengo tiempo ni para ir al baño”. Ante una respuesta tan terrenal, pagué el pasaje y me senté a enrabiarme sola. Sí, ya sé que los choferes paraguayos merecen un capítulo especial, ¿quién no los ha odiado alguna vez? Pilotos suicidas, paran cuando quieren, mascullan en vez de hablar, laburantes por redondo siempre al borde de un ataque de nervios. Duro lidiar con ellos, pero –sin absolverlos de su culpa– los morochos del volante también son víctimas de una cúpula retrógrada que sigue atropellando todo derecho humano.
¿Qué hacemos? La Municipalidad dice que sancionará rigurosamente. Mucho ya soñamos que las latas de sardina desaparecían, pero la pesadilla vuelve con una mano barata de pintura. Los transportistas se lavan las manos diciendo que el problema son las calles rotas. Por lo visto, las calles también rompen los asientos, aflojan los pasamanos, hacen que las estriberas sean “antiseñoras” –a un metro del suelo–; impiden colocar cortinas en un país con sol matador, incitan a utilizar vidrios astillables, retrasan la frecuencia de las unidades. Por culpa de las calles, no se les para a niños, ancianos ni discapacitados. Si tanto quebranto pasan los transportistas para invertir en lo que debe ser, dedíquense a otro negocio y dejen el lugar para emprendedores estratégicos, inteligentes (¿los habrá?), que partan de la idea que del otro lado hay vidas humanas (sin ganas de morir trágicamente).
Cada quien con su deber: la Municipalidad tiene que aplicar las leyes en beneficio del bien común; esto incluye seleccionar mejor a sus agentes y no mantener más a los grises zorros. Por su parte, la ciudadanía tiene que identificarse con un problema que no es “de pobres”; en otras ciudades del mundo, artistas, médicos, científicos y profesores universitarios viajan –sin complejo de estatus– en ómnibus. Aquí no, todos quieren un auto, que traducen como practicidad –aunque haya más vanidad y delirios de poder–. Creer que la vida cambia porque uno se compró un auto es un pensamiento mediocre, pues solo empeorará el caos vehicular y la contaminación. El verdadero progreso obliga a pensar colectivamente. Nos involucramos todos o nos vamos al descenso. Querida hinchada, además de alentar a la Albirroja, deberíamos hinchar hasta el cansancio para vivir mejor.
Lourdes Peralta
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