Una nota de la compañera de Ultima Hora, Silvana Molinas, nos cuenta que las empresas de Tranquilo Favero, que tenían habilitación en el Chaco para deforestar 6.300 hectáreas, avanzaron sobre unas 17.978 y que por este motivo le han quitado la habilitación ambiental. También nos cuenta, por boca del ministro de la Secretaría de Ambiente, José Luis Casaccia, que la pena máxima establecida por este delito es de 1.500 jornales mínimos, unos 67 millones de guaraníes.
En la redada policial judicial contra los campesinos que se manifestaron en el 2004 y en el 2005, donde quedaron atrapadas a procesos unas 2.000 personas, en muchos casos la fianza exigida por la “justicia” para recuperar libertad ambulatoria era de 50 millones de guaraníes.
En una buena mayoría de los casos, los campesinos procesados por varias manifestaciones, cortes de ruta de por medio, en busca de la reforma agraria, no tienen casas ni terrenos, son menores de edad e indocumentados.
Tranquilo Favero, según ha asumido él mismo en otra entrevista, tiene un millón de hectáreas en nuestro país a través de distintas sociedades anónimas. Hay gente que asume que él es un testaferro de varios popes políticos.
A Tranquilo Favero, el zar de la soja, la deforestación le significó ganancias por vía doble: por un lado, el comercio de la madera y, por el otro, el negocio de los granos.
Se echa todo lo que hay, se envía la madera preferentemente a Brasil para su procesamiento y luego se riega el mapa de granos transgénicos, con semillas importadas de Monsanto, y se fumiga con el veneno rondaup desde avionetas, contaminándose el sistema hídrico y a las familias campesinas que osaren mantenerse en las cercanías de los sojales.
Si se lograra cobrarle algo por matar la naturaleza, Tranquilo Favero tendría que pagar como multa máxima 67 millones de guaraníes.
Miserable.
Unos años atrás, la familia Talavera, en Pirapey, Itapúa, fue fumigada por otro empresario de la soja, de origen alemán. Murió Silvino, un chico de 11 años. Una de las hermanas de Silvino, de 17 años, tuvo un hijito que nació con hidrocefalia.
La máxima condena que se le pudo sacar a la “justicia” es de 2 años. La madre, Petrona, lucha, persiste, no se queda atrás, en ese reclamo de justicia. Ahora la familia quiere ir contra la matriz trasnacional de las semillas y los venenos, la Monsanto.
Ese es el cuadro país. Ese es el escenario de lucha en el campo, donde en 40 años se ha devastado más del 70% de los bosques para instalarse un sistema de explotación de la tierra que denigra a nuestra gente, arrinconando a nuestros pueblos a la miseria, mientras que se nos presentan a las máquinas y los desmontes sin fin como símbolos del progreso.
Al servicio de ese modelo de acumulación y explotación se ha constituido el Estado que tenemos. Es ese Estado miserable al que ahora se intenta por todos los medios defender desde los grandes intereses latifundistas. Es un Estado con una mirada clasista por donde se lo mire y como tal construye una justicia también clasista, prepotente con el débil, el humilde; cobarde y gatoparda con los poderosos.
El cambio que todos decimos querer no se trata de buenas o malas intenciones y voluntades. Se trata, en definitiva, de superar las bases íntimas de este Estado que oprime por acumulación depredadora, manteniéndonos atados a una sociedad de carácter semifeudal con miseria moderna.
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