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PERSPECTIVAS

Esa palabrita de moda

El otro día leía en un diario que una señora fue despedida de su trabajo después de varios años, y denunciaba que su patrón siempre la había llamado “gorda”. Debajo de la noticia, algunos lectores opinaban y se solidarizaban con la afectada. Uno de ellos, muy sereno, decía: “Se entiende que esta señora esté sufriendo porque perdió su trabajo, pero para mí que quiere sacar provecho con eso de que es discriminada por gorda”. Cierto es que tenemos que respetar al otro tal cual está, pero detrás de ese comentario hay una dosis de verdad. Cuando una persona permite durante años que se la llame de una manera es porque así creó la relación desde un principio. Una ley puede existir, pero el respeto hay que ganárselo.


Las prohibiciones legales sobre los gordos, flacos, altos, enanos, negros, blancos solo alimentan la mofa y creatividad del pueblo.

Apodar es tan antiguo como los dinosaurios; antes se llamaba a la gente por el lugar de donde venía o lo que había hecho. Así, tantos han portado sus nombres y apellidos sin quejarse. Pero ahora, con esto de la no discriminación, somos todos sospechosos de no tener la apertura suficiente para convivir en lo que ciertos grupos llaman ambiente pluralista y humanitario. Yo tuve un novio que me decía “negri” y (encima que se casó con otra) nunca pensé en denunciarlo por racista.

El problema es que la aceptación de otros llega no por la comprensión, sino por una imposición de ideas. El mundo está lleno de discriminados, pero no todos lo son. Con el negocio del “no discrimines” crecen las organizaciones que “luchan” por las ¿minorías? vendiendo el verso de que buscan una sociedad igualitaria (que ellas mismas no practican). Muchos grupos en el mundo, mediante manifestaciones de cuerpos desnudos, solo consiguen hacer un gran show mediático que, en resumen, deja una comidilla para los medios.

Las novelas brasileñas están tocando temas para amainar la discriminación: drogas, prostitución, racismo, homosexualidad, etc. Bien hecho, aunque no siempre sus personajes se ajustan a la realidad.

Las mujeres también se prenden al gran juego. Hay organizaciones que nada hacen por la mujer, solo repiten la cantinela de que todas siempre fuimos y somos discriminadas. La historiadora francesa Elizabeth Roudinesco, en su libro “Filósofos en la tormenta”, no incluyó el nombre de ninguna mujer. Cuando el periodista le preguntó sobre esto, ella respondió: “Ninguna me marcó y no iba a ponerla solo por ser mujer”. Esa fue, sin dudas, una respuesta equilibrada. Ser mujer no siempre significa ser discriminada. La recuperación de las mujeres que realmente son víctimas no pasa por conferencias ni panfletos en el Día de la Mujer, sino por una ayuda seria, profunda e individual.

Dentro del exitoso concurso “el discriminado soy yo”, procuremos entonces no ser mal inducidos. En un blog, un compatriota definía a los indios como “haraganes, sucios y guaraníes”. Esto solo subraya quiénes son los verdaderos discriminados, que, por cierto, no precisan censos ni estadísticas, ni la famosa visibilidad. Sabemos de sobra quiénes son y dónde viven. La enfermedad, la pobreza, la ignorancia, la condena, la desesperanza, la explotación. ¿Quiénes cree usted que encajan en estos males? Debemos mirar hacia los que históricamente han sufrido, y no dejarnos convencer por ideas confusas que venden los falsificadores de bien social.

lperalta@abc.com.py


Lourdes Peralta

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Ultima actualizacion:
15/03/2009 00:00:00