Mc 1,40-45
Leemos un revelador encuentro de Jesús con un hombre que padecía de la enfermedad de Hansen, el cual se postró de rodillas y le dijo: “Si quieres, puedes purificarme. Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: ‘Lo quiero, queda purificado’”.
La lepra desapareció y él se quedó purificado.
Como en aquel tiempo, también hoy notamos que ciertas enfermedades lanzan al paciente en una condición inhumana, pues reciben tratamiento insuficiente, son discriminados y, si el enfermo es pobre, mil veces peor, todavía.
El hecho de que Jesús se haya acercado, tocado y sanado a este enfermo, deja clara cuál es la prioridad de su acción: estar a servicio de los más débiles, olvidados y, probablemente, más explotados en la sociedad.
Constantemente escuchamos la palabra “crisis”, porque baja el dólar, sube el petróleo, llueve poco, se estafa mucho y sigue la lista. Sin embargo, tal vez la raíz más profunda de las crisis por que la humanidad pasa es no buscar la propia purificación.
Casi todo mundo está muy preocupado en tener una cara más linda y, poca gente está interesada en que el estómago del semejante no esté vacío. Muchos buscan aplausos por todos los medios y, pocos se dedican a los marginados de la vida.
Al fin y al cabo, necesitamos purificarnos de nuestro egoísmo.
No es que esté mal cuidar de la propia salud, del bienestar físico y emocional, pero lo que es antievangélico es la DESPROPORCION: cuánta plata uno gasta con sus vanidades, cuánto tiempo derrocha con sus manías, cuántos momentos de vyrorei… ¡y qué poco tiempo y energía para el hermano melancólico y hambriento!
Necesitamos desarrollar el espíritu de “conmoción” como lo tenía Jesús, lo que significa no ser indiferente al otro, lo que implica “tocar al otro” con el mismo afecto del Señor, lo que va a resultar en sanación para ambos lados.
Nuestra purificación debe alcanzar las raíces de nuestro ser, de tal modo que consigamos integrar nuestro pasado, con sus eventos positivos y negativos; perdonar a nuestros padres por ciertas equivocaciones con que nos educaron y, de manera especial, buscar el silencio interior.
En clima de silencio interior encontramos a Dios, tomamos conciencia de nuestro pecado y nos arrepentimos: será muy oportuno el Sacramento de la Reconciliación.
Jesús está cerca de nosotros, quiere hablarnos, tocarnos y limpiarnos, pues todos somos enfermos. Lo que nos hace falta es imitar la actitud del leproso: pedir ayuda al Señor y no tener vergüenza de arrodillarse delante de su Majestad misericordiosa.
Paz y bien
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Hno. Joemar Hohmann
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