No pretendemos olvidar, ni que lector alguno olvide, que fuimos reticentes a la candidatura presidencial de Fernando Lugo, no precisamente por su condición sacerdotal (que a los efectos políticos nada importa) ni por rechazo a su persona, ya que sus antecedentes de conducta y su compromiso social resultaban tan claros como su carisma. El cuestionamiento se centraba en la “chamburreada” promiscuidad de su base política. No en el grueso del electorado, que en general es gente que quiere vivir y trabajar en paz, sino en un abanico de dirigentes en el cual se codeaban luchadores de muy honrosa reputación con un hato de impresentables.
El problema no era meramente ideológico, ni la dificultad de concertación entre gente de izquierdas y de derechas. Lo dramático era ver revolotear en el entorno del futuro presidente a una serie de rufianes, capaces de traicionar a su sombra y de vender a su madre; más de uno, veterano ya en el comercio de influencias y otros negociados cortesanos.
Recuerdo particularmente una conversación con Gloria Rubín, en la que ella me increpó mi postura, alegando: “Cualquiera va a ser mejor que un colorado”. Y yo repliqué: “No, mucho peor sería un opositor que fracase. Significaría el retorno de los colorados, por otros varios decenios, y con las botas puestas.”
Pero ganó Fernando Lugo, y a partir de ese momento la consigna fue evitar ese temible fracaso. Apoyar el gobierno de la Alianza y, si fuere necesario y posible, ayudar a corregir tropiezos y contradicciones, pero siempre con actitud positiva.
Seis meses atrás, parecía perfectamente potable. Lugo no solo había ganado, sino que contaba con la simpatía popular, el visto bueno de la prensa, tenía crédito y armó un equipo que, salvo contadas excepciones, merecía confianza. Es decir , tenía la sartén por el mango. Seis meses atrás, el Parlamento no se hubiera animado a “fallarle“, como lo viene haciendo caprichosamente. Seis meses atrás, la Corte no se podía haber dado el lujo de un golpe de Estado como el que acaba de consumarse con la inamovilidad de Alicia Pucheta. Seis meses atrás, Federico no podía decir pavadas tales como que “se sentía molesto” porque no lo invitaron a jugar al vóley, o cosa parecida. Seis meses atrás Lugo cortaba el estofado y cada uno comía lo que le caía en el plato.
Seis meses atrás Lugo abría la boca y la prensa se le cuadraba. Ahora, hasta el último akanê de la redacción anda investigándole pecados (como comer una croqueta mientras se baña en la piscina).
Seis meses atrás el Presidente tenía un capital que está perdiendo, porque no siempre la lentitud es sinónimo de cautela. La ropa lavada se saca del alambre antes de que empiece a llover.
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