Urge ayudar con todo a los campesinos agricultores. Solo en la Región Oriental, el Paraguay tiene 11 millones de hectáreas de tierras cultivables. Si se descuentan los montes, aún así restan más de 9 millones de hectáreas. En un país con apenas 6 millones de habitantes, de los cuales no más de 40 por ciento vive en áreas rurales, es deplorable que todavía haya gente con vocación y aptitud para la labor agrícola que no tenga tierras para trabajar. Además de una vergüenza desde el punto de vista social, esto es un derroche desde el punto de vista económico. Hay que generar incentivos, como la regularización de los derechos de propiedad. Pero a los campesinos pobres les resultará casi imposible desarrollarse si, como hasta ahora, son librados a su suerte.
Solo en la Región Oriental, el Paraguay tiene 11 millones de hectáreas de tierras cultivables, de acuerdo con el Mapa de Capacidad de Uso de la Tierra elaborado con apoyo del Banco Mundial en 1995. Si se descuentan los montes nativos continuos que todavía sobreviven dentro de esa superficie, según los últimos análisis satelitales y que es preciso conservar, aun así restan más de 9 millones de hectáreas de tierras sumamente aptas para la agricultura. En un país con apenas 6 millones de habitantes, de los cuales no más del 40 por ciento vive en áreas rurales, es deplorable que todavía haya gente con vocación y aptitud para la labor agrícola que no tenga tierras para trabajar.
Además de una vergüenza desde el punto de vista social, esto es un derroche desde el punto de vista económico.
Para tener una idea, solamente la tierra cultivable de la Región Oriental del Paraguay equivale a tres veces toda la superficie de Taiwán, donde viven 23 millones de personas y donde la agricultura, pese a representar ahora ya solo el 2 por ciento del producto interno bruto, sigue generando 15.000 millones de dólares al año, el doble de lo que producen todos los sectores económicos paraguayos juntos.
La comparación nos da la pauta de lo que podría ser el Paraguay si aprovechase al máximo su extraordinario potencial agropecuario, con mucha mayor razón considerando la escasez de alimentos que atraviesa la humanidad, hecho que, más allá de la pasajera crisis coyuntural que vivimos, mantendrá por mucho tiempo una elevada demanda de los rubros que se producen en nuestro país.
Una de las razones relevantes, aunque no única, que explican ese desaprovechamiento es que en el sector rural hay mucha mano de obra disponible con un alto porcentaje de subocupación, en parte debido a que muchos campesinos que son buenos agricultores no acceden a la tierra en la forma como deberían de acuerdo con su capacidad y su disposición al trabajo.
En contrapartida, hay también muchas tierras que ya han sido desmontadas y que, sin embargo, permanecen ociosas o pobremente explotadas porque están en poder de terratenientes que no las usan más que para especular o de campesinos que no están en condiciones de utilizarlas como corresponde, ya sea porque carecen de capital, infraestructura y conocimientos, ya sea porque, como ocurre también muy a menudo, no tienen demasiado apego al esfuerzo.
Revertir esta situación tiene una enorme trascendencia y uno de los factores clave para ello es facilitar el acceso a la tierra a quienes quieran trabajarla. No necesitamos irnos muy lejos para buscar muestras de la importancia social y económica que ello tendría. La prueba la tenemos aquí mismo, en el Paraguay.
Por paradójico que les parezca a muchos, el desarrollo de la agricultura a gran escala en el Paraguay, fenómeno que se inició hace no más de 40 años, es el resultado de una profunda reforma agraria de hecho que tuvo lugar en el país en gran medida por la vía de colonizaciones privadas, y que concluyó con la virtual eliminación de los gigantescos latifundios que ocupaban el territorio nacional desde los tiempos de la posguerra de la Triple Alianza.
La formidable transformación de la propiedad rural, con la consiguiente incorporación de grandes oleadas de inmigrantes que vinieron atraídos por las tierras vacantes a buen precio y consiguieron progresar en base a un tremendo sacrificio, hizo posible que el Paraguay en pocas décadas pasase del último a los primeros lugares en producción agropecuaria de Sudamérica y del mundo.
Solo por mencionar un ejemplo, en una superficie de tan solo 2,5 millones de hectáreas, el Paraguay produce 7 millones de toneladas de granos, más de una tonelada por habitante, mientras el Brasil, con un territorio mucho más vasto, produce la mitad en términos per cápita.
El verdadero desafío de nuestra sociedad es sumar a los pequeños agricultores a ese proceso, para así sacar mayor provecho de las ventajas comparativas del Paraguay y conseguir que cientos de miles de familias campesinas tengan oportunidades de salir de la pobreza PRODUCIENDO.
Esto no tiene que ver exclusivamente con la falta de tierra, como lo demuestra el hecho incontrastable de que muchísimos campesinos poseen tierra y, a pesar de ello, no logran salir adelante. Sin embargo, la tierra es indudablemente el principal medio de producción de la economía rural, por lo cual el acceso a ella debe ser el primer punto de partida.
Paralelamente, hay que generar incentivos por medio de la regularización de los derechos de propiedad y de un sistema impositivo sin perforaciones que desaliente la actual especulación inmobiliaria, tanto de los grandes como de los pequeños.
Además, es bastante obvio que a los campesinos pobres les resultará casi imposible desarrollarse si, como hasta ahora, son librados a su suerte. Hay que apoyarlos con infraestructura, escuelas, asistencia técnica, créditos, tecnología, inteligencia de mercado y promover su participación en cadenas productivas rentables, como lo hace el Brasil.
Esta es una prioridad nacional, tal vez la máxima prioridad nacional. A ella deben abocarse con toda decisión no solamente el Gobierno, sino también los gremios de productores como la Asociación Rural del Paraguay y la Unión de Gremios de la Producción, que deben asumir con energía y sin reservas su responsabilidad de contribuir con el país y con sus conciudadanos, lo que sin duda a mediano y largo plazo también los beneficiará a ellos mismos. Un país próspero, equilibrado y pacífico conviene a todos.
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