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DEL LIBRO LOS DERECHOS DEL PARAGUAY SOBRE LOS SALTOS DEL GUAIRA DE EFRAíM CARDOZO

Diez puntos para la defensa de los Saltos del Guairá. Texto de una conferencia que no pudo ser pronunciada


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Dr. José Falcón

UN GRAN PAÍS

Tenemos frente a nosotros a un país grande, uno de los más grandes del mundo, no solo por su poderío material, que las vicisitudes de su actual azarosa vida política apenas si afectan como por las virtudes de su pueblo y de sus clases directoras. El Brasil ha llegado a ocupar un lugar de realce en el mundo contemporáneo precisamente por la alta calidad de sus dirigentes, sobre todo en las capas diplomáticas. No es exageración decir que los verdaderos constructores de la grandeza geográfica del Brasil fueron sus diplomáticos. No con ejércitos ni derramamientos de sangre (el caso de la Guerra de la Triple fue una excepción), sino con despliegues de inteligencia y energía, constancia y habilidad el Brasil independiente, gracias a su diplomacia, ensanchó sus fronteras a todo lo largo de su ya inmenso territorio, como ya lo había hecho el Brasil portugués, también merced a sus famosos diplomáticos.

Se dice que el célebre barón de Río Branco, hijo del no menos ilustre vizconde de Río Branco, y como él extraordinario experto en cuestiones de límites, solía mostrar en su despacho de Itamaratí un gran mapa donde constaban con resaltantes colores todos los territorios ganados por la diplomacia sin necesidad de disparar un tiro de fusil. Y todos los manuales de historia repiten que el Brasil nunca perdió una cuestión de límites, de las innumerables que mantuvo con todos y cada uno de sus vecinos.

Pues bien, nosotros los paraguayos tenemos que ofrecerles a los brasileños la oportunidad de confirmar esa regla, en el sentido de que no hay regla sin excepción. Hagamos que en el caso de los Saltos del Guairá se produzca la única excepción en la larga serie de victorias diplomáticas en sus cuestiones de límites. Si el Brasil siempre, o casi siempre, ha triunfado sin hacer uso de la fuerza, y ya que a nosotros no nos cabe, ni lo deseamos aunque lo pudiéramos como lo pudimos en 1864, apelar al supremo recurso, entonces hagamos lo que ellos tan sabiamente han realizado para lograr pacíficamente sus objetivos: usar al máximo la inteligencia, que de nuestra parte no estará al servicio de sofisticaciones sino de una causa justa.

Para el efecto señalemos metas previas, tracemos un plan, metodicemos nuestra defensa, unifiquemos criterios. Y sobre todo, coloquémonos psicológicamente en posición favorable. He aquí algunas de las reglas que yo me atrevo a sugerir a la juventud universitaria y que buscan expresar el modo de pensar de todos, o de casi todos, el estado de opinión pública fácilmente palpable por poco que se escarbe la conciencia nacional.

LAS DIEZ BASES

Dr. Eusebio Ayala

1º. Conocer a fondo nuestros derechos y exponerlos sagazmente. Los dos Río Branco, y todos los diplomáticos brasileños en general, han dedicado su vida al estudio de la historia, de la geografía y del derecho internacional para fundamentar los alegatos de su país. No solo fueron expertos diplomáticos, hábiles negociadores, sino también maestros en los temas que debían barajar con los diplomáticos hispanoamericanos. Sabido es que desde siempre y hasta ahora Itamaratí ha sido academia de formación de sabios peritos. Un alegato salido de sus hornos, pequeño o grande, es siempre una obra maestra, que demuestra dominio de la materia, del lenguaje y de la técnica de la discusión. ¿Por qué no sería lo mismo entre nosotros? No hay ningún motivo para suponer que la tradición de José Berges, José Falcón, Benjamín Aceval, Manuel Gondra, Manuel Domínguez, Fulgencio R. Moreno, Gerónimo Zubizarreta y Eusebio Ayala no tenga continuación en nuestros días, o que no pueda tenerla.

