Para los que nacimos antes, es decir, en tiempo mejor, no nos es fácil ceder a la forzosa convivencia que trae la nueva comunicación. Hace unos días leí en este diario una carta muy cortita de un lector que se quejaba por la falta de preparación de quienes hoy se han apoderado de los micrófonos de la radio. El enojado lector tenía motivos suficientes para quejarse, ya que hoy son contados los locutores profesionales ocupados. Cualquier improvisado/a se presenta haciendo un programa que no tiene pie ni cabeza. Recuerdo que un muchacho que atendía una caja en un supermercado tenía una voz fenomenal cuando decía con aire bien masculino: “Aquí tiene su vuelto, señora”.
Yo me atreví a decirle: “Parecés un locutor de FM”. A lo que él, entre orgulloso y herido, contestó: “Soy locutor”. Calculo que aquel muchacho seguirá aburrido cobrando tickets, en vez de regalar su hermosa voz a la población del país. En cambio las emisoras desbordan de gallitos que ocupan sus lugares, quienes –empeorando la situación– se atreven a “opinar” sobre la realidad nacional, saliendo de su función y traspasando los límites de su capacidad racional.
Cuando hablamos de la palabra hablada, estamos tocando un punto vital para toda la sociedad. Cuando se recuerda la lectura, todas las autoridades dicen que es muy bueno para los niños (como si los grandes no tuvieran que leer), pero después nadie se preocupa por divulgar la única manera de cambiar el mundo: leyendo con altura, textos de calidad, recitando poesías, pronunciando todas las letras. Me pregunto seriamente qué vamos a hacer con toda la estampida de jóvenes que humillan el idioma con su pésima ortografía, caligrafía nula y papas calientes en la boca cuando hablan. ¿Ellos son los futuros políticos, profesores, comunicadores...?
La mala política que aplican los medios de permitirle cabida a cualquier corneta –adivino que porque sale más barato– es tristemente lo que nos lleva a estar hundidos siempre en la misma fosa.
Si la fórmula para armar un programa de radio ya era mediocre cuando se pasaba música (de mal gusto) y comerciales, ahora la tortura se perfeccionó con los mensajeos huecos que rellenan hasta 3 horas de programación. Nada se vislumbra, ni un esfuerzo por hacer algo bueno e instructivo para la audiencia, salvo quizás excepciones que no cubren los 5 dedos de la mano. Ojalá Radio Nacional realmente sepa utilizar su potencia para llegar con calidad y cultura a todo el país. Las radios privadas no hacen mucho en este sentido, y menos la televisión, semillero de “tinellitos” que gritan horriblemente creyendo que llegan mejor al televidente.
Es verdad que hoy el conductor ya no es aquel ser imperturbable, bajo el rigor del libreto de hace décadas (cosa que también hacían con técnica y estudio), pero eso no significa que se vuelva un insufrible. Y no olvido a los diarios, no podría, quizás porque la palabra mal escrita es la que más me duele.
Para mí, el mejor camino es aprender de los que amaron su idioma y la palabra. Hemingway decía que para escribir bien: “Todo lo que debes hacer es escribir una oración correcta, y de ahí seguir hacia delante”. Lo primero, entonces, es querer ser correctos.
Por más palabrerío que entonamos, somos todavía un país que no aprende a comunicarse. Así se nos pasa la vida, la historia. Ojalá los medios masivos también piensen en un cambio real, para ser la voz de todo un pueblo y no solo del mejor postor.
Lourdes Peralta
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