Ya al científico Moisés Bertoni y al sociólogo y filósofo Rafael Barrett alarmó, a principios del siglo XX, el poco apego de los paraguayos a los recursos naturales. Cien años después de que Barrett haya escrito el artículo titulado “El odio a los árboles”, la práctica sigue tan vigente y actual. Semanas atrás, los diputados de la nación rechazaron un proyecto de ley de deforestación cero en el Chaco, donde los escasos bosques nativos se talan a razón de mil hectáreas por día. ¿Son conscientes de la destrucción que propician?

En estos tiempos en que el desequilibrio ecológico alarma al mundo, en Paraguay se sigue destruyendo lo poco que queda de bosques. Y, por sobre todo, propiciado por las mismas autoridades electas por el pueblo para velar por los intereses de la nación. Semanas atrás, los diputados del Partido Colorado, Partido Patria Querida y Partido Unace unieron votos para dar vía libre a la destrucción de la naturaleza en el Chaco

paraguayo. Rechazaron un proyecto de ley que contenía la posibilidad de detener la tala indiscriminada de los bosques nativos del Alto Paraguay. Cuentan los informes periodísticos que unas 400 topadoras arrasan con mil y mil quinientas hectáreas de vegetación por día. A este ritmo, en poco tiempo no quedará un arbusto en pie.
Este gran territorio, regado con la sangre de miles de soldados compatriotas que ofrendaron sus vidas

en defensa de la patria, durante la guerra contra Bolivia (1932-1935), está hoy explotado, principalmente, por fazendeiros brasileños. Y el frágil ecosistema de planicies secas y escasa vegetación sufre una acelerada transformación. La inconsciencia de quienes, desde sus cómodas butacas, dictaminan a favor del abuso contra la flora y la fauna del Paraguay indigna a la ciudadanía. Hay que considerar que las pérdidas no solo abarcan la desaparición de los árboles, sino

