Desde hace un tiempo vienen muriendo niños por accidentes urbanos. Esta semana murió uno de 7 años; mientras jugaba se le cayó un pilar encima. Y el triste recuerdo de aquel niño que murió en el Centenario todavía nos queda en la memoria. Estos son los casos que son noticia, porque seguramente de muchos otros no nos enteramos. Cada día se suman ¿accidentes? que cuestan la vida a los seres a quienes más cuidado les debemos. ¿Las muertes son obra del destino? Yo diría que somos un pueblo que jamás pensó en sus niños, aun teniendo la gracia de mujeres tan fértiles (todavía).
La dejadez se nota en la construcción de las ciudades. Ahora que presenciamos cómo se peleaban asunceños y lambareños por sus límites, se los veía más preocupados por el bocado político y económico, que por dar una vuelta para ver cómo administran la seguridad en sus territorios. Un pilar se cayó en Lambaré y un muro en Asunción, ambos con saldos trágicos. Empate de homicidio culposo.
Los paraguayos no pensamos en los niños, aquí no hay plazas con calesitas, no hay diversiones para todos, no hay librerías, menos museos, no hay calles para andar en bici. Y en breve, ni aire puro habrá. Solamente hay parques en los shoppings ¡vaya concepción de diversión! Ya sé, me dirán que la inseguridad ha crecido tanto que nadie se anima a dejar que su hijo juegue en la vereda. Los niños paraguayos de hoy miran la televisión o juegan con la computadora por horas, comen mal y hacen poco ejercicio. Qué futuro de seres enfermos les espera a estos presos de pasatiempos vacíos y automáticos. En mi barrio todavía los niños vienen a jugar a la placita, donde solo quedan hamacas destrozadas por los grandes (que las rompieron hamacándose ellos) y restos de otros juegos de los cuales se fueron robando la madera.
Cada vez que se accidenta o muere un niño, estamos demostrando la incapacidad que tenemos de ser padres, maestros y comunidad. Que no sea el hijo de uno el que muere no significa que no tenga importancia; el próximo caso puede ser el suyo.
Pero los niños no mueren solo por accidentes; también los matamos al robarles la inocencia exponiéndolos a programas estúpidos de sexo, asesinatos y violencia. Aquellos jóvenes de 20 años, que la mala prensa llama “monstruos o asesinos”, alguna vez fueron niños buenos, como nacemos todos hasta que la sociedad nos corrompe.
No sé si los accidentes de colectivos o pilares disminuirán. No veo disposición de cambio en los adultos, cuyos malos ejemplos, la borrachera, la grosería, la falta de valores básicos no pueden sino dejar niños que aprendan lo mismo. Todos los adultos somos culpables de estos crímenes imperceptibles (título que tomé prestado del escritor argentino Guillermo Martínez, un niño hábil con los juegos matemáticos y el suspenso). Si una sociedad no cambia –y esto significa cambiar yo– preparémonos para seguir mandando al matadero a más niños por desidia, perversión y desigualdad. No creo en los cursos rápidos de felicidad, ni en ninguna “nueva inteligencia tecnológica que unirá a niños, padres y maestros”. No solucionamos nada con juguetes nuevos. El niño desarrolla su inteligencia cuando tiene padres y maestros que lo aman, lo disciplinan y lo incentivan a estudiar. Si no pensamos en los niños primero, con políticas serias y coherentes, seguiremos odiándolos, sobre todo a los hambrientos que se vuelven esas “plagas” que desparraman la basura o limpian el auto –donde vas tan cómodamente sentado– aunque les digas que no. Un no que resuena pero no resuelve.
Lourdes Peralta
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