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A 142 AñOS DE UNA GRAN VICTORIA EN KURUPA’YTY (III)

Atrincherados contra la “guerra sucia”

Después de la debacle en la “Campaña de Corrientes” se producía la completa evacuación del ejército paraguayo. Así comenzaba la etapa más difícil de la confrontación. Las esporádicas incursiones al otro lado del río eran cada vez más difíciles por el dominio acuático que ejercían los imperiales, por lo que López planificó librar la guerra en el cuadrilátero (confluencia de los ríos Paraná y Paraguay) y preparar allí un “verdadero infierno bélico” para el enemigo.


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El general Francisco Solano López durante su misión diplomática en París. Esta imagen fue tomada “en estudio”, a mediados de 1853, y reproducida por la prensa escrita de entonces.

Espléndidas y sucesivas victorias motivarían a los jefes y a la tropa para afrontar con estoicismo la abismal diferencia armamentista y de abastecimiento que existió entre los dos ejércitos. Las cartas estaban echadas y habría que afrontarlas hasta “la última gota”.

Inmediatamente después de ser sometidos a juicio por una “corte marcial”, fueron fusilados el 6 de enero de 1866, por un pelotón en Paso de Patria, todos los comandantes paraguayos que se entregaron sin pelear y aquellos que fracasaron por negligencia militar en la campaña de Corrientes. Entre ellos podemos citar al mismo general Wenceslao Robles, mayor José de la Cruz Martínez, capitán Juan Francisco Valiente, alférez Manuel Gaona y varios soldados. Era el régimen implacable de la guerra que regiría durante toda la contienda, basamentada sobre los dos principios básicos de la doctrina lopezista: “Dios, Patria y Libertad” y luchar sin claudicar hasta “Vencer o Morir”.

VICTORIA EN CORRALES (PEGUAHO)

Las estratagemas ligeras seguían produciéndose en territorio reclamado por la Argentina para anexarlo (margen izquierda) del río Paraná, afluente totalmente dominado por la “escuadra brasileña” que se paseaba por todo el río. Allí se generaban las “fricciones acuáticas” más inverosímiles. Después de la destrucción de la flota guaraní en la batalla de Riachuelo, solo con audacia militar era posible enfrentar al poderoso enemigo dueño absoluto de los ríos. Sin embargo, los “marinos paraguayos” al mando del teniente José María Fariña mantenían en vilo a las fuerzas navales imperiales con originales tácticas, insólitos inventos armamentísticos y con gran caudal de arrojo por parte de los “soldados guaraníes”. La omnipotencia imperial generaba la “pasividad” naval brasileña. Esto fue aprovechado por la tropa de Francisco Solano López y el 31 de enero de 1866 un desembarco sorpresivo del ejército paraguayo, compuesto de 1.000 hombres al mando del todavía coronel José Eduvigis Díaz y los tenientes Celestino Prieto y Saturnino Viveros, promovió una profunda incursión paraguaya logrando una importante victoria en Corrales a expensas del ejército argentino comandado por el temperamental coronel Emilio Conesa, que se dispersó por completo, declinando del combate a muerte con espada y bayoneta calada. Esta situación colmó la paciencia porteña, por lo que la prensa argentina criticó y protestó airadamente ante el comandante imperial que se encontraba en Buenos Aires, el inefable almirante Joaquím Marques Lisboa “Tamandare”, por la indiferencia de su flota, que de actuar otro hubiera sido el resultado del combate. Los medios informativos porteños, que años atrás propugnaron una alianza con el Brasil, ahora señalaban con enojo que la ausencia de los brasileños en las operaciones bastaba para dejar sin efecto la alianza.

ESTERO BELLACO Y TUJUTY (I)

La “Batalla de Potrero Sauce”, que duró tres días y culminó con una resonante victoria paraguaya. Aquí peleó y murió, el 18-VII-1866, el capitán Rómulo José Yegros, hijo del brigadier y héroe de la independencia Fulgencio Yegros (grabado publicado en París por “L’Illustration Journal Universel”).

El nuevo plan de guerra de Francisco Solano López consistió en atraer a los aliados a territorio dominado por los paraguayos, donde la topografía y el pleno conocimiento del terreno se presentaban favorables a los propósitos bélicos del ejército nacional. Ante el estratégico “abandono” del fuerte de Itapiru del 16 de abril 1866, “invitando” a los aliados a cruzar el río libremente, se producía el desembarco al mando de Luiz Manoel Ozorio para acampar en el sur de Estero Bellaco. Ahí se producía la gran sorpresa. Los aliados fueron atacados el 2 de mayo de 1866 por una facción de paraguayos compuesta por 3.800 hombres al mando de José Eduvigis Díaz, secundado por los coroneles Francisco Fidel Valiente y Basilio Benítez, obteniendo inicialmente un resonante éxito. Con grandes bajas, los paraguayos se apoderaron de la artillería y banderas enemigas, incluso el general uruguayo Venancio Flores estuvo a punto de caer prisionero, lo que hubiera significado una clamorosa conquista. Cuantiosas bajas se ocasionaron a los aliados, estableciéndose los mismos al norte de Tujuty con miras a evitar una nueva sorpresa. Era precisamente lo que Francisco Solano López pretendía para rematarlos con una gran tenaza de fuego y liquidar al ejército enemigo.

