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¡Vamos al concierto!

Cuando Notker Balbulus (840–912), en el apogeo del oscurantismo, plena Edad Media, compuso las primeras obras eruditas que registra la historia, encendió la pequeña luz que luego iluminaría a toda la humanidad. Muy pronto, la nueva música tendría su propio lenguaje, entrelazando negras, blancas, corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas, y se haría posible su perfecta interpretación, nivelándose con las ciencias exactas, como las matemáticas.


Un par de siglos después la música inundaba los rincones como torrente incontenible, y Europa, su cuna, fue la primera en rendirse seducida por tan sublime proposición, y no hubo reyes, príncipes o autoridades eclesiásticas de altas investiduras que no quisieran tener bajo su protección y mecenazgo a los genios creadores cuyas obras maestras eran plasmadas en las partituras de donde los intérpretes músicos desgranaban con maestría sus maravillosas composiciones.

Se perfeccionaron los instrumentos, se crearon las casas de altos estudios, donde los amantes de la música que no se conformaban con sólo disfrutar de ella escuchándola, sino que querían ser protagonistas vitales interpretándola, se llenaban de conocimientos dedicándole largos años de estudios. Se crearon, en principio, los grupos musicales, luego las orquestas de cámara, llamadas así por que actuaban en las salas o cámaras de los palacios; posteriormente nacieron las grandes orquestas sinfónicas para interpretar las sinfonías, esas obras magistrales que tienen cuatro movimientos y duran como mínimo sesenta minutos. Se construyeron teatros y salas en los que el único ser racional que habita entre los seres vivos acudía para llenarse el espíritu con las melodías y armonías más cautivantes. ¡Se había impuesto el hábito de ir a los conciertos!
Tuvo que pasar mucho tiempo para que en la nueva América se empezara a desarrollar la cultura de las artes, entre ellas, la música. Una vez dividida en países y antes de los grandes conflictos bélicos por sus independencias, Argentina ya se luciría en este campo y ya en los tiempos del virrey Vertiz, en Buenos Aires empezaron los espectáculos artísticos en el Teatro de la Ranchería, y en 1789 se da apertura el Teatro Coliseo con la obra Siripo, de Manuel José de Labardén; y en 1804 se inaugura el Teatro Lírico.

Ya más calmos, luego de las guerras por sus independencias, los países se abocaron a la tarea de organizarse culturalmente, y la música, reina de las artes, fue la primera en irrumpir en los ámbitos donde la sociedad acudía en busca de nutrientes para el alma.


Pero Argentina, con su capital Buenos Aires, que es llamada desde antaño la París de América, ya había empezado a llevar la delantera y fue la primera capital americana, donde empezaron a llegar, desde 1820, los primeros artistas europeos y en 1825 organizó su primera compañía lírica y luego de arduos ensayos pudieron poner en escena El Barbero de Sevilla, del incomparable Gioacchino Rossini.

De ahí en más solo restaba crecer, y 1857 fue el año que vio nacer al que con el tiempo sería uno de los orgullos del mundo: El Teatro Colón, el cual con el transcurrir de las décadas, al ser rebasado en su capacidad, es mudado e inaugurado en 1908, a su dirección actual y fue la ópera Aida, del inmortal Giuseppe Verdi la que dio el marco imponente a tan importante acto de presentación del considerado hoy tercer teatro del mundo, por su estructura edilicia estilo renacentista, sus más de dos mil butacas y por su cartelera artística que presentaba temporada tras temporada a los más consagrados directores orquestales y de óperas del mundo. Posee además su fantástica orquesta sinfónica, con más de cien integrantes, que sigue siendo el orgullo de todos los amantes de la música erudita. Es una lástima que el Colón hoy siga clausurado, ya que por un error de cálculo, el tiempo estimado para su restauración, no bastó y la reinauguración para conmemorar su centenario, el 25 de mayo del 2008, poniendo en escena la misma ópera presentada un siglo atrás, quedó en el intento.


Con la llegada del siglo XX todos los países cuyas autoridades dieron el lugar que necesariamente debe ocupar la cultura musical erudita, que según la definen los doctos, sirve, a diferencia de las otras músicas que solo distrae los sentidos y provoca cierto placer, para formar el carácter del ser humano, organizaron sus orquestas sinfónicas, y hoy, todos los países de América Latina tienen sus fantásticas orquestas sinfónicas nacionales: la penúltima en ser creada tiene sesenta años y la última, la de Paraguay, que empezó sus actividades en el 2004. Su ley de creación recién fue promulgada en mayo del 2008. Sin dudas, la OSN paraguaya es ¡la más joven del mundo!
Aunque el Paraguay no tenga la rica historia artística musical erudita de sus pares de América, se ha trabajado con tesón para la concreción de grandes anhelos, como la de dotar a nuestro país de una orquesta sinfónica. Ello se ha conseguido con la OSCA, cuya puesta en escena lleva más de medio siglo, sustentada con rubros de la Municipalidad de Asunción. En el sector privado es encomiable la labor de la Universidad del Norte, cuya orquesta sinfónica y las costosas puestas en escenas de consagradas óperas son solventadas con recursos propios de la casa de estudios terciarios. En mayo del 2008 entra en vigencia la ley que crea la Orquesta Sinfónica Nacional de Paraguay, cuyo andamiaje financiero está inserto en el presupuesto general de gastos de la nación, que ya venía funcionando desde el 2004 y con justa razón en el artículo 13 de la ley, la declara Patrimonio Cultural de la República.


Entonces, hoy tenemos una gran variedad de ofertas para ir a disfrutar de la música y la lírica, tenemos buenos teatros, y la OSN Paraguay con su programa extensión cultural se traslada a los barrios y ciudades del interior del país, para acercar a los ciudadanos un repertorio de obras nacionales y universales que siempre hacen el deleite del público asistente.

Cuando nos enteremos de que se llevará adelante alguna presentación de las agrupaciones mencionadas, que generalmente son de acceso libre y gratuito, preparémonos, invitemos a la familia y a los amigos a estimularnos con una noche de cultura musical y digamos simplemente ¡vamos al concierto!


Víctor Destéfano


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05/04/2009 00:00:00