¡Quééé!, hasta tu perro ya se fue de viaje. ¡No te puedo creer! ¿Legal me decís, men? ¡No!, te repito que mi papá viajó a España y se le trató como a un animal. Migrar a otro país es más que un desafío, pues no sólo implica dejar a mamá sufriendo, a papá enfermo o a un hijo llorando, sino que ahora también debemos soportar a los xenófobos, que creen poder maltratar a su antojo a los inmigrantes.
Bueno, chicos, en la clase de Matemáticas de hoy aplicaremos la fórmula de la división, a ver: Si en una familia hace falta dinero y para conseguirlo el papá viaja a España, la mamá a EE.UU., el hijo y la hija a Argentina, ¿el resultado sería un hogar destruido? La realidad del Paraguay hoy en día es más difícil que los problemas matemáticos, porque parecen no tener solución.
El paraguayito, al emigrar, no sólo debe soportar dejar a la familia; ahora, además tiene que acostumbrarse a los xenófobos, que por pura ignorancia no saben que el maltrato no los hará mejores personas ni les dará poderes sobrenaturales. Si un joven va a la Madre Patria, y en vez de trabajo consigue golpes, tendrá que cargar con una más, ya que la “Embajada paraguaya” tampoco realiza nada por defender a sus compatriotas; entonces, ¿qué hacen ahí?
Muchos inmigrantes deben aguantar —además del hambre que quizás pasan los primeros meses hasta conseguir un empleo—maltratos, golpes, y, en algunos casos, la muerte, simplemente a cambio de algunos euros, que en muchos casos son destinados a sus familias, ya sea para la cuota del cole del hijo o incluso alimentar a la familia.
Lastimosamente, en la actualidad prepararte con una carrera universitaria no sirve de nada, porque aunque la mitad del Paraguay se encuentra en el exterior, seguimos con falta de puestos de trabajo y esto hace que mientras un joven con título se encuentra vendiendo ropas en tiendas, los “señores” que fueron a la escuela hasta segundo grado y no hacen más que decir pavadas y rascarse la panza tienen un sueldo que serviría para alimentar a más de 10 familias y construir más hospitales.
Ver a jóvenes que vuelven de otro país con lágrimas en los ojos que ruegan a la gente que no emigre porque se sufre, es común, pero lo doloroso es que aun así hay gente que sigue viajando en busca de progreso. Esto ya es una prueba irrefutable de que el Paraguay está en terapia intensiva y que sólo dependemos de la conciencia de los que están en el poder.
Por Marissa Villalba (18 años)
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