UNA BATALLA DE GIGANTES

Sin embargo, la excepcional idea del comando militar paraguayo no contaría con el error de uno de sus principales jefes. El 24 de mayo de 1866 llegaría la batalla más grande del continente hasta hoy día. Una tropa de 22.000 hombres, dispuesta en 4 columnas, debía atacar con asombro y en forma simultánea a los aliados, pero el general Vicente Barrios, sindicado por el mariscal López para dar la orden de ataque con una señal a primera hora de la mañana (un cohete), inexplicablemente se retrasaba desapareciendo de esa forma el factor sorpresa concebido de antemano. Entonces, muy contrariado, el general José María Bruguez, a las 12 y 15 del mediodía, lanzó la señal con un cañonazo para iniciar el ataque general. Los aliados, ya apercibidos, evitaron la sorpresa. Preparados con 52.000 hombres sólidamente atrincherados, esperaron el ataque. Alucinados por la metralla, los paraguayos asaltaron con bríos las posiciones. El general Francisco Isidoro Resquín circunvaló por el ala izquierda del enemigo, el teniente coronel Hilario Marcó, con la infantería y dos regimientos de caballería, embistió por el centro, mientras el lado derecho fue confiado al impertérrito general José Eduvigis Díaz. El ataque combinado con infantes y artilleros a la reserva y cuartel general del enemigo por un largo desfiladero en el espeso bosque para caerles por la retaguardia fue llevado a cabo por el general Vicente Barrios, la columna del capitán Remigio Cabral se encargó especialmente de las trincheras de los invasores y el mayor Antonio Olavarrieta, con el R.I. 19, avanzó con la misión de destruir a dos batallones completos, logrando su objetivo. Las primeras trincheras fueron íntegramente tomadas por los paraguayos, pero la poderosa artillería aliada, con 120 cañones de diferentes calibres, defendió las posiciones centrales con éxito. Nada pudo hacer la heroica bravura de los paraguayos que morían abrazados a los cañones. Cinco horas y media duró el encarnizado combate, la mayor y sangrienta batalla campal librada hasta entonces en Sudamérica. Los paraguayos se retiraron con banderas enemigas, armamentos y prisioneros, dejando 6.000 muertos y 7.000 heridos, mientras los aliados resignaron 5.000 muertos y 4.000 heridos, con sus cuadros totalmente desorganizados. Fue una batalla de desgaste, prácticamente sin victoria para ambos bandos, siendo al final más perjudicial para el Paraguay, por lo reducido de su tropa, la obsolescencia de sus armamentos y la nula ayuda externa. El ejército paraguayo quedó muy disminuido, lo que pesaría durante toda la contienda debido a la superioridad numérica del enemigo.

La “Batalla de Tujuty”, 24-V-1866. Más de 70.000 beligerantes la libraron. Más de 20.000 muertos en combate, siendo conceptuada por los analistas como la contienda más grande de América (óleo de Cándido López).

SANGRIENTAS BATALLAS EN POTRERO SAUCE (BOQUERÓN)

Después de las terribles bajas, Francisco Solano López observó que la iniciativa ofensiva era más bien perjudicial para su ejército. Atacar no le redituaba beneficios determinantes. Las victorias eran pírricas, no definían el curso de la guerra y desgastaban el escaso medio con que contaba la milicia paraguaya. En consecuencia, López resolvió desde ese momento administrar sus fuerzas con avaricia, volviéndose más conservador, con miras a tentar algún contraataque fulminante que permita al Paraguay un verdadero “éxito de guerra”. Eligió a la fortaleza de Humaita como el eje de su sistema de defensa. Instaló su cuartel general en Paso Puku para desarrollar la maraña que contenga y destruya al enemigo. El río Paraguay fue fortificado en Kurusu y en Kurupa’yty y una vasta red de atrincheramiento defendió todos los pasos de los esteros accesibles a Humaita, además el moderno telégrafo unía a todos los sectores con el cuartel general. López estaba comunicado y con conocimiento de causa de cada acción y decisión. Así reorganizó su ejército después de la casi inmolación de Tuyuti, mandó fortificar convenientemente la Punta Ñaro de los bosques de Sauce y “esperó” a los aliados para la lucha. La construcción de las trincheras se ejecutaba durante la noche, al amanecer los aliados se dieron cuenta de la peligrosa obra e inmediatamente resolvieron desalojar a los paraguayos de sus posiciones. El 16 de julio de 1866, por primera vez sin la protección de su “escuadra naval”, las fuerzas coaligadas iniciaron la ofensiva y los fieros combates por las posiciones de las trincheras. Un cronista argentino del frente relataba: los paraguayos defendían las trincheras llenos de coraje, a bayonetazos, con piedras y balas que lanzaban con las manos, con paladas de arena que arrojaban al aire para cegar al asaltante, culatazos y botes de lanza. Varias veces los paraguayos –al mando de Díaz– retomaron sus trincheras, siendo desalojados nuevamente por el enemigo, para enseguida volver al ataque. En uno de esos contraataques, el coronel Elizardo Aquino, en una carga descabellada a campo abierto pero demostrando intrepidez y valor, fue herido de muerte. Antes de su muerte fue ascendido a general. El 18 de julio de 1866 la lucha adquirió su máximo vigor, alcanzando la mortandad de los contendores niveles insospechados. Fue una gran victoria del ejército paraguayo, que dejó 5.000 osamentas enemigas. Allí murieron el coronel español al servicio del ejército uruguayo León de Pallejas y otros oficiales de suprema graduación.

Mañana: La “guerra sucia” sacude al continente.

alcandia@abc.com.py


Alberto Candia

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22/09/2008 00:00:00