Monumentos de mármol y bronce, magníficas avenidas, ricos museos, apologética bibliografía y otros mil lauros proclaman la gloria de los “bandeirantes” en el Brasil.

Mapa que muestra la Línea de Tordesillas y las capitanías portuguesas en el Brasil.
Se agotan en su loor los ditirambos. La música, la pintura y la poesía rivalizan en sus homenajes. Y hasta modernas máquinas aéreas vuelan por encima de la ruta de Raposo Tavares y posan en nuestra tierra trayendo en sus lomos de plata la palabra que hace trescientos años era en los hogares paraguayos signo de espanto, anuncio de horrores, concitadora de maldiciones. El tiempo ha extinguido las pasiones, pero la historia no tiene por qué ocultar sus testimonios. Recordemos a los “bandeirantes” y a la primera tentativa de apoderamiento de los Saltos del Guairá.
UN NUDO VITAL
En nuestro anterior artículo habíamos dejado a la provincia del Guairá sólidamente asentada con sus ciudades y reducciones extendidas como un arco en torno de los Saltos, como si quisieran precautelar este maravilloso bien natural de la codicia de los extraños.
Los Saltos constituían en este complejo geográfico, un nudo vital. Allí se interrumpía la navegación del río Paraná. Quienes venían desde las reducciones o desde los yerbales tenían que salvar el escollo tremendo haciendo el pasaje por tierra y llevando a hombros de indios las canoas y los cargamentos de yerba. La posesión de la zona de los Saltos era de imperiosa necesidad tanto para los españoles de Villa Rica y Ciudad Real como para los jesuitas de los nueve pueblos reducidos, máxime cuando que algunas tribus indígenas, como los guayanas, no habían aceptado la amistad de los europeos, enemigos como eran de los guaraníes, y también porque los tupíes de la costa del Brasil llegaban hasta allí en sus merodeos. De aquí que hubo el cuidado de mantener y guarnecer dos puertos, uno al Norte de los Saltos, en la orilla izquierda del río Paraná, y el otro al Sur, en la orilla opuesta, al pie de la serranía del Mbaracayú.
LA DIVISIÓN DE LAS PROVINCIAS
Las primeras depredaciones de los “mamelucos” de la costa fueron motivo ocasional de la división de las Provincias dispuesta por la Corona española en 1617. El pensamiento original de Hernandarias, de quien dimanó la iniciativa, fue la creación de gobierno y obispado aparte en el Guairá. A última hora, por parecer del virrey del Perú, marqués de Montesclaros, se agregó a la nueva Provincia la ciudad de Asunción. Es por esta razón que en la famosa Real Cédula que dispuso la separación de las provincias, las que continuaron bajo la dependencia de Asunción fueron bautizadas con el nombre de Provincia del Guairá. Los Saltos dieron su nombre a la provincia paranaense y luego en 1617 a todo el Paraguay. Estaban en el centro mismo del nuevo distrito territorial. La soberanía española, vale decir, la paraguaya, era indiscutible sobre esa maravilla de la naturaleza y triunfal expresión del poder de Dios.
APARECE CÉSPEDES XERIA
En 1628 apareció en el Guairá un nuevo gobernador del Paraguay, Don Luis de Céspedes Xeria. Llegaba de España y había elegido para trasladarse a Asunción la antigua ruta de Alejo García y de tantos conquistadores. Vino por la vía del Brasil portugués, contraviniendo prohibiciones de la Corona. En San Pablo contrajo matrimonio con doña Victoria de Saa, dama de alcurnia, perteneciente a una principal familia portuguesa. Largo tiempo Céspedes Xeria permaneció en el Guairá y tomó algunas disposiciones que no dejaron de alarmar a los pobladores. Una de ellas consistió en la prohibición de la venta de armas de fuego a los jesuitas y a los indios, “pena de la vida como traidor al Rey Nuestro Señor”. La otra medida fue la clausura del puerto de Mbaracayú y la prohibición a buen número de vecinos del traslado a Asunción. Se susurró que de este modo Céspedes Xeria preparaba la próxima invasión de los “bandeirantes”. Desde Villa Rica envió un emisario a San Pablo con una terminante orden del Rey de España de que cesaran las “malocas” para cautivar indios. Se dijo que el emisario, en realidad, llevaba la misión de guiar, a través de la selva, a los paulistas en su proyectada invasión.
UNA CIUDAD EN LOS SALTOS
Si Céspedes Xeria adoptó aquellas medidas, que tanto dieron para hablar en su contra, también tomó otras que testimonian en su favor. Así, por ejemplo, fundó una ciudad en el emplazamiento del puerto situado al Norte de los Saltos.
La designó con el nombre de Ciudad de Santa Victoria de los Saltos del Guairá. Pero no fue un homenaje anticipado a la futura victoria de los “bandeirantes”, sino como recordación de su esposa que le había acompañado en el viaje.
LOS “BANDEIRANTES”
Es tiempo ya de hablar de los “bandeirantes” hasta ahora suspendidos como una ominosa amenaza sobre la paz del Guairá. En torno del Colegio de San Pablo de Piratininga, fundado por los jesuitas en 1554, los portugueses habían repetido la hazaña de los españoles en Asunción. Se habían unido con los tupíes, de la gran familia guaraní, en poligámicos lazos, y dieron nacimiento a un brioso mestizaje, los famosos “mamelucos”. Pero mientras los “mancebos de la tierra” del Paraguay dedicaron sus ímpetus juveniles a la fundación de ciudades y a empresas de expansión civilizadora, la principal ocupación de los “mamelucos” era la caza de indios, para venderlos en esclavitud a los “fazendeiros” y a los “ingenios” de azúcar. En esa tarea inicua, no tenían compasión ni piedad. Parecidos a los “negreros” que llevaban el espanto al corazón del Africa, asolaban las aldeas y llevaban los cautivos encadenados hasta la costa. Vivían al margen de la ley, sin reconocer la soberanía del rey de Portugal que en repetidas ocasiones condenó sus desmanes. Cuando en 1580 se unieron ambas Coronas y Portugal pasó a depender del Rey de España, este fulminó con anatemas y castigos la acción delincuente de los “mamelucos”, sin que lograra impedirla. Los “bandeirantes” no perseguían fin político. Sólo les interesaban las óptimas ganancias que obtenían con el cruel tráfico humano.
MAÑANA: Los bandeirantes, ¿quiénes eran y qué hicieron? (Segunda parte)
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