Un día como hoy, un 21 de diciembre, pero de 1868, hace 140 años, empezaba en el Guarnipitán, la batalla que selló la suerte paraguaya durante la Guerra de la Triple Alianza. Fue la batalla decisiva, la que aniquiló a las fuerzas paraguayas, que, a partir de allí, no fueron más que un desfile de espectros, recorriendo la geografía patria en una diagonal de sufrimiento y sangre hasta su holocausto final, en el Aquidabaniguí, poco más de un año después.

El obelisco conmemorativo de la batalla de Itá Ybaté, antes de que fuera rapiñado por vándalos ingratos.
Hoy, aquellos gloriosos campos
de batalla, donde se enfrentaron los ejércitos de la Argentina, el Uruguay y el Brasil contra el del Paraguay,
presentan un bucólico paisaje, que no da
lugar a pensar que fueron escenario de
una de las más dramáticas gestas del suelo americano.
Una colina -Itá Ybaté-, que es un otero na-
tural, desde la cual, mirando hacia el oeste,
se divisan los campos de Guarnipitán (de
guara pytã ‘territorio rojizo’, por el matiz que le dan los pastizales y pajonales autóc-
tonos), parte del río epónimo, la zona del arroyo Pikysyry, de heroicas resonancias;
los montes circundantes a la Angostura...
En fi n, el escenario de la sangrienta batalla de siete días registrada entre el 21 y el 28 de diciembre de 1868.
En el lado opuesto, se puede divisar las
cordilleras, donde se refugiaron los restos
agonizantes del Ejército nacional, luego de
una marcha forzada no exenta de penu-
rias, cruzando el extenso valle de Pirayú.
La batalla de Itá Ybaté
Los días previos a aquellas aciagas jorna-
das, luego de la sangrienta resistencia en Ytororõ, los aliados se dirigieron a Villeta,
pero antes tuvieron que vencer la resistencia paraguaya en el paso del arroyo Avay, el 11 de diciembre. El objetivo principal de las fuerzas aliadas era la posición paraguaya
de Itá Ybaté, donde el mariscal Francisco
Solano López había ubicado su cuartel general.
Para atacar las posiciones de López, primero
debían anular el poder de fuego de la batería de Angostura, para no ser hostilizado
del lado de su retaguardia.
El 21 de diciembre, el enemigo, comandado
por el marqués de Caxías, avanzó desde Villeta hasta Cumbarity, donde descansó y se dedicó a reconocer el escenario. Desde
aquí envió una división de caballería, reforzada con dos brigadas de infantería para acometer contra las fuerzas paraguayas
de Pikysyry, que había sido fortificado en la espera del enemigo desde el sur.
Efectivamente, valido de su superioridad numérica (si bien afectadas por las bajas de las batallas del 6 y del 11 de diciembre), Caxías decidió acometer simultáneamente
sobre Itá Ybaté y Pikysyry.
A las tres de la tarde empezó el ataque combinado: Un frente avanzó sobre el Pikysyry y el otro sobre Itá Ybaté. Las fuerzas brasileñas, luego de reñido combate,
tomaron Pikysyry, ocupándola totalmente ya en horas de la noche, lo que permitió que las fuerzas brasileñas ubicadas al sur del arroyo consiguieran transponerlas, uniéndose al grueso que atacaba Itá Ybaté, comandadas por el marqués de Caxías. Estas, así, quedaron reforzadas por la brigada del coronel Silva
Paranhos, de la artillería, de un regimiento
de caballería argentino y de una división uruguaya.
La suerte echada
En Itá Ybaté, por primera vez, el propio López tuvo que comandar la batalla, aun bajo el riesgo de ser herido o muerto. La resistencia paraguaya en Itá Ybaté, tal vez exagerando un poco, puede considerar hasta numantina. Se luchó por la misma existencia de la patria.
No solo el enemigo estaba en contra de los paraguayos. Pecando de sacrílego, hay un dicho que sentencia que Dios siempre está del lado de los buenos, pero muchas veces opta por los más numerosos. Ese fue el caso de Itá Ybaté... ¡Hasta Dios estaba
en contra de los paraguayos!
Una reina francesa expresó alguna vez: “Después de mí, el diluvio”. Eso mismo ocurrió aquel diciembre de 1868: Después
del Paraguay, el diluvio. Desde aquel día empezó una torrencial lluvia que duró varios días y que se sumó a las calamidades
sufridas por el pueblo paraguayo en armas.
Aun así, aquel 21 de diciembre, mucho esfuerzo les costó a los atacantes llegar a las primeras líneas de paraguayas y mantenerse
en esas posiciones.
Los otros días siguieron con diversas acciones
y en la víspera de Navidad de 1868, los comandantes en Jefe aliados reunidos decidieron intimar rendición a López, a la que éste se negó rotundamente a través de una elocuente misiva.
Luego de recibir la negativa de rendición, al día siguiente, los aliados nuevamente arremetieron contra las posiciones paraguayas,
causándole numerosas bajas.
El día 27, el marqués de Caxías, después de articular sus fuerzas en tres columnas, ordenó el ataque general con buen apoyo de la artillería. La acción, para desgracia de los paraguayos, que peleaban heroicamente,
pero en condiciones muy negativas
(menor cantidad de combatientes y armamento obsoleto), fue fulminante. Los aliados conquistaron Itá Ybaté, por lo que López, aniquilado su ejército, tuvo que refugiarse
en el campamento Cerro León.
Homenaje a los caídos
Hace pocos años, durante una visita acompañando un grupo de estudiantes de un colegio sanlorenzano, nos cupo la ocasión de encontrarnos en Ytororõ con un grupo de oficiales de alta graduación del Ejército brasileño que estaban visitando
los sitios donde peleó el ejército de su país. En dicha oportunidad, encontramos a un oficial paraguayo, quien nos comentó
que era ¡la primera vez que visitaba Ytororõ!
Triste fue la impresión que nos causó aquella confidencia: un oficial del Ejército paraguayo que ¡nunca antes había estado en Ytororõ! Curupayty o Cerro Corá, se disculpa, pues están a centenares de kilómetros,
pero... Ytororõ. A veinte kilómetros
de la capital del país. Realmente es una vergüenza.
El conocimiento de esos sitios debería ser asignatura obligada en la formación de un oficial del Ejército paraguayo. No nos extraña
pues que hoy, a menos de siglo y medio de esas epopeyas, nuestros compatriotas
quieran cubrir con basura la memoria
de nuestros mártires... no se ama lo que no se conoce. Lástima.
El campamento de López

