¿Oyó que en Italia las organizaciones de la salud quieren prohibir, por ley, que las menores de edad se implanten siliconas en los senos?
En nuestros países sudamericanos también coquetea la idea entre las chicas de llevar pechos enormes, erguidos y plásticos como muestra de capacidad económica y sensualidad. Y supongo que el tema, en la tierra de Dante, desbordó a tal punto que la sociedad, no sé si preocupada por la cosificación de las ragazzinas, pero principalmente alerta ante las tragedias provocadas por este negocio redondo solo para los laboratorios farmacéuticos y los médicos de la estética. Si hurgamos en Internet, no es difícil hallar decenas de casos donde una operación de este tipo causó la muerte de la paciente. Pero hoy el deseo de lograr un “mejor” cuerpo es más fuerte que cualquiera de estas historias trágicas.
Si me causan honda tristeza las mujeres que se agrandan los pechos, ¿qué les puedo decir cuando se trata de pequeñas? Oía de paso, el otro día, una conversación entre dos muchachitas de 14, 15 años. Una se quejaba de la falta de lolas mientras su amiga la consolaba: “Ah, pero tenés cola, no como yo, que no tengo nada”. Y la sin lolas le devolvía el cumplido: “Pero yo preferiría tener lolas grandes como las tuyas”. Cuando yo tenía esa edad, por lo único que nos quejábamos era por el cabello. Hoy la competencia de “quién las tiene más grandes” acaba con la naciente autoestima de las chicas. Cada vez más niñas ansían tener el cuerpo de mujeronas, teñir sus naturales y bellos cabellos y vestirse como vedetes (mientras así, a las pobres divas, les crece la competencia popular).
¿Qué es lo que una criatura busca queriendo crecer de golpe y salteando la etapa más hermosa de la vida? Si en su Emilio, ya Rousseau (1712-1778) decía que los vicios de la ciudad aceleraban el despertar sexual de los jóvenes, ¿qué escribiría el filósofo tal como estamos?
Muchos padres ceden al capricho de su hija quinceañera de agrandarse los senos. Y después de la operación, si sigue viva, entregarán a su niña de blanco y pechugona al escenario social.
La competencia de belleza es normal a cierta edad (¿hoy se prolongó o las mujeres dejaron mentalmente de crecer?), lo preocupante es que los padres hayan perdido la capacidad, la voluntad, de inculcar valores positivos que harán de sus hijas mujeres sanas en cuerpo, mente y espíritu. El reflejo de las mamás puede ser determinante o no; lo es en la mayoría de los casos. He oído con asombro cómo muchas mujeres aseguran: “Yo misma le enseñé desde chiquita a mi hija que sea coqueta, porque una mujer tiene que estar siempre bien arreglada”. Estas señoras no hacen más que destinar a sus hijas a ser esclavas de la imagen y de la mirada (aprobadora o condenadora) de los demás. Nunca será ella misma. La insatisfacción de las jóvenes con sus cuerpos crece. Ahora escuché la ridiculez de que “vuelven los labios con forma de corazón desplazando a los carnosos”, como si debiéramos jugar con nuestro cuerpo y cambiárnoslo como si fuera ropa interior. Hablando de eso, los corpiños con rellenos, tazas, ballenas, etc., son una mejor opción terapéutica hasta que pase la rabia de no haber nacido una Cicciolina.
Seguro que pocos saben que la auténtica Lolita, la de Vladimir Nabokov, no tenía curvas ni pechos enormes; Lolita era pequeña e infeliz por vivir lo que aún no debía vivir. Lolita fue una niña fatal sin infancia. No hagamos lo mismo con nuestras hijas.
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Lourdes Peralta
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