Más de dos millones de hectáreas de las mejores tierras de la Región Oriental están en poder de campesinos, según confirma el análisis geoespacial que acaba de concluir el experto Federico Pekholtz por encargo de la Unión de Gremios de la Producción, entidad que concedió la primicia a ABC Color. Este es el mayor y más detallado estudio de este tipo que se ha realizado en el país.
La Región Oriental tiene algo más de 15,2 millones de hectáreas. De ese total, aproximadamente 2.139.000 hectáreas (alrededor del 15 por ciento) están en manos de campesinos que se dedican a la agricultura no mecanizada. Se estima –aunque los estudios sobre este punto todavía no son concluyentes– que no menos del 30 por ciento de esa superficie, unas 650.000 hectáreas, están ociosas, sin cultivos.
Y no se trata de tierras degradadas, como frecuentemente se suele afirmar. Más del 90 por ciento de las mismas se encuadra dentro de las clases I a IV (ver en “Definiciones”) en el “Mapa de Capacidad de Uso de la Tierra” elaborado con apoyo del Banco Mundial en 1995, lo que significa que están entre las mejores tierras del país.
A esto hay que agregar que otras 385.000 hectáreas están en poder de pequeños productores que tienen parcelas de menos de 20 hectáreas, pero que ya se han incorporado a la agricultura mecanizada, generalmente con mucho éxito, sobre todo en la zona de Itapúa.
Tanto como la agricultura empresarial
La superficie que tienen los pequeños productores es equivalente a la que está ocupada por toda la agricultura mecanizada en fincas de más de 20 hectáreas, que acumula en total unas 2.372.000 hectáreas, incluyendo no solo el complejo de cereales y oleaginosas, sino también los cultivos de arroz y caña de azúcar.
La mayor extensión la ocupa la ganadería, tanto la más sofisticada como la extensiva tradicional y la de engorde, que se expande en grandes estancias en unas 6 millones de hectáreas de “campos altos” y otras 2 millones de hectáreas de “campos bajos”.
Un hallazgo importante de este trabajo es que de esas 6 millones de hectáreas en la Región Oriental que actualmente tienen un uso ganadero en campos altos, al menos 2.300.000 son tierras de clases I a IV, aptas para la agricultura.
Muchos bosques que proteger
De eso se desprende que todavía existen grandes extensiones disponibles para ensanchar la frontera agrícola y aprovechar el momento altamente favorable de ese sector sin provocar daños ambientales, específicamente sin necesidad de deforestar, y que no se deben distribuir tierras a expensas de los bosques.
A propósito de ello, el estudio también constata que todavía subsisten en la Región Oriental más de 2 millones de hectáreas de bosques nativos continuos, más de lo que normalmente se suele mencionar. Eso es sin considerar los bosques degradados, ni las pequeñas islas de bosques en las áreas productivas, ni las hileras boscosas a lo largo y alrededor de los cursos y masas de agua.
No es por falta de tierras
La primera gran conclusión que se extrae de estas mediciones es que, tal como lo hemos venido sosteniendo en este diario, la pobreza rural no se debe a la falta de tierras, sino a otros factores por los cuales los campesinos, pese a poseer tierras en cantidad considerable y de buena calidad, no logran extraerles a sus fincas rentas suficientes como para escapar de la pobreza.
Solo así se puede explicar que, a pesar de contar con más de 2 millones de hectáreas, que en las condiciones actuales del mercado de alimentos son una verdadera mina de oro, la economía familiar campesina tradicional no pueda salir adelante.
Las causas de esa situación son múltiples, pero se destacan entre ellas la baja tecnificación y la escasa utilización de tecnología adecuada no solo para la preparación del suelo, la protección de los cultivos y el aumento de la productividad, sino también para la cosecha, la elección del rubro y la comercialización.
Esto en parte tiene que ver con la baja calificación de los campesinos, debido al fracaso del sistema educativo y la ineficiente asistencia técnica, y en parte con el propio sistema de producción atrasado, informal y precapitalista que predomina en ese sector.
Formalizar a los campesinos
Una manera de comenzar a romper ese círculo vicioso es formalizar a los campesinos, tanto en su condición de ciudadanos (cédula de identidad), como de propietarios (títulos de propiedad sobre las parcelas que poseen en forma precaria).
Ello no solo les ayudaría a incorporarse a la economía formal y acceder al sistema financiero, sino también les proporcionaría poderosos incentivos para introducir mejoras, incrementar su productividad, aumentar paulatinamente el valor de sus propiedades, asociarse para aumentar su escala y su poder de negociación. En contrapartida, también depuraría los registros y haría más fácil y eficiente la asistencia estatal a este segmento marginado de la sociedad.
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