Desde aquel Viernes Santo de 1960, en que mi tío Franco Olimpio fue abatido por un camarada en un cuartel de Bahía Negra, mi abuelo Agustín Silgueira decidió no enviar más a ninguno de sus hijos –y nietos– al cuartel. Entre la numerosa prole, algunos lo desobedecieron y optaron voluntariamente por enrolarse.
No obstante la sombra que había dejado el “servir a la Patria” sobre la familia, siempre se dejaba escapar la amenaza –incluso en nuestra casa– de: “te voy a mandar al cuartel para aprender”, “si no quieren respetar, se irán al cuartel y allí se van a sujetar”.
El cuartel era visto como el único lugar donde los hijos aprenderían a disciplinarse y los padres podrían lograr reformarlos. Ninguno de mis hermanos, ni mucho menos yo, pisamos cuartel alguno. Pero nuestros padres no aflojaban en nuestra formación. Somos de la época del rigor, con mucha honra.
No sé si pedagógicamente estuvo bien o mal, pero tuvo sus resultados, hasta el momento. Creo oportuno rescatar esto ante tanto auge de delincuencia juvenil, cuando tantos jóvenes no tienen otra profesión más que la de ser “peajeros”, “caballos locos”, “asaltabuses” y no cuentan con otra escuela más que la calle. No pocos pisan las cárceles de donde salen con medidas sustitutivas en menos que canta un gallo. Y vuelven a reincidir y así sucesivamente hasta perfeccionarse en los métodos delictivos que ponen en jaque a la comunidad y a sus familias.
Muchos de estos jóvenes están en la edad en que si fuera la época de mis abuelos debían estar afectados por el reclutamiento si no querían ser desertores. Están en edad de “servir a la patria”, como lo leíamos en uno de los primeros libros de primaria. No recuerdo si era en “Semillita” o en “Estrellita”.
Con la Constitución de 1992 surgió la posibilidad de la objeción de conciencia (Art. 129), que implica prestar un servicio en beneficio de la población civil, en vez de ir al cuartel. Es una forma de “servir a la patria” en los tiempos de democracia, pero se mantiene el servicio militar obligatorio. Sin embargo, hoy día nadie va al cuartel, ni mucho menos cumple el servicio a favor de los más pobres o desvalidos.
La culpa del vaciamiento de los cuarteles la tienen los militares que hicieron uso y abuso de los soldaditos llevándolos como cocineros, lavanderos, mucamos, jardineros y hasta albañiles para construir sus mansiones, amén de los apremios físicos y maltratos que en algunos casos los devolvían muertos a sus casas.
Esos mismos cuarteles vacíos tienen hoy una gran infraestructura que sigue pesando en el presupuesto de la Nación sin servir para nada.
Me pregunto: ¿no podríamos transformar los ociosos cuarteles para reformar a muchos jóvenes con un futuro incierto? ¿No podrían los cuarteles cumplir una misión formadora de jóvenes en lugar de dejarlos en el camino de la delincuencia por falta de educación y trabajo? ¿No podrían las instituciones militares ser utilizadas de manera más noble y afín a la democracia para imbuir de disciplina y responsabilidad a los jóvenes que no saben qué rumbo tomar?
¿Es mejor que los jóvenes estén en las calles y barrios marginales aprendiendo a delinquir? O es mejor darles una oportunidad desde los reformados cuarteles? ¿No podría esto frenar el auge de la delincuencia juvenil y desechar el estigma que pesa sobre el servicio militar? El Gobierno debe hacer que los obsoletos cuarteles de alguna manera “sirvan a la patria”.
pgomez@abc.com.py
Contactos: Emails | Teléfonos | Staff
Publicidad: Como Anunciar |
Fúnebres |Clasificados
Institucional: Nuestra Historia | ABC y la Educación | Libertad de Prensa | Propiedad Intelectual
Otros Canales: ABC Blogs | ABC Ciudadano | ABC Wap | ABC RSS | Archivo | Fotonoticias | Efemérides | Noticias por E-mail
Yegros 745 esq. Herrera. Tel: 41-51-550/51 © Copyright 2008. Reservados todos los derechos.
Estadísticas |
||
Visitas |
Páginas |
|
| Hoy | 75.710 |
836.910 |
| Ayer | 78.536 |
788.166 |
| Ultima actualizacion: | ||
| 08/03/2009 00:00:00 | ||