Parece que estamos todos de acuerdo en que la educación sigue teniendo graves problemas y graves deficiencias. Lo que se ha hecho desde 1989, siendo mucho e importante, no es suficiente, ni siquiera para cubrir todas las necesidades básicas de los educandos de todas las edades y del sistema educativo nacional.
A la hora de hacer críticas a la educación y sus resultados, al sistema y a los responsables pasados y presentes de conducirlo y administrarlo, estamos todos listos. A la hora de contribuir para poder superar la educación, las familias no atinan ni a organizarse, la sociedad civil se esfuma, los gremios se ocupan en reivindicar sus derechos, los políticos se dividen defendiendo más sus intereses de partido y sus intereses personales que el bien común de la nación.
¡Por favor!: que los políticos peleen sus intereses en otros escenarios, pero dejen a salvo la educación y no rematen en los niños. Estamos incubando revolución en las entrañas de la radical injusticia.
Es escandaloso que los parlamentarios, sin analizar profundamente el estado de la educación y la apremiante necesidad de multiplicar los fondos del presupuesto, decidan obstruir créditos necesarios para auxiliar la pobreza extrema de nuestro sistema educativo.
Estamos muy lejos de ser autosustentables. No tenemos esperanzas de que con el presupuesto de la Nación podamos llegar muy pronto a dedicar el 15% del producto interno bruto a educación. Si queremos dinamizar la educación, lograr las condiciones mínimas básicas para alcanzar metas razonables en cobertura, en infraestructura, en mobiliario, en materiales didácticos, en profesionalización actualizada de todos los educadores y si queremos reformar la educación media y la educación superior, incluida la universitaria, necesitamos financiación. Y si el equipo económico y los parlamentarios no la encuentran, dejen que vengan ayudas económicas de organismos y países que están dispuestos a colaborar.
Si no se fían de lo que se va a hacer con esos préstamos y esas donaciones, pongan todos los controles necesarios, pero no condenen a la educación al estado de postración. La educación es el espejo del país presente y futuro. Ver el estado de la educación de un país, es ver el estado de todo el país.
Hagamos un pacto. Hagamos por fin la concertación política y social que desde hace años viene proponiendo el Consejo Nacional de Educación y Cultura (CONEC).
Ya en 1990, la Conferencia Mundial sobre “Educación para Todos” en Jontiem decía: “Será necesaria la concertación de acciones nuevas y revitalizadoras a todos los niveles”, mediando concertación entre “organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, el sector privado, las comunidades locales, los grupos religiosos y las familias”.
Diez años después se comprobó que los objetivos propuestos en Jontiem no se alcanzaron. Los ministerios de Educación de América Latina, secundando los acuerdos de Dakar (2000), lanzaron el “Proyecto Regional de Educación para América Latina y el Caribe”, en el que se vuelve a insistir en la corresponsabilidad de todos los actores sociales. Más todavía: en la XVII Conferencia Iberoamericana de Educación se vuelve a repetir la misma decisión de promover mecanismos de concertación sobre las políticas educativas y una estrategia de pactos entre sectores del gobierno y de la sociedad civil, como recuerda el brillante documento y la campaña que Fe y Alegría Internacional ha lanzado recientemente con el título “Compromiso por la educación” (p. 13).
¿Qué esperan los políticos paraguayos para cumplir con los compromisos que solidariamente se han ido firmando hace tanto tiempo y realizar el pacto que otros países ya lograron a favor de la educación?
En todos los países se está llegando a la misma conclusión: los gobiernos solos, con sólo el apoyo del partido político o los movimientos sociales que los llevaron al poder no tienen capacidad para sacar adelante la educación que hoy necesitamos todos los ciudadanos.
¿Por qué tanta resistencia a pactar en favor de la educación? ¿Qué estamos esperando? ¿Queremos ver a la mayoría de nuestros niños y niñas, adolescentes y jóvenes atados en las galeras de la pobreza? ¿A dónde queremos llegar?
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