Ya no son solo las ancianas las que tienen miedo; el negro sentimiento anidó en la población y, así como vamos, promete prolongarse hasta 2 ó 3 generaciones más. La oferta y la demanda están de parabienes, los chiches para defendernos tienen una amplia gama. Un señor le decía al otro –lo escuché al pasar–: “Yo le puse voltaje a todo mi patio; no me importa, que muera el que sea”.
Cierto, los robos se han multiplicado y los métodos son más violentos. El ladrón ya no es aquel vaguito panzón que entraba a las casas y salía, hábilmente y sin ser visto, con su bolsa llena; hoy, el amigo de lo ajeno sale de la casa tomada, quizás y tristemente, hecho un asesino.
Después de un hecho trágico, cuando nos toca hablar, siempre somos rápidos para juzgar, pero lentos para buscar las raíces de lo que estamos viviendo. Para una víctima es perfectamente comprensible querer linchar al culpable, pero los demás condenamos con convencimiento sin percatarnos de que no estamos exentos de la desgracia. Todavía recuerdo el caso de un médico que tuvo que atender a un ladrón gravemente herido y, cuando lo vio, al pobre doctor le dio un infarto, porque el bandido resultó ser su hijo.
Mandamos a la hoguera a tantos jóvenes caídos en la delincuencia con notable frialdad, pero no movemos un dedo en contra de los enormes corruptos que se pasean en nuestras narices. Claro, es más fácil matar al ternero que al toro.
La inseguridad, como los dolores en el cuerpo, nos está avisando que algo está mal. El desnivel entre las clases sociales siempre se gestó por una cuestión de poder y por la falta de justicia distributiva de los bienes de un país. Así empieza la pobreza y después la miseria, la desesperación, el hambre, el crimen. Aquí, cuando hablamos de “los indígenas”, “los campesinos” “los desocupados”, suena como si ellos fueran delincuentes o extraños y no compatriotas tan partícipes e indispensables como los dueños del capital líquido. Lamentablemente, si en nuestra región la delincuencia no hubiera tocado a la alta esfera, el problema seguiría siendo cosa de otros mundos. En Argentina, la millonaria Susana Giménez, asustada por la muerte de su florista (a quien mataron), dijo que había que instalar la pena de muerte (EE.UU. la tiene y nunca consiguió bajar la criminalidad; contrariamente, el pánico y la desesperación aumentan en su sociedad), aunque después, tras las críticas de organizaciones humanitarias, arregló su “espontaneidad” diciendo que los chicos deberían volver al servicio militar –para mí, un parche viejo e inútil–. Muchos paraguayos también piensan que los milicos y la policía tienen que llenar las cárceles, y sabemos bien para quiénes es una bicoca pagar fianza y obtener “prisión domiciliaria”, mientras que los pobres se pudren y a nadie más le importan.
Contratar guardias, andar armado, tener guardaespaldas, no es vida y le da a la ciudad un pésimo aire de guerra. Quién lo diría, cuando en Paraguay teníamos los jardines más frondosos y la murallita con el portón siempre abierto.
No se trata de negar la cruda realidad, pero sí de empezar a cambiar nuestras ideas, esos antiguos conceptos: “El señor policía cuida el orden”, “el perro cuida la casa” “la llave cierra la puerta” y “papá y mamá (Estado) me cuidarán por siempre”.
Lourdes Peralta
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