Hoy, a 140 años de aquellos duros momentos que les tocó vivir a nuestros compatriotas, esos ondulados campos, regados por mansos arroyuelos y con bucólico paisaje, no dejan imaginar el drama que allí tuvo lugar aquel aciago mes de diciembre de 1868. En esa comarca, los paraguayos de esa época dieron acabadas muestras de su acendrado patriotismo, enfrentándose a fuerzas guerreras muy superiores en número, armamentos y recursos. El precio pagado fue su sangre derramada en un triángulo dramático cuyos vértices son el Pikysyry, Ytororõ e Itá Ybaté.
El campamento del mariscal López, según testimonios del diplomático norteamericano Martin McMahon, constaba de casas “techadas con paja del país y estaban dispuestos a los tres lados de una plaza cuadrada, de un área poco mayor de un acre. La puerta de todas las piezas se abrían hacia el interior de las casas y los aleros del techo formaban de ese lado un corredor que se extendía a lo largo de todas ellas. El lado principal más próximo al río estaba ocupado por el Presidente. Un extremo del edificio principal se había dejado sin paredes laterales formando una especie de tinglado abierto, que parecía servir de despacho militar, casino comedor y observatorio. Bajo este galpón se hallaban tres grandes telescopios colocados sobre trípodes, por medio de los cuales, de la mañana a la noche, los ayudantes observaban constantemente el movimiento del enemigo e informaban cada tanto al Presidente, quien generalmente se sentaba al extremo de una gran mesa en el fondo del galpón o tinglado, para recibir los partes y atender los despachos de los asuntos del día”.
Prólogo infausto

Marqués de Caxías, comandante en Jefe de los ejércitos aliados y Mariscal López, comandante en Jefe del Ejército paraguayo.
Cuando los aliados se estaban aprontando para el ataque a las posiciones paraguayas aquel 21 de diciembre de 1868, en el paraje hoy conocido como Guazú Corá, fue llevado a cabo el fusilamiento de varias personalidades, acusadas de conspiración contra el Gobierno. Entre ellos se encontraban el obispo Manuel Antonio Palacios, el ex canciller José Berges, el general Vicente Barrios, el deán de la catedral de Asunción, Eugenio Bogado, el sacerdote Juan Bautista Zalduondo, el coronel Paulino Alén Benítez, el capitán Simón Fidanza, don Benigno López, hermano del mariscal; las señoras Dolores Recalde, Mercedes de Jesús Eguzquiza y Juliana Ynsfrán de Martínez, ésta por ser esposa del coronel Francisco Martínez, quien, luego de titánica resistencia, se vio obligado a claudicar la defensa de la fortaleza de Humaitá. También fue ejecutado el vicecóncul portugués José Leite Pereira.
La loma de los valientes

Escena que reproduce el ataque aliado al campamento paraguayo de Itá Ybaté.
“La loma o altura en la que se hallaba establecido el Cuartel General era el centro de la posición paraguaya. Estaba atrincherado por tres lados a una distancia aproximada de media milla. La pendiente a partir de las trincheras era algo arbolada, pero del otro lado del pequeño valle que separaba a los beligerantes, había tierras altas y un campo abierto, conocido como Lomas Valentinas. Sobre ellas se apostaba la artillería aliada, que mantenía durante todo el día un fuego constante pero mal dirigido”.
Un relato de la batalla cuenta que “aunque el Cuartel General comenzó a llenarse de heridos, nadie abandonaba las líneas, salvo aquellos a quienes en ese momento la gravedad de sus heridas les imposibilitaba o les incapacitaba para regresar al combate. Se veían niños de escasos años arrastrarse a retaguardia con sus miembros destrozados o con espantosas heridas de bala en sus pequeños y semidesnudos cuerpos. No se quejaban ni lloraban, no pedían ayuda ni la presencia de un médico. Cuando sentían próxima la llegada de la muerte se echaban para morir, tan silenciosamente como habían sufrido”.
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