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Nabucco: Homenaje a la libertad

La ópera involucra una enorme cantidad y calidad de recursos humanos y técnicos. El eficaz sistema de trabajo impartido por directores y maestros de la Ópera y la Orquesta de UniNorte, especializados en el difícil arte lírico, una vez más produjo un resultado profesional de nivel internacional.


La excelente producción de Nabucco, más que al lego, sorprendió al público de gran cultura lírica (mayormente extranjero), porque conoce las exigencias de la magistral obra de Verdi, que parecían imposibles de satisfacerse en un país en vías de desarrollo. Es innecesario hablar de la extendida trayectoria de décadas de la directora de la Ópera, Ana María Casamayouret.

Juan Víctor Bogado, en cambio, lleva un año como integrante del equipo estratégico. A su cargo estuvieron la puesta en escena y la dirección actoral, que incluyeron pasajes de compleja coordinación e intenso movimiento escénico, particularmente en las álgidas luchas entre soldados y un espectáculo (dentro del gran espectáculo) de expresión corporal femenina en la primera escena del tercer acto, en que se lució Celina Fernández.

Las interpretaciones orquestal y de canto exhibieron afinación exacta, riqueza de matices y dinámica. De hecho, producción tras producción, el sonido de UniNorte es cada vez mejor.

Sin desmerecer la importante labor de los demás directores, en este aspecto es fundamental la mano del rigurosamente metódico Diego Sánchez Haase, director musical de los espectáculos de UniNorte, absolutamente respetuoso del trabajo artístico. La escenografía espacial de Tessy Vasconsellos aportó la ilusión necesaria a la imponente imagen de la ribera del río Éufrates, los fastuosos jardines colgantes de Babilonia y los demás espacios en que se desarrolla la historia de Jerusalén y Babilonia del año 566 a.C. Todo ello se vio resaltado con la polícroma iluminación de Santiago Schaerer. El vestuario (Marta y Susana Sartorio), el maquillaje (Juan Víctor Bogado) y los peinados (Guzmán Silva) estuvieron a la altura de la realización. Una innovación digna de celebración fue la reducción de la cantidad de intervalos, a uno único en la mitad de la representación. Los demás cambios, de escenografía y vestuario entre escena y escena, fueron realizados en lapsos de aproximadamente tres minutos, anunciados por Alejandro Méndez Mazó. La última función fue dedicada a Julia Elena Bibolini, fallecida el pasado 6.

Identificada con roles tiernos como el de Micaela (Carmen de Bizet) de su debut como solista de ópera en 2004, Rebecca Arramendi había sorprendido gratamente con la composición de la valiente Floria (Tosca de Puccini) en abril pasado. Pero en Nabucco, ostentó dominio dramático interpretando a Abigail, la rebelde de fuerte carácter que arrebata el poder a Nabucco y Fenena, uno rey de Asiria y padre adoptivo, y la otra hermana adoptiva de la vehemente guerrera. Tanto en la robustez de su voz como en su actuación hay una importante evolución hacia la versatilidad, que se evidencia especialmente cuando su personaje, cruel e irónico, humilla a Nabucco, en la primera escena del tercer acto. Meritorio es el trabajo de sus maestros de canto, principalmente Ñeca González y Luis Gaona. Con Rebecca Arramendi alternó la célebre soprano Marisol Soto, espléndida, excelsa. De delicada voz, Rosanna Sosa Suárez presentó una convincente Fenena, sensible hija de Nabucco. El mismo papel fue encarnado por Victoria Ytororo Coronel. Muy correcto como siempre, Nicolás Román alternó con un Roberto Étienne enérgico e histriónico, en el rico rol de Nabucco, rey de Asiria, sucesivamente poderoso, envilecido y loco, arrepentido, compasivo y generoso. Como el pontífice hebreo Zacarías, se destacó un Luis Ocampos musicalmente superado y de sólida prestancia, que alternó con el novel Augusto Matto que avanza por el buen camino en su carrera lírica. Ignacio Zubizarreta, de interesante desempeño actoral, fue el general hebreo Ismael, igual que el dotado de estético timbre de voz Miguel Coronel, también maestro de canto de la Ópera.

La marcada intención dramática de Bárbara Pereira y el aplomo de Lorena Gómez estuvieron al servicio de una fidedigna y vital Anna, hermana de Zacarías. Funcionales a la puesta, fueron las intervenciones de los demás solistas Carlos Vittone, Justo Pastor Rodríguez, Víctor Torres y Osvaldo Marín.

Un pilar fundamental en el aprendizaje y la fijación de las partes cantadas de los solistas, son sus maestros pianistas Alicia Visconte, Pablo Ojeda y Graciela Bartolozzi. María Victoria Real y Benito Román son los incansables maestros del Coro de la Ópera, que brindó el emblemático “Va’, pensiero, sull’ali dorate; va’, ti posa sui clivi, sui colli…” (¡Vuela, pensamiento, con alas doradas, pósate en las praderas y en las cimas…), cuya melodía había surgido automáticamente en la mente de Verdi, cuando éste vio los versos de Solera, al abrirse accidentalmente el libreto que el compositor de 28 años acababa de arrojar sobre una mesa, colérico porque el director de La Scala de Milán le había impuesto la musicalización del drama rechazado por el famoso Nikolai.


Rodolfo Gómez

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Ultima actualizacion:
21/09/2008 00:00:00