Aquel sketch de Tinelli llamado “El peor viaje de tu vida” fue exitoso porque teatralizaba escenas de la vida real. También nosotros, cuando viajamos en ómnibus de larga distancia nos convertimos en “la víctima”. Permítanme empezar por ese demonio minúsculo que vino a ser la competencia más absurda del pacífico libro que anteriormente la gente llevaba en su bolso de mano. Durante toda la jornada, suena un celular, suena otro, y oís decir: “Sí, ya estoy saliendo de Asunción”, “No, todavía no salí”, “Decile a mengana que me llame”, “Te llamo cuando llegue”, “Te llamo para preguntarte por qué no me llamaste”. Y para rematar: “No te escucho nada”. Clarísima comunicación.
Yo creo que, así como se logró prohibir el tabaco, deberían prohibirse los celulares, esos “bla bla bla” tan molestos como moscas dentro del ómnibus.
Luego vienen las películas a bordo y a todo volumen (quieras verlas o no). Nada nuevo, las yanquis; comedias de humor mediocre o las de balaceras y espionaje. Una vez le pedí al chofer que pusiera algo que diera más gusto. El resultado fue espantoso: 1 hora de video de un cantor paraguayo empalagoso, acompañado por “folclóricos” órgano y guitarra eléctrica. Al rato pasó el chofer y me preguntó: “¿Y?, ¿qué tal? Allá tengo el concierto de Bronco en Paraguay”. Sospecho que la colección de videos y música de las empresas se arma a base de burdos trueques con vendedores. Por eso la diversión que ofrecen es, literalmente, una tortura.
Y de parte de la gente apenas hay conciencia de convivencia. Mujeres que se levantan 50 veces para ir al baño; contrabandistas que copan todo con sus bolsos; hombres que roncan como cerdos. Y, admítanme esta postal romántica: perfiles de cucarachitas que caminan a la noche por la colina del asiento de enfrente (esto es por la basura que dejan los pasajeros y porque la empresa no fumiga en forma sus unidades).
De todo el combatido viaje, lo que más preocupa es el kaigüetismo del consumidor paraguayo para emitir una queja formalmente. Esos ómnibus enormes no significan modernidad alguna si no incluyen choferes educados y prudentes, higiene y atención. ¿Por qué no hablan de los cinturones de seguridad o cómo salir del bus en caso de un accidente?
Los paraguayos tenemos que ensayar hasta perfeccionar el reclamo, la queja, algo tan ausente en nuestra idiosincrasia. Cuando denunciamos, ejercemos una justa y necesaria presión para conseguir que los fajos de dinero que ganan los empresarios los inviertan en nuestra seguridad. Basta de pensar que los accidentes con saldo trágico son “cosa del destino” o “castigos de Dios”. En todo caso, derechito al infierno nos vamos a ir por someternos a la especulación, pagando cualquier precio por un lugar y callarnos acerca de un servicio deficiente que, más tarde, puede matar a otras personas.
Es cierto que no podemos saber si revisaron los frenos o si el chofer está descansado, lúcido y gana lo que merece por un trabajo de riesgo, pero sí podemos denunciar, sobre todo la excesiva velocidad, la incomodidad sufrida o las mentiras que nos dijeron a la hora de vendernos el boleto.
No importa en qué clase viajemos. Todos, sin excepción, merecemos el mismo respeto y buen trato. Que un mal viaje no acabe con un chistecito al chofer al llegar a destino; hay que quejarse con los dueños y hacer un seguimiento de la denuncia. Aprendamos a hablar, a corregir los abusos. Es hora de empezar a preguntarnos qué significa pensar de otra manera, y dejar de culpar a otros por nuestra inacción.
Lourdes Peralta
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