¿Qué es “ser paraguayo”? La respuesta a esta pregunta es legalmente sencilla, pero socialmente problemática. La “nación” es de por sí una realidad dinámica, cambiante, y a la vez inherentemente polémica. Y en el caso paraguayo, como en parte hemos mostrado en esta serie, ha experimentado una intensa transformación, mucho más profunda de lo que a menudo estamos dispuestos a aceptar.
El artículo 146 de la Constitución Nacional declara que son de nacionalidad paraguaya natural 1) las personas nacidas en el territorio de la República; 2) los hijos de madre o padre paraguayos quienes, hallándose uno o ambos al servicio de la República, nazcan en el extranjero; 3) los hijos de madre o padre nacidos en el extranjero, cuando aquellos se radiquen en la República en forma permanente; y 4) los infantes de padres ignorados recogidos en el territorio de la República.
El artículo 147 agrega que “ningún paraguayo natural será privado de su nacionalidad” y el 148 establece cuatro condiciones para adquirir la ciudadanía por naturalización.
Si nos atuviéramos a estas simples e inequívocas reglas, no deberíamos tener problema alguno para determinar qué es ser paraguayo.
Sin embargo, el mes pasado, por mencionar un ejemplo, en una concentración en la plaza pública del distrito de Yguazú, en el Alto Paraná, oradores de grupos de “sintierras” exigieron a los gritos que los japoneses “¡abandonen estas tierras y se vuelvan a su país!”, tal como cuenta, entre apenado e indignado, Ichiro Fukui, presidente de la Comisión para el Desarrollo de Yguazú.
Fukui es nieto de inmigrantes japoneses, él y sus padres son nacidos en el Paraguay, lo mismo que la mayoría de los 700 pobladores de ese origen en el lugar. Los nacidos en Japón en esa comunidad llegaron al país hace varias décadas, algunos hace más de cuarenta años, desde que se restablecieron las relaciones en 1959.
Una actitud similar se puede percibir hasta hoy con los descendientes de los menonitas de origen alemán que llegaron al Chaco y a algunos asentamientos de la Región Oriental provenientes de Rusia y Canadá, con los hijos y nietos de rusos, polacos y ucranianos en el sur, con los que proceden de Corea, que llegaron a ser decenas de miles, de las numerosas familias sirio-libanesas, sobre todo las que llegaron en tiempos recientes escapando de los conflictos del Medio Oriente, y ni hablar de los “brasiguayos”, que son el grupo más numeroso, en su gran mayoría también proveniente de Alemania e Italia con escala en Brasil.
TRES FACTORES COMUNES
Estos grupos tienen al menos tres denominadores comunes. El primero es que están plenamente establecidos en el Paraguay y que, hoy por hoy, están compuestos por mayoría de paraguayos, definidos así por la Constitución.
Según las distintas estimaciones, hay entre 350 y 500.000 brasiguayos en el Paraguay, entendidos por tales los inmigrantes brasileños que vinieron en una gran ola migratoria principalmente durante los años setenta y sus descendientes que aún conservan rasgos característicos de la cultura de sus padres y abuelos, incluidos el idioma portugués y los métodos productivos.
De ese total, solo el 15 por ciento o menos nació en el Brasil. Ya en el censo de 2002 el número de inmigrantes brasileños se había reducido dramáticamente. La enorme mayoría de los llamados “brasiguayos” son en realidad nacidos “en el territorio de la República”, ciudadanos paraguayos naturales de pleno de derecho.
Pese a ello, y este es el segundo denominador común, todavía hay amplios sectores del resto de la sociedad que no los considera paraguayos. Lo mismo pasa con “los menonitas”, “los coreanos”, “los japoneses” o cualquier otro grupo. Mucha gente los trata como algo distinto al “paraguayo”, no importa lo que diga la Constitución.
El tercer denominador común es que, en el curso de unas cuantas décadas, estos inmigrantes han cambiado por completo la fisonomía de vastas zonas del país, por lo general en la periferia, lugares donde nadie quería ir cuando ellos vinieron y que hoy, de repente, se vuelven valiosos y apetecidos debido al desarrollo que ellos mismos forjaron.
Lo que hemos tratado de mostrar en esta serie es, por un lado, que estas personas forman parte de una nueva nación paraguaya, tal vez algo distinta, pero enriquecida, en relación con la imagen convencional que tenemos de ella. Por el otro, que esta es una realidad innegable e irreversible. No solamente porque los inmigrantes son muy numerosos, fácilmente uno de cada diez, probablemente muchos más, sino porque han hecho aportes decisivos e inocultables y han producido cambios perdurables en el territorio, la cultura y la economía.
Muchas de las crisis que vive hoy el Paraguay son de crecimiento. Como telón de fondo, subyace también una crisis de identidad nacional. Tal vez haya llegado la hora de enfrentarla, redefinirnos como nación, reconocer que el Paraguay es más diverso de lo que pensábamos, que es también una nación de inmigrantes, como lo son la Argentina, el Uruguay, el Brasil. Ojalá tengamos la madurez y la tolerancia para sobrellevar el momento, crecer como sociedad y hacer crecer al Paraguay.
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