también la muerte de miles de pájaros, insectos y animales silvestres, que dan vida al inhóspito lugar. Se modifica el paisaje y se reducen las posibilidades de explotación turística. El Chaco acapara el interés de visitantes europeos que llegan atraídos por la existencia de montes vírgenes poblados de animales, recursos que en sus países han desaparecido por falta de previsión. Pero, claro, amparados en el alto nivel económico que poseen, pueden darse el lujo de hacer turismo ecológico. Ahora, cuando desaparezcan los bosques locales, ¿qué tendrán los paraguayos para contemplar? Fotografías. Y el recuerdo nefasto de haber permitido que el interés de unos pocos explotadores de la tierra haya acabado con la pródiga belleza del verde.
El calentamiento global que se atribuye a la mano del hombre por la emisión de gases y la destrucción de la naturaleza hará sentir con más rigor su negativo efecto. Subirá, aún más, la temperatura. Calor insoportable y poco oxígeno. ¿Qué aire van a respirar las nuevas generaciones de esta patria? Hay que preguntarles a los diputados colorados, oviedistas y fadulistas que, por lo visto, odian a los árboles. Y, con componendas mezquinas, están hipotecando el futuro mejor de sus propios hijos y nietos.
Lo que sigue a estas líneas es el texto escrito por Rafael Barrett, en la primera década del siglo XX, alarmado por el poco apego de los paraguayos a los recursos naturales: “Que un advenedizo construya una casa, con el dinero rápidamente ganado en honradas y secretas operaciones comerciales, está bien. Que construya una de esas lúgubres y sangrientas y vulgares masas de ladrillos, con agujeros enrejados y techo de teja, está menos bien. Pero lo que hace estremecer es que os declare: ‘Ahora voy a arrancar todos los árboles en torno para que la propiedad quede linda’.
Sí, es necesario que se vea limpia, desnuda, con sus insolentes colores que profanan la suavidad de los matices campestres, la fachada reluciente y tonta. Es necesario que se diga: ‘Esta es la casa nueva de Fulano, de ese que ahora es tan rico’. Es necesario que pueda contemplarse sin obstáculo el monumento a la actividad de Fulano. Los árboles sobran: ‘quitan la vista’. Y hay algo más que vanidad en el afán de pelar el suelo; hay odio por los árboles.
¿Es posible? ¿Odio a los seres que, inmóviles con los nobles brazos siempre abiertos, nos ofrecen sin cansarse jamás la caricia de su sombra, la fecundidad silenciosa de sus frutos, la poesía múltiple y exquisita que elevan al cielo? Se asegura que existen plantas dañosas. Tal vez: mas por eso no las debemos odiar. Nuestro odio las condena. Nuestro amor quizás las transformaría y las redimiría. Oíd a un personaje de Víctor Hugo: ‘vio gentes del país muy ocupadas en arrancar ortigas; miró el montón plantas desarraigadas y ya secas y dijo: Esto está muerto. Esto hubiera sido, sin embargo, algo bueno si de ello hubieran sabido servirse. Cuando la ortiga es joven su hoja es una excelente legumbre; cuando envejece, tiene filamentos y fibras como el cáñamo y el lino. La tela de ortiga vale tanto como la tela de cáñamo. Es, por lo demás, la ortiga un excelente pasto que se puede segar dos veces. ¿Y qué necesita la ortiga? Poca tierra, ningún cuidado, ningún cultivo... Con un poco de trabajo que se tomara, la ortiga sería útil; se la descuida y se vuelve dañosa. Entonces se la mata. ¡Cuántos hombres se asemejan a la ortiga! Y añadió después de una pausa: Mis amigos, tened esto: no hay malas hierbas ni hombres malos. Sólo hay malos cultivadores’.
¡Ay!, no se trata de cultivar, sino de perdonar a los árboles. ¿Cómo aplacar a los asesinos? No hay sitio de la República, de los que he recorrido, en que no haya visto funcionar el hacha estúpida del propietario. Hasta los que nada tienen destruyen las plantas. Alrededor de los ranchos se extiende un árido yermo, cada año mayor, que da miedo y tristeza. Según el adagio árabe, una de las tres misiones de cada hombre en este mundo es plantar un árbol. Aquí, el hijo arranca lo que el padre plantó. Y no es por ganar dinero; no aludo a los que explotan las maderas. Sería una explicación, un mérito; hemos llegado a considerar la codicia como una virtud. Aludo a los que gastan dinero en arrasar el país. Obedecen a un odio desinteresado. Y la inquietud aumenta cuando se nota que las únicas mejoras que se hacen en las plazas de la capital consisten en arrancar, arrancar y arrancar árboles.
Odio doblemente feroz en una comarca donde el verano dura ocho meses. Se prefiere el sol abrasador a la dulce presencia del árbol. Se diría que los hombres no son ya capaces de sentir, de imaginar la vida en los troncos venerables, que tiemblan bajo el hierro y se desploman con lastimero fragor. Se diría que no comprenden que también la savia es sangre, y que sus víctimas se engendraron en el amor y en la luz. Parece que las gentes viven esclavizadas por un vago terror, y que le temen que el bosque proteja facinerosos y anime fantasmas. Detrás del árbol adivinan la muerte. O bien, obsesionados por un dolor sin forma, quieren copiar en torno suyo el desolado desierto de sus almas.
Y entonces, en la nuestra, la irritación se cambia en piedad. Muy desesperado, muy hondo ha de ser el mal de los que, en resignado mutismo, perdieron el cariño fundamental que hasta las bestias sienten, el santo cariño a la tierra y a los árboles”.
El científico suizo, afincado en tierras del Alto Paraná, a fines del siglo XIX fue otro de los pensadores que manifestó su rechazo al maltrato de los recursos naturales. En las páginas de su libro El Rozado sin quemar, publicado en 1926 en su imprenta Ex Sylvis, instalada en Puerto Bertoni, a orillas del río Paraná, Bertoni decía: “A muchos todavía parecerá cosa extraña que se hable de rozados sin quemar. ¿Acaso hasta la fecha han hecho otra cosa que incendiarlo todo? ¿Cómo no se han de quemar los rozados, cuando se queman todos los despojos del copido, de la poda y de las carpiciones, todas las pajas y cañas, las hojarascas, chalas, los rastrojos, las basuras de la casa, todo, en fin, lo que puede ser quemado? Así dirán los más, en nuestras campañas. Pero la ciencia dice otra cosa, y muy distinto es el proceder de los agricultores en los países más adelantados, que con su inteligente y secular trabajo hacen la riqueza de las naciones mejor organizadas. La ciencia dirá a nuestro campesino que lo que está quemando con tanta pertinacia y obstinación, no es solamente los rozados, los campos y los rastrojos, sino sus futuras cosechas, su propio porvenir, y el de la nación. Decir que la quema es la mayor causa de la alteración del clima y del empobrecimiento de la tierra, es decir lo que todos deberían saber...”.
Como pie de página, el doctor Moisés Santiago Bertoni consignaba que “en Africa —y se puede decir, en todos los países calientes donde haya bastante selva— sucede cosa parecida, y no se nota todavía una reacción, pues las voces de alarma son débiles, y el interés egoísta inmediato las ahoga. En gran parte del Mundo Antiguo ya es tarde: la destrucción de los bosques ya es un hecho y no cabe sino la replantación forestal, que es objeto ahora de costosos esfuerzos”.
Hoy, más que nunca, estos escritos se asemejan a una tétrica predicción. Y, por lo visto, el odio a los árboles, que comentaba Rafael Barrett un siglo atrás, continúa vigente. La pena es que cada vez más el Paraguay va perdiendo sus bosques y los cultivos mecanizados que se fumigan con agrotóxicos ganan terreno. Moisés Bertoni decía que el interés egoísta inmediato ahogaba las voces de alarma. Cuánta razón. Hoy se cosechan toneladas de soja, pero en pocos años más solo quedarán tierras inservibles, por el uso indiscriminado de venenos que perjudican a las poblaciones campesinas, cuyos hijos nacen con deficiencias físicas por la contaminación ambiental. Ni remedio yuyo volverá a crecer en esos campos. Son arrancados de raíz, y exterminadas las semillas con los agrotóxicos que eliminan los yuyos. Con las lluvias, estos productos nocivos llegan a los cursos de agua y matan a los peces y la flora acuática. Un panorama desolador, que motiva una sencilla reflexión: ¿Qué futuro aguarda a los paraguayos?
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