Porque esta vez ya no sucederá lo que ocurrió en las dos máximas crisis que llevaron en 1864 y en 1932 al campo de batalla para buscar las definiciones resolutivas. No porque no estemos hoy en condiciones de arrancarlas por el camino de las armas, sino porque no es ese el deseo de uno y otro país, y el perfeccionamiento de las instituciones preservadoras de la paz, sobre todo en nuestro continente, no deja ahora el menor resquicio por donde pudiera, por tercera vez en nuestra tierra, introducirse el espectro fatídico de la guerra. Y no me refiero para nada a la gran desigualdad de poder como disuasivo de todo conflicto bélico, por ser factor que nunca detuvo al Paraguay en la defensa extrema de sus derechos, sino al hecho de que la humanidad ha llegado, en el orden americano por su vigoroso sistema jurídico y en el orden mundial por el tremendo equilibrio del terror nuclear, al ocaso de las guerras, la más extraordinaria aportación de los tiempos modernos a la historia de la humanidad. Hoy una guerra internacional en el mundo y sobre todo en América es un absurdo.
Si la guerra debe ser descartada y si de todos modos los litigios han de ser resueltos, entonces emerge, con mayor fuerza que nunca, la importancia de la lidia jurídica, donde podremos imponer nuestros derechos. Pero no está solo allí la gravidez del momento histórico: esta grave cuestión de los Saltos del Guairá, por todo lo que entraña, por sus modalidades, representa para el Paraguay la gran coyuntura en siglos de historia para alcanzar el máximo de su estatura y ganar en el orbe el lugar de realce que legítimamente le corresponde.
LLEGADA ES LA HORA
El mundo nos conoce como pueblo heroico. Liga nuestro nombre a las dos epopeyas. Poco sabe de lo que hemos sido y podemos ser en los estadios de la inteligencia. Llegada es la hora de mostrar que si sabemos pelear en los campos de batalla, también sabemos hacerlo en las justas de la sabiduría. Es este un desafío a la cordura paraguaya, a la misma cordura que ha sabido sortear tantos obstáculos en el pasado y que esta vez no tendrá necesidad de armar el brazo para enfrentar al contendor, porque puede hacer uso de la misma arma con que éste ha podido vencer en todos los litigios análogos con los otros países del continente: la inteligencia, el arma secreta de nuestra patria.
Esa inteligencia no es privilegio de un círculo por conspicuo que sea, esté dentro o fuera de los organismos oficiales, ni mucho menos de este núcleo de paraguayos a quienes hoy dispensáis vuestra voz de aliento -Dios nos libre de semejante presunción-: es privilegio de nuestra nacionalidad entera, de esta colectividad que siempre ha sabido movilizar las fuerzas imponderables para afrontar las graves pruebas de su historia. Es una inteligencia colectiva, legado transmitido de padres a hijos, característica maravillosa de nuestra raza, a la cual, más que a la fuerza de sus músculos, debe el Paraguay su supervivencia en la historia. Hoy el destino le exige su mayor, su máximo esfuerzo.
Y esa inteligencia no dará de sí lo que puede si no se despliega comunitariamente. Ha sido en el pasado y debe ser en el presente fruto de fuerte cohesión espiritual y del aporte de cuantos, y son legión, pueden y están dispuestos a luchar por los derechos de la patria, no con cañones ni ametralladoras, sino con razones y con documentos, con energía y con prudencia, con audacia y con imaginación, con conocimientos y con intuición, vale decir con armas extraídas del arsenal del espíritu. Requiere esa lucha mancomunión general, el olvido de las rencillas partidarias, la aglutinación de todas las voluntades, la formación de un sólido frente nacional.
