El extraño viaje que Fernando Lugo hizo a San Pedro, acompañado de Hugo Chávez, encuentra recién ahora una explicación: firmaron trece acuerdos destinados supuestamente a desarrollar la zona donde se reunían y aliviarla de las carencias y conflictos sociales. Pero leyendo sus aparentemente inofensivas cláusulas a la luz de lo que viene ocurriendo en los países de nuestra región, las mismas también podrían servir, por ejemplo, para crear células, comités, grupos de acción política que, apareciendo como simples asociaciones de ayuda y cooperación, se encargarán de ir fijando los pilares para edificar otra cosa muy distinta: esos convenios serán la justificación “legal” para la intervención de los agentes venezolanos en nuestro país.
Nadie en su momento entendió cómo fue que el canciller Nicolás Maduro, de Venezuela, viniera a quedarse cuatro días en nuestro país sin que su visita fuera anunciada, como tampoco los motivos específicos de tan prolongada estadía.
Los voceros del Gobierno intentaron una tonta explicación, alegando que el canciller de Hugo Chávez solamente hacía aquí una “escala técnica”, pero muy pronto tal embuste quedó al descubierto, pues ahora sabemos lo de la misteriosa suscripción de trece acuerdos de contenido aparentemente inofensivo, pero que fácilmente podrían esconder proyectos de finalidad estrictamente política.
El extraño viaje que Fernando Lugo hizo a San Pedro, acompañado nada menos que de Chávez, encuentra recién ahora una explicación: firmaron trece acuerdos destinados supuestamente a desarrollar la zona donde se reunían y aliviarla de las carencias y conflictos sociales. Pero leyendo sus aparentemente inofensivas cláusulas a la luz de lo que viene ocurriendo en los países de nuestra región donde el bufonesco coronel bolivariano aterriza -con el beneplácito de sus gobiernos como ocurre con el nuestro-, las mismas también podrían servir, por ejemplo, para crear células, comités, grupos de acción política que, apareciendo como simples asociaciones de ayuda y cooperación, se encargarán de ir fijando los pilares para edificar otra cosa muy distinta: esos convenios serán la justificación para la intervención “legal” de los agentes venezolanos en nuestro país.
A estas alturas hay ya motivos más que numerosos para suponer que Lugo se esfuerza mucho en que sus relaciones con Hugo Chávez (y puede que con otros personajes similares) pasen lo más desapercibidas posible, mientras, por otra parte, busca estrechar sus lazos con él y aprovechar sus generosas ofertas. Habrá sido para esto que designó canciller a Alejandro Hamed Franco y ubicó a Camilo Soares en los cargos gubernamentales más estratégicos, personas ambas de gran afinidad ideológica con él y con el Presidente “bolivariano”, es decir, nexos ideales para formar un cuarteto discreto y armónico.
Los documentos firmados por Lugo y Chávez deben ser examinados cuidadosamente por los parlamentarios y, con ojos de buen cubero, evaluar cuál podría ser su alcance y qué clase de injerencia político-ideológica van a permitirles a los chavistas en nuestros asuntos internos.
Es preciso tener en cuenta que Fernando Lugo llegó al gobierno sin la base de un partido político propio y, asimismo, que hasta hoy manifiesta supuestamente no tener la intención de dedicarse a la política después de cumplido su período presidencial. ¿Puede confiarse, basados en sus palabras, en que no caerá en la tentación de hacerse con un gran aparato partidario exclusivo, aprovechando los recursos del Estado y los petrodólares de Chávez, por ejemplo, para intentar ser reelegido y conservar el poder para sus correligionarios? Chávez, Correa y Evo ya lo consiguieron.
Pero aun si se aceptara del Presidente buena fe en sus intenciones así declaradas -aunque después pueda cambiar de idea cuando lleguen los “reclamos del pueblo” por su candidatura -, no cabría en absoluto prestarles la misma confianza a los sectores de la pequeña pero fuertemente ideologizada izquierda “revolucionaria” paraguaya que ascendió a cargos tan importantes colgada del saco de Lugo, a caballo de los votos electorales de toda la oposición, en particular de los del PLRA.
¿Cómo resistirían personajes como Camilo Soares la tentación de emplear los inmensos recursos económicos que su cargo deposita en sus manos, para no buscar convertir a su actualmente minúsculo partido en una organización política que incluya a los movimientos sociales, capaz de competir y derrotar en las urnas a los partidos mayoritarios? ¿Qué clase de revolucionario sería si no destinara dichos recursos a la preparación de la “revolución”, y a intentar asegurar la conquista definitiva y permanente del poder político para sus huestes? ¿Le perdonarían, acaso, desperdiciar tan inesperada como irrepetible oportunidad que la caprichosa coyuntura les brinda hoy?
Estas preguntas se responden solamente con sentido común y echando un vistazo a las experiencias que en Latinoamérica recogimos en el último medio siglo de evolución política. En la revolución cubana contra Batista participaron muchos sectores políticos, pero, luego del triunfo, el castrismo borró del mapa a sus compañeros de lucha, se hizo dueño exclusivo de los símbolos revolucionarios y se quedó con el poder omnímodo HASTA AHORA, ¡50 AÑOS! En Nicaragua, la dictadura de Somoza fue derrocada por una revolución en la que participaron izquierdistas y liberales, pero muy rápidamente los primeros sacaron de la cancha a los segundos, y el sandinismo también se hizo único propietario de la manija gubernamental. Hugo Chávez ganó sus elecciones con una alianza de partidos; pero ahora formó el de su propiedad particular, e intimó a sus antiguos aliados a disolver sus organizaciones y afiliarse a la suya, o darse por despedidos del gobierno y pasar a ser considerados adversarios, con las consecuencias imaginables.
¿Es acaso un desvarío suponer que la metodología de este pequeño pero hoy afortunado grupo izquierdista que rodea a Fernando Lugo vaya a ser diferente, y que antes de mucho tiempo el Partido Liberal se vaya a la cuneta? Sería demasiada ingenuidad creer que tal cosa no podría suceder. En estos casos es preferible arriesgarse a ser mal pensados que estúpidamente candorosos.
Sería muy grave para el futuro de la democracia paraguaya que se permita que algunos personajes, encumbrados por circunstancias cuasi fortuitas, estén desarrollando subrepticiamente proyectos de siniestra naturaleza, destinados a dar un golpe mortal al pluralismo ideológico y a la vigencia de las libertades individuales tal como las disfrutamos actualmente.
Por de pronto, lo que las apariencias muestran es que Fernando Lugo no está queriendo dar a conocer cuáles son sus verdaderas intenciones. Y el misterio, el ocultamiento, la acción sutil y solapada son, sin duda alguna, señales muy sospechosas para una ciudadanía que votó por la trasparencia, la apertura y la sinceridad.
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