Cuando Lazaga se convirtió en el segundo expulsado de Olimpia, toda táctica fue una quimera para aguantar toda la complementaria. Cerro Porteño arrancó, en dicho lapso, con tres en punta para no dejarlo salir desde el fondo a Olimpia. Avalos y Ortiz ratificaron la paternidad.

La chispa que encendió la mecha ya se prendió. Aparecen Almeida, Troglio, jugadores, árbitro, asistentes y policías.
La tremenda irresponsabilidad profesional de Edgar González, primero, y Marco Lazaga, después, desnaturalizó toda la estrategia y el dispositivo táctico que pergeñó Ever Almeida para dotar al equipo de Olimpia de un volumen de juego acorde con las exigencias de un clásico. Esa siembra equivocada le hizo cosechar una nueva derrota cuando el trámite del partido se le mostraba halagüeño.
El empate de Lazaga coincidió con la mejor exposición futbolística franjeada. Pero, en los quince minutos finales de la primera fracción, el curso de la historia cambió radicalmente. Sin Ever, ni Iván Almeida en la cancha, con dos jugadores menos para afrontar la complementaria, la oscuridad se adueñó del futuro inmediato.
Olimpia inició el partido con los cuatro habituales del fondo: Pautasso-Caniza-Caballero-Ciz. Una línea de tres volantes de recuperación: Molinas-Edgar González y Derlis Cardozo. Rodrigo Rojas fue el cuarto volante por derecha y Lazaga con Giménez, los dos punta-punta. Al final terminó jugando con la defensa inalterable, pero una línea media desarticulada. Molinas por derecha, Carlos Humberto Paredes en el centro y Rojas por izquierda. Un delantero: Edison Giménez. En esas circunstancias no hay táctica que valga. Es alma, corazón y vida que esta vez no alcanzó.
¿Por qué tanto detenimiento en analizar tácticamente al equipo que perdió? Sencillo: “En condiciones normales” estaba ganando la pulseada y lo terminó perdiendo por sus propios pecados...
PERDIO EL CONTROL. Cerro Porteño, más allá de un comienzo auspicioso con un gol de vestuario, cuando apenas se llegó al primer cuarto de hora ya se encontraba en franca desventaja con respecto al volumen de juego. Sencillamente porque Olimpia le escamoteó el control y la administración de la pelota. El aporte exiguo de Luis Cáceres como volante por derecha y aun la falta de madurez y firmeza de Celso Ortiz, pese a su talento, jugando por izquierda por fuera, obligaron a un trabajo a destajo de los dos volantes centrales, Villarreal y Brítez. Al trasladar Olimpia el desarrollo del partido en su zona defensiva, César Ramírez y Erwin Avalos quedaron “divorciados” arriba. Con esta realidad llegó el gol del empate franjeado. Después, Edgar González y Marco Lazaga se encargaron de tirarle a Cerro Porteño dos salvavidas para modificar sustancialmente la historia en la segunda parte del cotejo. Con dos hombres más en el arranque de dicho lapso, Troglio sacó a Villarreal, volante de marca, y puso a Pablo Giménez como tercer delantero. La intención era no dejarlo salir a Olimpia desde el fondo. Terminó jugando al pelotazo. El gol de Avalos le devolvió el alma al cuerpo para ganar un clásico atípico.
Benicio Martínez
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