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PERSPECTIVAS

“Ni los indios ya no quieren”

Desde hace un par de semanas, el tema indígena ha copado nuevamente los espacios en la prensa. ¿El motivo? El mismo: reclamar su derecho a la tierra y a una vida digna. Estas exigencias tomaron formas diversas desde una ocupación en la Plaza Italia, hasta una manifestación en las inmediaciones de Mburuvicha Róga. La consecuencia de esta última fue una brutal represión policial con festival de heridos y contusos que fueron a dar a Emergencias Médicas. Paradójicamente, tiempo atrás, el presidente Lugo había llorado por los indígenas y prometido que vivirían prácticamente en el paraíso. Al ver cómo quedaron estas personas luego de la “repre” una se pregunta si era esa la forma más rápida con la cual Lugo enviaría a los indígenas directo al paraíso.


Pero ese no es tanto el tema. Lo que verdaderamente me llamó la atención fue que el lamentable espectáculo no tuvo tanta cobertura como el hecho de que en momentos previos se haya visto a algunos nativos portando cámaras digitales, filmadoras y teléfonos celulares de última generación. Cual atractivos de circo, los chicos indígenas eran fotografiados y entrevistados por cuanto medio pasaba enfrente. ¿Por qué tanta alharaca? ¿Acaso ellos no son dignos de la tecnología? ¿No son personas? ¿Su condición indígena los pone en una categoría de infradotados o subnormales? La respuesta es no. Estos chicos se formaron en comunicación escrita y audiovisual gracias a un programa que contó con el apoyo de la Agencia de Cooperación Internacional y Desarrollo (AECID). El esquema apuntaba a que líderes de las comunidades y jóvenes pudieran hacer visible su cultura ancestral vía medios modernos.

El hermano menor

Ciertamente, todo este embrollo me trajo a la memoria un reciente encuentro periodístico organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en Santa Marta, Colombia. Uno de los que más llamó la atención entonces fue Amado Villafañe, un nativo arhuaco de la Sierra Nevada, periodista de una revista indígena. Este señor nos mostró qué se siente cuando te observan como bicho raro. Ataviado con su traje típico (de blanco inmaculado que representa a la nieve), sacó de su rústica bolsa de tela su cámara digital profesional de 15 mil dólares y comenzó a tomarnos fotografías desde todos los ángulos. ¿El motivo? Quería mostrarles a los de su comunidad “cómo era y cómo lucía el hermano menor y cómo eran sus costumbres”. ¿Hermano menor? Sí, esos éramos nosotros, los hermanos menores que un día osamos invadir su territorio, explotarlo, “civilizarlo” a fuerza de garrotazos y muerte. En un momento hasta se le dio por mirarnos por encima de los hombros. Tal vez lo hacía a propósito, tal vez no. Pero de que tenía efecto sobre el grupo, vaya que lo tenía. Algunos, cuidaban hasta el más mínimo gesto.

La experiencia de Villafañe, como la de nuestros “indígenas tecnológicos” son solo muestras para recordarnos que todos somos iguales (o deberíamos serlo) con los mismos derechos y capacidades. Pero, por otro lado, es más que evidente que el problema de los indígenas requiere una solución integral y compleja. Solo así podrán lograr mantener su cultura y, de cierta manera, integrarse a la sociedad de sus “hermanos menores”, que como tales lo único que sabemos hacer es armar “berrinches”.
Y esto último “ni los indios ya no quieren”.


mescurra@abc.com.py


Marta Escurra

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07/12/2008 00:00:00