Esa unificación nacional es indispensable, no porque nos hallemos abocados a la perspectiva de dirimir supremacías de fuerzas, como en 1864 y 1932, sino por la magnitud del problema y por la calidad de nuestro antagonista. Que no es el Brasil, no es su pueblo, ni siquiera su gobierno, sino lo que ese país tiene de más permanente y cohesionado, la columna vertebral de su historia, el instrumento secular de su extraordinaria expansión geográfica y política: Itamaratí. Este problema, como todos los que han surgido en el curso de la historia luso-brasileña y que han llevado al Brasil, desde su rincón de la Línea de Tordesillas hasta su actual enorme posición en el mapa, es creación típica de esa universidad del talento diplomático, de la sagacidad política, de la habilidad y de la astucia, que es Itamaratí. Vale más que cien ejércitos y, desde luego, ha ganado más batallas que todos los generales del Reino del Portugal y de su sucesor el Imperio del Brasil.
Ante semejante adversario no podemos cometer el error de la dispersión. Sin necesidad de pactos, como en 1932 que no los hubo, todos los sectores de opinión, todas las entidades que representan cualquier matiz del pensamiento o del quehacer nacional, deben conjuncionar los espíritus para dedicar a la causa de la patria todos sus caudales, pequeños o grandes, de inteligencia y de voluntad. “La unión hace la fuerza”, dice el viejo adagio.
NUESTRO ITAMARATÍ ESTÁ EN EL PUEBLO
Ese movimiento de solidaridad nacional, de cooperación de patriotismos, de aunamiento de inquietudes, se ha producido espontáneamente, de un rincón al otro de la República, y ha dado sus primeros magníficos frutos: nuestro contendor sabe ahora que existe plena conciencia de nuestros derechos y una nación entera dispuesta a sustentarlos. Nuestro Itamaratí es el pueblo, no está encerrado dentro de impenetrables muros donde vela el sigilo y reina el misterio, sino que se expande por todo el organismo nacional, en todas las clases sociales, en todos los partidos políticos, allí donde aliente un espíritu patriótico, allí donde palpite el pueblo paraguayo, la sustancia eterna de nuestra historia.

De ese pueblo, despierto y diligente, inmerso en sabiduría secular, que sabe leer las estrellas y tiene sus pies firmes en la tierra, nosotros los hombres que estudiamos y voceamos los títulos paraguayos sobre los Saltos del Guairá, hemos recibido el mandato y la inspiración. Apenas si somos o hemos tratado de ser sus intérpretes.
Como lo fueron quienes en el pasado tradujeron en palabras y en hechos la voluntad paraguaya de preservar las bases físicas y espirituales de la nacionalidad, defendiendo con la pluma o la palabra sus derechos territoriales. Y entre tantos adalides históricos de esos derechos, quiero conjurar en este momento la memoria de dos gigantes de la diplomacia paraguaya, bravos luchadores con el mismo antagonista de hoy: el Capitán Félix de Azara y Don José Berges. Para ellos la gratitud nacional no debe extinguirse nunca y en sus aras deposito los lauros que esta congregación, con tanta benevolencia, ha puesto en mis manos.
Como tampoco podemos olvidar a tantos ilustres adalides de nuestros derechos territoriales: José Falcón, José del Rosario Miranda, Benjamín Aceval, Alejandro Audibert, Blas Garay, Juan Crisóstomo Centurión, Cecilio Báez, Juan León Mallorquín, Manuel Domínguez, Fulgencio R. Moreno, Juan Manuel Sosa Escalada, Higinio Arbo, Juan José Soler, César A. Vasconsellos, Elías Ayala, etc., y sobre todo los excelsos nombres de Manuel Gondra, Eusebio Ayala y Gerónimo Zubizarreta.
Y ha de permitírseme también rendir otros homenajes en esta propicia ocasión: a Don Modesto Guggiari, el primer paraguayo que denunció el peligro que hoy nos agita como lo hizo en el Senado de la República en 1929, y al Mayor Ingeniero Emilio Meza Guerrero, que en la Comisión Demarcadora de Límites es digno continuador de la tradición de Félix de Azara. Aunque no han publicado sus estudios sobre este problema, tienen por sus trabajos, su saber y su patriotismo tanto o más derecho que nosotros a ocupar este estrado de honor.
Señores: Muchas gracias.
(13-XI-1964)
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