2º. Alentar plena confianza en el resultado victorioso de la contienda diplomática. El pesimismo de entrada, aquel que teme que nada haya que hacer frente a un país tan poderoso que jamás ha cedido en ninguna de sus cuestiones de límites, de todas las cuales ha salido victorioso, ese pesimismo deletéreo está en desacuerdo con las modalidades de nuestra raza, a la cual nunca han anonadado las desigualdades de fuerzas y que no se siente inferior en espíritu a nadie. Pensar siempre que no hay motivo para claudicar ante el Brasil y que nuestro derecho ha de triunfar, tarde o temprano, es lo que mejor condice con el ser nacional.

3º. Tener fe en el derecho y en la justicia, como fuerzas invencibles en el ordenamiento de las naciones. Hay en nuestra capital un hermoso monumento en la Plaza Independencia. Fue erigido por los estudiantes en loor de los héroes de la Patria. El bronce representa al Derecho venciendo a la fuerza. Que sea ese el símbolo del pensamiento y de la voluntad nacional en la actual emergencia. El pesimismo sobre la virtualidad del derecho no condice con el estado actual del mundo, de plena igualdad entre las naciones, y con arbitrios jurídicos para la solución de los diferendos, en que es solo el derecho y no el poder y la fuerza el único argumento válido.

4º. Abrigar fe en la invencibilidad de las fuerzas morales. Que no anide en nuestros espíritus ese sucio materialismo que en todas partes proclama la inanidad de los factores imponderables o que dice que el derecho no es sino la razón del más fuerte.

5º. Desechar el temor de que una actitud firme en la defensa de nuestros derechos nos enajene la amistad del Brasil. La amistad con el gran pueblo brasileño, tan cara al pueblo paraguayo, no tiene por qué sufrir eclipses. Ningún país del mundo debe molestarse porque otro no quiera abdicar sus derechos y se empeñe en sustentarlos con energía y corrección.

6º. Desechar el temor de que nuestra firmeza ponga en peligro la necesaria unidad continental. No se atenta contra la confraternidad americana lidiando por la intangibilidad de la soberanía. Contrariamente, se la solidifica ya que el respeto de las soberanías es, según las fórmulas del Pacto de la OEA, las declaraciones de Río de Janeiro, Bogotá y Punta del Este, basamento fundamental de la comunidad hemisférica.

Dr. Benjamín Aceval

7º. Confiar básicamente en el patriotismo de todos los paraguayos. No admitir la posibilidad de que haya nacido alguna vez en el Paraguay quien no ponga en la defensa de la soberanía el mismo fervor, el mismo denuedo y hasta el mismo fanatismo que los grandes de nuestra Historia. Pero no cerrar los ojos.

8º. Ofrecer a los voceros oficiales de nuestros derechos, cuando ellos sean sostenidos con la firmeza, la energía y la constancia que exige el patriotismo, total apoyo y adhesión, cualesquiera sean las diferencias políticas.

9º. Reclamar la más amplia difusión de las negociaciones ya que no existe razón para el sigilo y el secreto, tratándose de derechos e intereses fundamentales que afectan a toda la Nación.

ARRIAR LAS BANDERAS DE COLOR

Y por último, y sobre todas las cosas: 10º. Arriar las banderas partidistas y enarbolar una sola: la de la patria. Nunca como ahora es imperiosa la máxima: la unión hace la fuerza. Cesen los motivos de discordia insuperables, para que todos los paraguayos, libremente, podamos poner el hombro a la obra sacrosanta de la defensa de la heredad nacional. Restablézcase la vieja hermandad paraguaya, aquella que permitió sobrellevar las duras pruebas de nuestra historia, y que ahora, en esta nueva, no la menos grave de todas, hará que enlacemos los brazos, y marchemos, corazón con corazón, ni liberales, ni colorados, ni febreristas, ni demócratas cristianos, sino solamente y nada menos paraguayos, al rescate, con las armas de la inteligencia y de la voluntad, de ese inmenso don con que Dios nos ofrendó cuando surgimos como nación y que son los Saltos del Guairá. ¡Ellos deben seguir siendo paraguayos! ¡Cuatro siglos de historia así lo proclaman!

MAÑANA: Cabos sueltos en las fronteras con el Brasil: El caso del arroyo Estrella.(Apéndice)


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26/12/2008 00:00:00