La falta de respeto hacia nuestros monumentos nos hace pensar que las tribulaciones de los mismos, lejos de cesar, continuarán cada vez que los caprichos personales se empeñen en degradar las joyas —modestas, pero joyas al fin— de nuestro paisaje ciudadano. El caso de la Encarnación es un botón más de muestra.

Hace unos años, a alguien se le
ocurrió la “feliz” idea de construir
una estructura de cemento
armado en el patio delantero de la muy
asunceña iglesia de La Encarnación. En
su momento, dijeron que era para sostener
y contener una antena parabólica
(suponemos que para una mejor comunicación
con Alguien).
Pasaron los años y la “mesa” de hormigón
armado sigue allí. Sola, desnuda. No así la
antena parabólica, que nunca fue instalada,
pero fue sufi ciente para menoscabar la
dignidad de tan importante monumento
asunceño, violando todas las legislaciones
y mandatos constitucionales vigentes. Y,
lo que es peor, de parte de los mismos (i)
rresponsables de su custodia y cuidado.
Pero bueno, es un poco la expresión de
cómo somos los paraguayos: hacemos
algo inútil, sin importar el cumplimiento
de las normas; luego, los dejamos a medio
hacer y, después, lo abandonamos.
Sin pena ni gloria.
Un templo con rica historia

En estos días, el añoso templo, construido
en una de las colinas principales de la
capital paraguaya, antiguamente conocida
como “Volocué”, está siendo reparado.
Hasta los vitrales, aunque no faltan los
críticos que dicen que no se han respetado
los estilos característicos de ese histórico
edificio.
Ojalá que no se realice algún despropósito,
como nos tienen acostumbrados
nuestros arquitectos, y el templo no tenga
que sufrir un nuevo menoscabo en su
dignidad, como lo ocurrido con la plataforma
de cemento que hasta ahora sigue
en pie.
Este histórico edificio tiene una rica historia.
Claro que el edificio en sí tiene
poco más de un siglo, pero la historia de
la parroquia arranca, prácticamente, con
la misma historia patria, cuando la iglesia
asunceña fue dedicada a la advocación
de la Virgen de la Encarnación. Esta iglesia
se constituyó en la primera catedral
asunceña, erigida el 10 de enero de 1548.
Con el paso de los siglos, el templo fue
reconstruido en diversas ocasiones y fue
también sede de congregaciones religiosas
y lugar del eterno descanso de mucha
gente; aunque también existieron personas
que descansaron en ella efímeramente,
como el caso del Dictador Francia,
cuyo cadáver fue extraído de su cripta y
arrojado al río epónimo, por manos desconocidas.
O casi desconocidas.
Este antiguo templo, como es sabido,
tenía en su rededor, un cementerio, que
fue clausurado en 1842, cuando se habilitó
el cementerio general de La Recoleta,
pero los duros años de posguerra
obligaron a su reapertura por un tiempo,
siendo el último enterrado en el sitio, el
asesinado presidente Juan Bautista Gill,
en abril de 1877.
Por culpa de un pesebre

Vista desde el Palacio de Gobierno de las ruinas de la vieja iglesia de la Encarnación.
Las secas ramas de ka’avove’i que adornaban
el pesebre de la Navidad de 1888
habrían sido las culpables del incendio
del 4 de enero de 1889 y que consumió el
templo, reconstruido durante el gobierno
de don Carlos Antonio López, allá por
1845, dejando en el lugar un ennegrecido
solar, vacío durante muchos años (allí
se instaló, allá por mediados de la década
del 40, el recordado estadio Comuneros,
actualmente el sitio es una plaza).
En 1885 asumió como cura párroco de La
Encarnación un joven y dinámico sacerdote,
Juan Bernabé Colmán. Aquel año
1888, el padre Colmán había mandado
hacer algunas refacciones en el templo.
Dolorosos momentos tuvo que pasar este
sacerdote, al ver convertido en pasto de
las llamas su entrañablemente querido
templo.
Casi nada pudo ser salvado del fuego. Solo
le restó avisar al pueblo de la desgracia
ocurrida, tañendo las campanas. La parroquia
se mudó momentáneamente —relata
Margarita Durán Estragó, en su libro Templos
de Asunción— a la capilla que había
pertenecido al obispo Manuel Antonio
Palacios, donde permaneció dos años.
La reconstrucción

Vista de cómo se veía en la segunda década del siglo XX.
La tarea de la reconstrucción del templo
de La Encarnación fue encarada por el
propio presidente de la República, general
Patricio Escobar.
Convocó a una reunión de notables, ministros,
munícipes, el padre Colmán,
entre otros y se decidió, a sugerencia del
ministro de Hacienda, Agustín Cañete, la
compra “en el centro mismo de la ciudad
toda una cuadra cuadrada, y en su centro
se construya un templo de estilo moderno,
donde la cruz de la humana redención
servirá de faro, así a los que navegan del
norte como a los que navegan al sur...”.
La construcción del nuevo templo fue
financiado por el mismo Gobierno. Se
decidió construir el templo en la loma
de Volocué, que fue adquirido por intermedio del propio padre Colmán. En ese
sitio se construyó una precaria capilla
provisoria en 1891, con un cuadro de La
Encarnación pintado en la pared; posteriormente,
y gracias a la colaboración de
varias familias, fue adquirida una imagen
de bulto, en Francia.
El 27 de agosto de 1893 se colocó la piedra
fundamental y se entronizó ceremoniosamente
en la capillita la nueva imagen
recién llegada de Europa.
Para la construcción del nuevo e imponente
templo, los habitantes de numerosas
ciudades y villorrios del país, aportaron
sus óbolos. Ante el entusiasmo de los
responsables, las colaboraciones y donaciones
(en efectivo y en especie) llegaban
inclusive desde el exterior.
Los planos de la nueva iglesia fueron
encargadas al señor Juan Colombo y la
construcción de la cúpula —la segunda
en la capital del país— fue obra de los
ingenieros Carlos Hoffer y Augusto Cálcena.
Numerosas fueron las familias que colaboraron
con la edificación: tanto de la
estructura edilicia como de la columnata,
los vitrales o el órgano —importado de
Alemania—. Tanta fue la participación
ciudadana, que se puede decir que la iglesia
de La Encarnación es fruto de la devoción
del todo el pueblo paraguayo.
El templo fue habilitado en 1912, pero los
agitados años de convulsiones políticas
fratricidas no permitieron continuar,
quedando la obra inconclusa. Fue declarado
por ley de la nación “Patrimonio
Histórico Nacional”; por eso es que cualquier
alteración de la estructura y “de su
entorno” están vedadas por artículos
constitucionales, aunque, duele decirlo,
son los mismos miembros de la autoridad
eclesial y sus asesores quienes atentan
contra este monumento, construyendo la
inservible estructura de cemento y, últimamente,
se afanan por agregar murales
que, seguro, influirán en la degradación
de su monumentalidad.
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